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Bueno, pues hoy voy a hablaros de la empatía que gastamos a la hora de dejar a los niños en el cole. ⬇⬇⬇️️️
Resulta que enfrente del cole de mis hijas vive un señor que tiene una hija con parálisis cerebral.
Todos los días baja con ella y en el soportal de su edificio se ponen a hacer ejercicios.
La coge con las dos manos y dan vueltas andando a pasito ligero, pa' alante y pa' atrás y vuelta a empezar.
Todas las mañanas, desde hace unos años, una ambulancia llega un poco antes de las nueve para llevarla a un centro.
Hay una plaza de minusválidos a la altura de su puerta. Pero, claro, también está a la misma altura que el colegio. Comienza el espectáculo.
Porque a las nueve de la mañana eso está más solicitado que renovarse el D.N.I. en Toledo.
Y ahí empezamos con la dichosa empatía.
La gente aparca en la plaza porque "son solo dos minutos" lo que tarda en dejar al niño. En bucle porque el show empieza sobre menos diez.
El padre con su hija en la silla de ruedas esperando a la ambulancia, preparados los dos, al ladito de la plaza azul, todas las mañanas.
Si hace frío, bien envueltos en plumíferos. Si hace solano, con su sombrerito. Los dos, esperando a que llegue la ambulancia.
Pero, claro, como empatizamos requetebién por estos lares, los coches utilizan la plaza los dos minutos de rigor.
El padre, muy educado, a veces ha amonestado al conductor empatizador, diciéndole que estaban esperando a la ambulancia.
Pero, dios mío, empatice un poco, señor, que son solo dos minutos los que tarda en dejar al niño.
Y cierran la puerta del conductor y se van muy airados, como Bette Davis en Eva al desnudo...
Indignadísimos porque la gente no empatiza, leñe. ¡Que son solo dos minutos!
Así que el señor y su hija, en silla de ruedas, se quedan esperando a que llegue la ambulancia frente al Audi blanco de la Bette de turno.
Y, cuando llega la ambulancia, como no puede aparcar en la plaza azul, se pone a dar vueltas.
Porque son solo dos minutos, pero entre que va y viene, el Audi se ha ido y se ha metido un BMW.
Yo tardo cuatro minutos desde mi portal a la puerta del col. Mi calle está vacía de coches a las nueve de la mañana.
¡Cuatro minutos, ojo, cronometrado!
Pero es mejor dejarlos en la puerta del cole, claro. Ya que te haces diez kilómetros desde tu casa al cole...
... pues los dejas en la puerta literal, no vayan a andar tres minutos y les dé una embolia.
Leñe, que cuando los mandáis a Inglaterra caminan más para embarcar en la T4.
No, eso no. ¡Pobrecicos! Los zagales, cuya zancada son dos pasos de los míos, tienen que dejarse en la puerta del colegio. ¡Arrea!
Y, mientras tanto, el padre sigue esperando con su hija a que el empatizador de turno vuelva y quite su coche.
A veces, al conductor de la ambulancia se ve que se le ponen los huevos morenos del cabreo que se pilla...
... y se mete por el paso de peatones para aparcar en la puerta del edificio y montar a la chica.
Pero solo lo puede hacer a veces, ¿sabéis por qué?
¡Exacto! Porque los padres empatizadores dosminuteros deciden que ese también es un buen sitio para dejar el coche SOLO DOS MINUTOS.
Así que por ahí ni pasa la ambulancia ni los que van con carrito ni los niños porque para cruzar te tienes que lanzar a la carretera...
Pero el tiquismiquis eres tú que no empatizas, porque, chica, que son SOLO DOS MINUTOS.
A veces, he salido de casa, dejado a las niñas en el cole (tengo tres y en infantil te tienes que esperar a dejarlas en mano)...
hablado con otros padres del tiempo, trabajo, del Ulises de Joyce, y al volver…
¡Bingo! Siguen el padre y la hija esperando y la ambulancia dando vueltas porque la plaza sigue ocupada.
Pero ya sabemos que son SOLO DOS MINUTOS.
Ahora ya no los veo. El padre, harto de llamar a la policía, discutir con las Bette Davis de turno y recibir comentarios desagradables...
¡Ojocuidao! Recuerdo que el padre siempre espera con su hija en silla de ruedas…
Ha decidido levantar a su hija un rato antes...
... y quedar con el de la ambulancia también antes y así no coincidir con el horario de entrada del colegio.
Aunque tienen que esperar en el centro, porque hasta las nueve y media no comienzan.
Pero eso es lo de menos, claro que sí.
El hombre por fin ha entendido lo que es la empatía hacia esos padres de chavales de 16 años...
... que son inútiles para caminar doscientos metros, aunque luego bajen en zigzag del casco del botellón de fin de semana.
El hombre, por fin, entiende que es inhumano hacer andar dos minutos a chavalillos de cinco o seis años...
... que son capaces de jugar siete horas seguidas en el parque, pero andar NO.
El padre, aunque le haya costado rabia, lágrimas e impotencia parece que lo ha entendido por fin...
... y sabe que vivimos en una sociedad que debe empatizar para que haya una armonía.
Y ha tomado la decisión más acertada:
Que su hija con parálisis cerebral madrugue más que los nuestros y espere unos tres cuartos de hora o más a que empiecen sus clases.
Porque era la solución más normal, claro.
Aunque tengan su plaza azul en la puerta de su casa.
Aunque estuviesen esperando siempre puntuales abajo, para que cuando llegase la ambulancia solo fuese montarla y marcharse.
Ole por los empatizadores de pro, que lo habéis conseguido. ¡Qué orgullosos estaréis!
Ole por las Bette Davis que le habéis dicho cientos de veces lo de los dos minutos.
Ole por los adolescentes deshormonaos incapaces de decirle a su padre: "Papá, déjame aquí y no aparques en la plaza de minusválidos".
Y aplauso lento y reverencia para ese padre al que jamás he visto gritar ni discutir con los dosminuteros.
A ese padre que, con educación y serenidad, les pide a los empatizadores que por favor no aparquen en la plaza azul...
...¡ojo! Que está a punto de llegar la ambulancia.
Os vuelvo a recordar que el padre siempre baja con la hija en silla de ruedas…
A ese padre que, resignado ante las contestaciones de las Bette Davis...
... se acercaba al municipal que estaba en el siguiente paso para decirle que no podía aparcar la ambulancia.
A ese padre que asentía con la cabeza cuando el policía le decía: "Ahora va mi compañero".
Pero daba igual, porque el dosminutero de turno se iba y llegaba otro a ocupar su lugar.
A ese padre que sigue bajando todas las tardes a dar vueltas con su hija, cogidos de las manos, para adelante y para atrás.
A ese padre que sabe que los minutos, horas y años son valiosos, todos y cada uno, y que no decae. Lo dicho: reverencia y admiración.
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