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Antonio se dirige a su casa, entra al portal del edificio y la luz automática se enciende.

Una voz pidiendo auxilio llama su atención.

Horrorizado, contempla el cuerpo de su vecina Paquita encima de un gran charco de sangre.

HILO 👇
Paquita ronda los 70 años. Es bajita y bastante delgada, cuerpo erguido y una gran melena que cuida y peina cada día.

- Me ayuda a recordar que un día fui actriz de teatro – les suele decir a los vecinos.
Su alegría es conocida en todo el barrio. Allí por donde pasa, Paquita se queda a conversar con uno u otro.
- ¡Paquita! ¿Dónde vas? – le gritan de una acera a otra.
- ¡A comprar a ver si veo algo para la cena que no sé qué hacer!
Conversaciones normales de un barrio cualquiera.
Paquita siempre suele hacer la misma rutina: sale a las siete de la tarde de casa después de ver la tele, da una vuelta por varios supermercados y compra un poco en cada uno de ellos.

«Prefiero comprar un poco cada día porque así salgo y me distraigo».
A su hija Sonia eso no le gusta.

- Mamá, ya te he dicho que sí que me gusta que salgas.
- ¡Pues parece que no!
- Lo que no quiero es que salgas con todas esas joyas puestas. Y encima a la vista de todos.
- ¡¿Qué va a pasar si todos los del barrio me conocen?!
Lo que no entiende su hija Sonia es qué significan esas joyas para ella.

Comienza a recordar…

- Venga, cierra los ojos – le insistía Pedro una tarde paseando en la playa.

Paquita y él ya llevaban tiempo como novios.
Era un día soleado y una ligera brisa acariciaba su rostro. Cerró sus ojos y su olfato se agudizó.

Ese olor a mar…

- ¿Pero por qué quieres que los cierre?
- Porque sí…Tú no los abras. Espera. Aún no…Espera…Ya.
Cuando Paquita abrió los ojos, los dedos de Pedro sostenían un anillo de compromiso. Era el anillo más hermoso que había visto nunca.

- Pedro…Yo…No sé que decir.

Una lágrimas resbalaron por sus mejillas. Pedro tampoco podía hablar.

- Sí, Pedro sí. Te quiero.
La voz de su hija le saca de sus recuerdos.

- ...Y entonces puede venir alguien, darte un golpe y adiós. Que el barrio ha cambiado, mamá. Ya no es el barrio de antes.
- Lo que llevo encima es lo único que me queda del recuerdo de tu padre.
Como cada día, Paquita sale a la misma hora, baja por el ascensor y se dispone a salir a la calle. De normal no se suele cruzar con muchos vecinos, porque en su edificio, son ya muchos los pisos vacíos.

Sin embargo, ese día…

- ¡Uy, hola!
- ¿Eh? Ho…Hola, hola Paquita. Hola.
En cuanto Paquita se gira, un gran golpe en la nuca hace que su vista se nuble y caiga al suelo. Mientras está cayendo, su cabeza impacta fuertemente contra un peldaño de la escalera.

Comienza a sangrar abundantemente.
El agresor, temblando de miedo, le sustrae las joyas y sale andando del patio creyendo que ha acabado con la vida de Paquita.

...
Minutos antes, Antonio regresaba a casa desde su puesto de trabajo. Como le debían horas, ese día salió antes.

«A mí que me paguen con dinero, no con horas» pensaba de camino a casa.

Estaba cabreado; como siempre.

«¿Por qué le va tan bien a la gente y a mí no?»
Cuando entró al portal del edificio, una voz le sacó de sus pensamientos.

- ¡Uy, hola!
- ¿Eh? Ho…Hola, hola, Paquita. Hola.

Sin pensárselo dos veces, golpeó a Paquita.
Lo suyo, no fue algo repentino. Llevaba varios días viéndola con esas joyas.
«¿Qué se ha pensado la vieja esa con todo ese oro? ¿Quién se ha creído que es?»

Cogió las joyas y salió del portal sin llamar la atención.
A los diez minutos volvía.

Tenía que hacerlo ya que vive en ese edificio y, además, siempre era puntual con la hora de regreso cuando salía de trabajar.

«Si llego más tarde, sospecharán. Además, la vieja ya ha muerto».
En cuanto abrió la puerta del portal por segunda vez en la misma tarde, contempló atónito que Paquita aún se movía y que pedía auxilio con un susurro de voz.

«¡Mierda!».

No podía dejarla con vida.

Lo había visto; incluso saludado.

«La vieja va a cantar».
Sin pensárselo dos veces sacó un pañuelo, se agachó a su lado y, sin mediar palabra, se lo introdujo a Paquita en la boca hasta que dejó de respirar.

Los ojos de Paquita, abiertos como platos, no dejaban de mirarlo.
Sin embargo, ella solo veía el mar.

«Sí, Pedro, sí. Te quiero».
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