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#CosasQuePasanEnLaGuardia #102. Hola a todos. Estoy bien, pero no tengo ganas de hablar de este virus de mierda, así que sale un HILO PRE-COVID. Una y media del mediodía de un viernes. Hago entrar a un paciente que se agarra la panza y la espalda a la vez. (+)
(-) Tiene la cabeza inclinada hacia abajo con el pelo castaño tirando a rojizo más corto a los costados. Su barba espesa le hace de delantal por encima de la remera. Pienso que nunca voy a entender esa moda, que ahí adentro podría haber desde piojos hasta cucarachas (+)
(-) pasando por ladillas, y que si tuviera a mano una tijera me costaría contenerme y terminaría ofreciéndole, aunque sea, un podado. Avanza lento hasta la única camilla libre en el consultorio y se apoya contra el borde sin sentarse. Refiere que así está mejor. (+)
(-) Cierro la puerta, pongo la traba y arranco el interrogatorio. Su apellido resulta imposible de escribir. Lo deletrea apenas termina de pronunciarlo –sin que llegue a pedírselo– como debe haber hecho ante cada trámite que realizó en su vida. Las letras le salen entre (+)
(-) pujos, gritos y puteadas. Tiene veintisiete, aunque parece de más. “Debe ser la barba”, pienso. Cuenta que comenzó con el dolor hace unos días pero que no podía venir, que estuvo tomando antiinflamatorios varios sin gran mejoría y que ahora se volvió insoportable. (+)
(-) Hoy tomó dos ibuprofenos separados por menos de dos horas, un sert@l y una busc@pina. Fiebre no tuvo, pero sí vómitos, y no sabe si orinó con sangre porque “no se fijó”. El diagnóstico, al menos en parte, se hace solo con mirarlo: no me cabe duda de que (+)
(-) su problema está en el riñón derecho. Para corroborarlo le pido que se enderece unos segundos y que, así parado como está, me dé la espalda. Apenas golpeo sobre la zona en cuestión con el lado del meñique de mi mano hecha puño, salta y emite un quejido en el (+)
(-) que se acuerda de mi madre. Le pido que se acueste y lo hace por partes, como de a intervalos, y enseguida se reincorpora.
–No puedo. ¿No me podés revisar así? –larga inclinado hacia adelante.
Le explico que no, que necesito palparle el abdomen (+)
(-) (no vaya a ser que su tema renal sea al final un apéndice inflamado en una ubicación no tan frecuente). Trata de nuevo, pero se sienta cual resorte cuando va a mitad de camino.
–No puedo. De verdad que no –me hace acordar a mi papá con su “estoy volando de fiebre” y sus (+)
(-) “esta vez sí que me muero” cada vez que el termómetro marca treinta y siete uno.
–Te aseguro que podés –lo incentivo.
Me acerco, le pongo el brazo detrás de la espalda y le indico que se vaya dejando caer hacia atrás de a poco, que yo lo ayudo. (+)
(-) Finalmente lo logramos. Se acuesta y lo reviso lo más rápido que puedo. Definitivamente, el tema parece urinario.
Lo dejo sentarse nuevamente y le pongo el termómetro: fiebre no tiene, aunque con todo lo que se tomó, tampoco sé si levantaría. (+)
(-) Le explico que le voy a hacer un análisis de orina, uno de sangre y a ponerle una vía con medicación.
–Que sea rápido, por favor –me dice con los párpados y los puños apretados.
Salgo y vuelvo con el envase de suero cortado al medio que hace de frasquito. Se lo doy y (+)
(-) lo mira sin entender.
–Es para la muestra de orina –le aclaro.
Se lo queda mirando y, por unos segundos, parece olvidarse de su dolor.
Salgo y hago las órdenes correspondientes. No encuentro ninguno de los enfermeros y, (+)
(-) mientras aparecen, me ocupo de preparar el suero. Le cargo de todo para bajarle el dolor. Me imagino que tiene una piedra dando vueltas, y eso duele muchísimo.
Dejo todo listo y miro la lista. Hay una chica anotada como infección urinaria. La hago pasar, la interrogo en (+)
(-) el pasillo y le golpeo la espalda ahí nomás; no le duele y eso es bueno. No tuvo fiebre, vómitos, diarrea ni nada más, solo ardor al hacer pis y que va bastantes veces y hace poquito. Le pido el análisis de orina y entiende apenas le entrego el medio envase de suero; se ve(+)
(-) que no es la primera vez. Le tomo la muestra y le indico que espere afuera.
