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#CosasQuePasanPorSerMédica #25. El despertador suena a las cinco de la mañana al ritmo de Lago en el cielo de Cerati. Salto de la cama sin posponerlo: es la primera vez en años. Tengo turno para el hisopado siete treinta. No sé bien qué se me dio por poner la alarma tan temprano+
(-) –sobre todo cuando me bañé anoche–, pero ya no logro volver a dormir. Voy al baño, me lavo los dientes y, ya que estoy, las axilas. Me paso la afeitadora por los canutos que crecieron y, por unos segundos, medito si afeitarme las piernas. Decido que no, que tampoco para (+)
(-)tanto, y voy a la cocina a hacerme un café negro enorme. Lo acompaño de dos tostadas con mermelada y una banana que si no voy a tener que tirar. Apoyo todo en la mesa ratona y me acerco a la biblioteca. Recorro con la punta del índice derecho los libros que compré por si (+)
(-) en algún momento me tocaba aislarme y que no pensé que fuera a leer tan pronto. Son cinco. Saco uno blanco finito que me recomendaron mucho: “Los mejores días”, de Etchebarne. Recorro con la uña el contorno de la chica de tapa y le pido que, por lo menos, vuelva (+)
(-) aceptables los que se me vienen. Lo huelo, me baño en su aroma. Miro los comentarios de la primera página y también los acaricio. Le escribo mi nombre, apellido y celular –como hago desde chica– y arranco. Mientras, le doy un sorbo largo (+)
(-) al café que, para esta altura, ya está tibio. Subrayo una oración que me enamora (“Tenía la cara redonda y gorda y los ojos cerrados con tanto hermetismo que pensé que nunca antes había visto a una persona dormir”) y ruego algún día poder unir así las palabras. Mi panza (+)
(-)se retuerce. Corro al baño y me olvido el libro en el sillón. Lo noto una vez sentada en el inodoro y puteo. Tampoco traje el celular. Viene un cólico. Aprieto los labios, me agarro del borde del lavatorio y transpiro. Lo que largo es explosivo (+)
(-) y su salida, alivia. Me lavo la cara y la seco casi exfoliándola con la toalla vieja que me niego a tirar porque era la que mi abuela separaba para mí cuando me quedaba unos días en su casa. Mi abuela muerta, no la otra. Mi abuela que extraño más, aunque cuando estaba viva,(+
(-) tampoco la visitaba tanto. Miro el estuche de mis maquillajes. Vuelvo a mi desayuno mientras medito si pintarme un poco, aunque sea para taparme las ojeras abominables que cultivé en lo que llevo de aislamiento. Creí que iba a poder descansar todo lo que no vengo durmiendo(+)
(-) en estos meses –o incluso años–, pero resulta que es al revés. Mi cerebro va del petiso y su testamento a la pelirroja y a la suplente, para en el medio pensar en mi familia y en si debería pasarle a alguien mi clave del homebanking. Le doy un sorbo al café. Está helado. (+)
(-) Voy para el microondas con el libro en la mano y leo mientras se calienta. Vuelvo con todo al sillón. Estoy por terminar la primera tostada cuando tengo que correr otra vez al baño, ahora libro incluido. Me siento. Los retorcijones no me dejan ni leer. “Caprex”, diría (+)
(-)mi vieja si estuviera por rendir un examen. Igual, aplica. Me quedo un rato, no quiero que me agarre camino al hospital. Transpiro tanto que me lavo de nuevo las axilas y me cambio la remera.
(+)
(-)
Armo la mochila por si se les ocurriera dejarme internada. No sería lo lógico, dado que estoy asintomática, pero nunca se sabe. Meto la compu, su cargador y el del celular, dos libros, dos remeras manga larga, dos musculosas, un jean, una remera vieja –pero no rotosa– para(+)
(-) dormir y un jogging que no hace juego –aunque comparte el estilo–, medias, ropa interior que no me avergüence, cepillo de dientes, pasta de la que uso para que lo frío no me haga doler, desodorante, shampoo, crema de enjuague, gomitas de pelo, tapones para los oídos de los(+)
(-) que rara vez me pongo a la noche en la guardia y un paquete de galletitas dulces que, si no se me corta la catástrofe intestinal, no voy a poder comer. Sumo mi estetoscopio y el saturómetro por las dudas. La cierro y le pongo el candado de la guardia. La miro y casi que la(+)
(-) acaricio. Me muerdo el labio de abajo.