Los enfermeros todavía no volvieron. Voy para el estar. Hay uno solo y está tomando un café. Le explico que tengo un chico muy dolorido que necesita un suero y me contesta que qué pretendo si (+)
(-)es la hora de comer, que sus compañeros se fueron al comedor y que él está ocupado, que cuando termine va a ir, pero que no va a ser YA. Me acuerdo de la última vez que me peleé con él. No hizo nada de lo que le pedí en el resto del día.
(+)
(-)
Vuelvo para los consultorios y me acerco al paciente. Le pregunto si tiene obra social o prepaga, algo que me olvidé.
–Sí pero no –responde.
–¿Cómo es eso?
–Es que me echaron del laburo y se me termina pasado mañana.
–Bueno, pero tenés.
(+)
(-)
–Sí, pero es más lejos y me duele mal –se excusa con la misma cara de sufrido que cuando entró–. Y vivo acá enfrente.
Me ahorro el discurso de que el hospital está colapsado y de que le está sacando el lugar a alguien que no tiene recursos, solo porque le creo que realmente(+
(-) le duele. Lo que sí hago es explicarle que, si tiene lo que creo, va a necesitar un urólogo y acá no hay ninguno hasta el lunes a la mañana, así que, según cómo dé todo, probablemente lo tenga que derivar. Asiente y me entrega su carnet de inmediato “para que lo vaya (+)
(-)teniendo”; su obra social es excelente. Las venas se le marcan en el antebrazo. Son tan lindas que casi me relamo. Termino poniéndole yo el suero y sacándole sangre. Para cuando está todo listo, ya me cerró el comedor. Almuerzo un sándwich de milanesa de los de acá a la (+)
(-)vuelta sentada en la entrada de ambulancias mientras tomo algo de aire. Hay un sol tremendo y me muero de ganas de estar tirada en una plaza leyendo. Me acabo de prender un pucho cuando llega una ambulancia y baja el médico reanimando a un paciente mayor. (+)
(-) Entran corriendo y van para el shock-room. Apago mi cigarrillo y me apuro tras ellos.
–¿Hace cuánto que está en paro? –escucho al emergentólogo.
–En la casa estaba llevaba diez minutos, pero lo reanimé y salió y ahora le dio de nuevo en la (+)
(-) ambulancia –le contesta el médico alto y morocho con cantito cordobés.
Me asomo. Veo que el emergentólogo se acerca al paciente, le mira las pupilas, les acerca una linterna, lo toca, le retuerce el puño sobre el esternón (sin que el paciente reaccione) y finalmente dice:
+
(-)
–Dos de oro, papá. Y más frío que Juan Luis Guerra. ¿Vos me ves cara de pelotudo?
(Con dos de oro se refiere a que tiene las pupilas dilatadas, que no se achican con la luz como deberían, lo que habla de gran daño cerebral, o sea que al cerebro no le llegó (+)
(-) oxígeno por bastante tiempo).
–¿Cómo dice, doctor? –le contesta el morocho casi sin cantar.
–Digo que te trajiste un fiambre y me lo querés endosar a mí.
–Para nada, doctor. Se lo juro –hace una cruz con el pulgar sobre su boca–. Yo lo reanimé y salió y hasta dijo “hola”.
(+
(-)
–Hola las pelotas. Y no jurés que te vas a ir al infierno. Mirá que cuando vos fuiste, yo fui y volví, fui y volví.
Los dejo discutiendo y voy para los consultorios. Recién cuatro y algo llegan los resultados del chico del riñón.
(+)
(-)Están peor de lo que pensé: sí, tiene glóbulos rojos altos en orina, que hablan de una piedra, pero además están elevados los glóbulos blancos, o sea que hay una infección agregada.