Miro la hora. Ya toca salir. Me pongo un N95, un par de guantes que me quedaron en el bolsillo de afuera de la mochila y me enfrento al mundo exterior con un pulverizador con alcohol setenta. Cruzo y llamo a un taxi. Me da cosa ir en (+)
(-) colectivo sin saber si soy positiva. Frena y me tiro alcohol setenta sobre los guantes antes de abrir la puerta. Entro, cierro y vuelvo a tirarle alcohol a la manija. Tiene una funda de plástico en el asiento, y también el divisor transparente. (+)
(-) Le pregunto si igual limpia entre pasajero y pasajero y me pregunta por qué con cejas que sospechan. Pienso en que, si me hace bajar, llego tarde y le contesto un “Porque es lo que debería hacer”. Refunfuña. Finalmente, larga un “sí” en el que no confío. Agarro la mochila (+)
(-)para sacar el libro; el candado me desalienta. Miro por la ventanilla y me deleito con la ciudad prácticamente vacía que no sé cuándo voy a volver a ver. Bajo algo la ventanilla y respiro hondo a través del N95 que le quita lo lindo a la experiencia. Por lo menos el viento (+)
(-)me pega en la frente y la mitad de los cachetes (el resto está envuelto en un pañuelo azul y verde que le robé a mamá hace años). Llegamos. Saco los billetes y les tiro alcohol con el pulverizador antes de entregárselos. El taxista me mira como si estuviera loca. (+)
(-) Hago lo mismo con el asiento y el respaldo. “Suficiente”, ladra el hombre y hace rugir el motor. Cierro la puerta. Le tiro a la manija mientras se evapora.
Paso la reja del hospital, esta vez por el lado de los pacientes. Voy por donde llevamos a los que tienen sospecha (+)
(-) de covid; a mí no me lleva nadie. Miro alrededor. No pasaron ni quince días y ya extraño el café con gusto a petróleo del kiosco de enfrente, las pitadas en la entrada de ambulancias y hasta los tiempos muertos en la sala de espera de imágenes aguardando para una tomografía.+
(-) Se me cierra la garganta y me aprieta el pecho. Cierro fuerte los ojos para que no lloren. “Va a salir bien”, “va a dar bien”, me obligo a pensar mientras avanzo hasta la sala de espera correspondiente regalándole una mano que hace “hola” a los que me desean suerte por el(+)
(-) camino (todos saben que varios de mi guardia estamos aislados y nos tienen que hisopar). No freno a charlar, un poco por la hora, y otro poco por miedo a que se me escapen las lágrimas que logré que no salieran.
Llego. Hay cuatro personas sentadas y tres paradas. (+)
(-) La distancia social no existe y soy de las pocas que tiene un N95. Hay un chico más, uno alto, rubio, que creo que es un residente de primero de terapia o algo así, de esos que vi un par de veces nomás. Bajo la cabeza a modo de saludo. Me devuelve el gesto y me señala la (+)
(-) ventanilla para que me acerque. Una mujer me mira del otro lado con cara de cansada. Me pregunto si será por el horario –siete y veinte de la mañana– o por el mes que está viviendo.
–Hola, soy médica de guardia –le indico mientras (+)
(-) le paso mi DNI por una rendija de la ventanilla–. Vengo a que me hisopen –agrego.
–Lo mismo que todos –me aclara un hombre de algo más de cincuenta años envuelto en una campera naranja inflada mientras hace un rulo con (+)
(-) su índice extendido remarcando a los demás que también esperan. Tiene cara alargada y un tapabocas del hombre araña del que está a punto de escapársele la nariz.
Le contesto que perfecto y me trago las ganas de aclararle que no, que no es igual, que si yo me (+)
(-) contagié –que el de arriba no lo quiera– lo hice trabajando, trabajando acá, claro. Que el rubio también, sé que él también, pero del resto no sé, tal vez alguno se contagió por juntarse a tomar mate con un amigo como veo seguido en la UFU, o por festejar un baby-shower, (+)
(-) y no, no es igual. Igual igual, no es.
Me quedo parada en un rincón lejos de todos mientras espero. La mujer cansada me dijo que me iban a llamar por mi apellido. Apoyo la mochila sobre mis pies y trato de abrir el candado para sacar el libro. No me dan las manos. El rubio(+)
(-) murmura un “te ayudaría” desde atrás de su barbijo y veo que pone las palmas para arriba a los costados del cuerpo. Le devuelvo un “gracias” y me resigno a jugar con el T1nder en el celular. Es el juego del que sí, que no y después la charla eterna para no encontrarnos (+)
(-) hasta el dos mil veintitrés en que tal vez se termine la cuarentena. El primero que me aparece es un enfermero de pediatría; doy para la izquierda. Siguen dos desconocidos que no me llaman la atención, tres clínicos y un camillero; izquierda de nuevo. Aparece el médico que(+)
(-) hizo unos reemplazos en imágenes, bastante lindo tipo. Estoy a punto de darle para la derecha, pero mi cerebro me recuerda que es un creído (y, además, que “donde se come no se caga”): izquierda otra vez. Un médico no mucho más alto que yo –con la pelada enmarcada por (+)
(-) una máscara de borde celeste– sale y llama al rubio que me desea suerte antes de entrar. Le deseo lo mismo y agrego un “va a estar todo bien” que creo que es más para mí que para él. A los cinco minutos aparece una mujer de antiparras verde agua y hace pasar a una señora (+)
(-) que parece de ciento diez años que usa de bastón a otra de ochenta y largos. Sigo con el T1nder. Me sale un hombre flaco y alto en calzoncillos frente al espejo del baño. Trago saliva con esfuerzo. Me suena conocido. Dice que tiene cuarenta y dos, aunque parece de al menos(+)
(-) cincuenta. Su nombre no ayuda: es tan común como “Juan” o “Carlos”. Miro su siguiente foto: levantando pesas en el gimnasio con una musculosa de color azul eléctrico recortada en las axilas para que el hueco de los brazos le llegue casi hasta la cintura. Bíceps bastante (+)
(-) grandes, hombro derecho tatuado con una especie de calavera mexicana y cadena gruesa con una cruz de plata –o tal vez alpaca– sobre el pecho. Luce la habitual sonrisa de “esto es facilísimo”, aunque el resto de su cara refleja que está a punto de hacerse encima. Me acuerdo(+)
(-) de mis cólicos de la mañana y aprieto la panza por las dudas. Tercera foto: él alzando a un pitbull blanco bastante grande cuya mirada ruega rescate. La cuarta es colándose abajo a la izquierda de un grupo de cuatro amigas con minifaldas de colores (+)
(-) diversos y tacos altos que se abrazan entre sí, posan para otra cámara y lo miran con asco; él en cuclillas, con la lengua afuera, mira para arriba hacia el borde entre las polleras y las piernas y pone las manos en posición de rezo. Toco la cruz y justo sale el rubio. Me (+)
(-) regala un pulgar para arriba –que asumo que indica que no le rompieron la nariz con el hisopo, porque el resultado tarda– y se va. Un médico de máscara con visera gris y rulos castaños alborotados pronuncia el apellido que sigue. El hombre de la campera inflada se levanta(+)
(-) y se la saca, luciendo los músculos de sus brazos marcados por el sweater no muy grueso y demasiado ajustado que se arremanga como si hiciera calor, para luego agregar un nombre tan común como “Juan” o “Carlos” y guiñarme el ojo derecho. Estoy segura de que sonríe (+)
(-) detrás del tapabocas del hombre araña que ya expulsó a su nariz. Yo me muerdo por adentro los cachetes para no estallar en una carcajada.
Dejo el T1nder de lado y le escribo al Petiso un “¿Cómo seguís?” que asumo me responderá en un par de horas cuando se despierte. (+)
(-) Paso a la pelirroja. Le pregunto a qué hora le tocaba hisoparse y me contesta “llegando fuckin tarde”. Se me aflojan los hombros, el cuello y hasta el culo que tenía apretado sin darme cuenta: hace una semana que no veo a nadie salvo al taxista que me trajo y a los que me (+)
(-) crucé acá.
Los que quedan van pasando y llega gente nueva. Una mujer que camina taconeando y bamboleando las caderas se acerca a la ventanilla justo cuando el barbijo me hace estornudar. Resulta ruidoso y en salvas el asunto.(+)
(-) Ella pregunta por un médico que no conozco y la señora cansada le informa que está atendiendo.
–Decile que no me haga esperar que estoy inmunosuprimida –insiste.
La de la ventanilla le dice que no puede hacer nada y sigue en lo suyo. Yo estornudo una vez más y puteo por (+)
(-) no poder sonarme.
–Usted no debería estar acá –me larga la señora del taconeo haciendo un rulo con el índice, como hiciera previamente el del barbijo de spiderman, con el que recorre el perímetro del lugar–. Nos pone en peligro a todos, sobre todo a mí.
(+)
(-)
Le explico que es un N95 lo que tengo puesto y le aclaro que no vine por placer sino porque me toca hisoparme.
–Igual. Menos –agrega.
El pelado de la máscara de borde celeste me salva de la pelea y me hace pasar. Entro y se me retuerce la panza; la aprieto y (+)
(-) me seco con los guantes la gota de transpiración que me recorre la frente. Una compañera de él está enfundada en todo el equipo de protección correspondiente. Me saluda por mi apodo y me pregunta cómo estoy como si me conociera de toda la vida. Yo me quedo mirándola, (+)
(-) intentando reconocer sus ojos y cejas por detrás de la máscara. Me siento con la mochila sobre la falda. El pelado observa la escena desde lejos y escribe. Soy “fulana”, me larga ella con tono alegre y “fulana” resulta ser un nombre tan común como “María”, lo que no (+)
(-) ayuda. Se hace silencio y me mete presión. Pienso en todas las “fulanas” que conozco y trato de compararlas con sus cejas sin depilar.
–¡Fulana! Perdón, es que con ese traje… –largo finalmente, aunque todavía no tengo idea de quién es.
(+)
(-)
–No, claro. Yo ya me olvido de que lo tengo… –aclara.
No entiendo cómo hace. Yo ahí adentro me sentía ahogada, acalorada y al rato muerta de frío por la transpiración, se me endurecían los hombros, el cuello, la espalda, la cabeza, me empezaba a picar todo, sobre todo bajo(+
(-) el N95 y no veía la hora de hacer como El increíble Hulk y volverlo trizas. Igualmente, casi que hasta extraño usarlo.
El pelado arranca el interrogatorio: quién es el positivo, cuándo fue el contacto estrecho y si fue por más de quince minutos a menos de dos metros. (+)
(-) Le explico que fue por más de cuatro horas a menos de un metro y abre grandes los ojos. No sé si piensa que soy una irresponsable o una tarada.
–Compartimos la habitación en la guardia –le aclaro–. Dormimos de a cuatro ese día.
(+)
(-)
Empieza que así imposible, que vamos a terminar todos contagiados, que por qué no nos dividimos en turnos y nos vamos a nuestras casas y le sugiero que se lo proponga a los jefes.
“Fulana” me mete el hisopo por la nariz, arrancando por el lado izquierdo, y refriega hasta (+)
(-) la última conexión neuronal que va desde lo alto de la garganta hasta el centro del dolor. Yo cierro fuerte los ojos y ella se disculpa, para enseguida arremeter contra la otra fosa nasal. Corta ese hisopo con tijera de las que nunca tenemos –yo ya me cansé de luchar (+)
(-) doblándolos para un lado y para el otro hasta que se partan– y no puedo evitar preguntarle de dónde la sacó. La respuesta es que de su casa, obvio. Mete el hisopo en el tubo y vuelve hacia mí con otro.
–Abrí la boca grande –me ordena.
(+)
(-)
Apenas digo “aaa” introduce el coso hasta la garganta y ahora no me provoca dolor, sino náuseas y arcadas.
–Ya está –dice cuando lo saca.
Yo me disculpo por casi vomitarle encima mientras ella lo corta, guarda y tapa y me cuenta que está acostumbrada. (+)
(-) Me llama la atención su valentía: me hisopó de frente; yo siempre lo hago desde el costado, justamente por tema arcadas que pueden pasar a más.
Les agradezco, me cuelgo la mochila de un hombro y salgo, no sin antes preguntar cuándo estará el resultado. (+)
(-) “Mañana o pasado”, me dicen. Ruego al techo que mañana.
Una vez afuera me tiro alcohol setenta sobre los guantes y vuelvo a guardar el pulverizador en el bolsillo de la campera. Miro alrededor buscando a la pelirroja. No la encuentro y asumo que ya habrá entrado. (+)
(-) Chequeo el celular mientras la espero. “Cerca del arpa y vos no venís a verme” me contestó el petiso y me alegro de que esté lo suficientemente bien como para poder escribir eso. “Es que tanto sexo me tiene ocupada”, le respondo seguido de un emoticon que llora de risa. (+)
(-) “Eso quisieras”, pone. Indago sobre si tiene fiebre y cómo sigue la tos. Cuenta que ahora le bajó y hago un chiste malo que mejor no repito. Su tos está peor, pero con la neumonía es lógico. Igual dice que satura mejor que ayer y que pronto no va a necesitar más oxígeno. (+)
(-) Le mando aplausos y un brazo forzudo y le cuento que la rata está bien. No ahondo en que la que la cuida al final es la Flaca, total ella me pasa el reporte diario. Mientras nos mensajeamos salen una mujer morocha, un chico colorado, una adolescente con pollera escocesa (+)
(-) que me hace acordar al colegio, una embarazada que parece que va a parir acá y un señor grande con anteojos cuadrados casi iguales a los del pediatra. De la pelirroja, ni señales. Me acerco a la ventanilla y pregunto si está adentro.
(+)
(-)
–Acá no vino nadie con ese nombre –contesta y resopla la mujer de antes. Su cara sigue igual de cansada y me pregunto cómo terminará a la tarde.
Se me retuercen por enésima vez las tripas. Me fuerzo a no pensar en eso y le escribo a la pelirroja: “Sí que llegabas tarde”. (+)
(-) Me manda una foto sentada con un N95 y ojos preocupados. “Esperando”, dice abajo. Miro alrededor. Acá no está. Me fijo en la foto y noto que la pared del fondo es de un color diferente a las del hospital. Le pregunto dónde está. “En el sanatorio. Preferí hacer todo acá que(+)
(-) me van a tirar la posta. Si no vengo yo, viene otro acá y para ellos es lo mismo, confío más”. Se refiere al sanatorio en el que hace guardias como monotributista, ese que no tiene conflicto de intereses porque, como hablamos hasta el cansancio, si se toma licencia, no cobra+
(-)
Los hombros se me contracturan de nuevo y añoro la charla cara a cara que no llegamos a tener. Le mando suerte y fuerzas con esto y le hago prometer que apenas tenga su resultado me va a llamar. “Idem vos”, contesta. Se repite el tema de los cólicos pero lo obligo a irse. (+)
(-)
Hago el recorrido inverso a cuando entré. Pego la vuelta y voy para la entrada de ambulancias donde le mangueo un pucho al de seguridad. Mete la mano en el bolsillo de la campera y saca un atado de esos que hace poco abandoné. Estoy a punto de agarrarlo cuando caigo en que(+)
(-) tal vez sea positiva, que quizás me agarren síntomas y que el cigarrillo puede empeorar las cosas. Freno mi mano.
–¿Sabés qué? Mil gracias, pero mejor no –le digo.
Baja la cabeza.
(+)
(-)
–Bien, doc. Usted sí que sabe –me contesta mientras guarda el atado–. Yo estoy tratando de dejar –agrega con cierto orgullo.
Le sonrío detrás de mi N95 y trato de que mis ojos lo reflejen. Avanzo hacia la vereda y dejo que el sol me pegue en la cara (+)
(-) mientras espero que aparezca algún taxi que me lleve a casa a desarmar la mochila.
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