Le pido una ecografía. Me indican que lo lleve en media hora, porque están a mil. (+)
(-) Vuelvo a hablar con el paciente y lo encuentro con una mujer algo más colorada que él que le acaricia el pelo tupido de la parte más alta de la cabeza con los dedos separados cual peine. La señora, con un ojo demasiado abierto y el otro a medio cerrar, (+)
(-) me pregunta de forma sumamente educada acerca del cuadro de su hijo. Les explico que parecería que una piedra está bajando desde el riñón hacia la vejiga pero que se quedó atorada en el camino y por eso tanto dolor, y que además en la orina estancada por la piedra (+)
(-) parece que crecieron algunos microbios. Termino haciéndoles un dibujo para que entiendan mejor y les informo que en breve vamos a hacerle una ecografía. La mujer abre el ojo semicerrado hasta igualarlo al otro.
Para cuando conseguí una silla de (+)
(-) ruedas –sin camillero ya que hoy solo vino uno y no lo encontré–, ya es la hora del estudio. Dejo a la madre cuidando la camilla y lo llevo. El resultado es peor de lo que esperaba: la piedra es grande y el riñón está bastante feo; lo bueno es que tiene obra social. (+)
(-)
Lo llevo de vuelta, les informo el resultado y que le voy a pedir la derivación, porque realmente necesita un urólogo. Aceptan y voy al estar para realizar la llamada correspondiente. Comunicarme resulta bastante difícil y me derivan de un interno a otro. (+)
(-) Finalmente, alguien me informa que no lo van a venir a buscar. Cuando indago por qué, la explicación es que el paciente probablemente requiera varios días de internación y que “la obra social se le vence mañana”.
–Mañana no, pasado –le aclaro a mi interlocutor–. Y si se le(+)
(-)vence pasado, significa que hoy está cubierto.
El hombre insiste con que la obra social no se va a hacer cargo de un paciente que seguramente va a quedar internado mayor tiempo del que está cubierto, que ya les ha pasado y que después no pagan, y que total (+)
(-) “está bajo techo hospitalario”. Le recalco que requiere un urólogo y que acá no hay, que ellos sí tienen, y que lo que están haciendo es ilegal. La discusión transcurre durante media hora en que me pasan de un supervisor a otro y todos repiten el mismo cantito. (+)
(-) Mis compañeros me miran y el petiso hace señas de que les meta una piña. Respiro hondo y sigo quince minutos más en los que me proponen, como solución alternativa, que el paciente haga un depósito de una suma considerable para que lo vengan a buscar. (+)
(-) Corto y voy para el consultorio.
–¿Cómo voy a pagar eso si yo en una semana ya no vivo acá? –arranca el chico.
Resulta que consiguió trabajo en el interior y puso toda su plata en mudarse para allá, que ahí en cuanto la tramite va a tener obra social, (+)
(-) “una que seguro va a ser mejor que esta”. Le explico la necesidad de un urólogo a la brevedad, que su riñón va a ir empeorando y que acá solo vamos a poder calmarle el dolor y ponerle antibióticos, pero ni siquiera sé si el aparato necesario para colocar el catéter (+)
(-) que –a mi entender– él necesita está funcionando, que estuvo roto, y que arriesgarse a perder el riñón cuando tiene obra social vigente a la fecha, es impensable.
–¿Y qué hacemos entonces, doctora? –pregunta la madre.
–Pelearla –sentencio–. Llamen a la obra social.
(+)
(-)
Sigo atendiendo mientras escucho gritos y puteadas varias, predominantemente de boca del hijo. El dolor, por lo menos, parece haberle calmado. Vuelvo a la media hora y los encuentro en la misma posición que antes, nada más que ahora la madre lo que le acaricia (+)
(-) es la barba y yo no entiendo cómo mete sus dedos ahí.
–No van a venir. Los muy hijos de puta no me van a atender –me larga el hijo.
–No es legal. Eso no puede ser legal, ¿no le parece? –se suma la madre.
–No, yo creo firmemente que no, pero tampoco puedo lograr que (+)
(-)vengan –le contesto resignada.
–¿Y llevarlo en una ambulancia de acá? –pregunta ella.
Le explico que no, que las ambulancias del SAME no hacen traslados a obras sociales y que eso no va a ser posible.
(+)
(-)
–O sea que lo abandonan. Lo abandonan de todos lados –casi que llora la mujer.
–No. Nosotros acá no lo abandonamos –le aclaro–, vamos a hacer todo lo que está en nuestras manos, pero, por desgracia, los recursos acá no son los mismos que en la obra social.
(+)
(-)
–Claro, ¿pero y entonces? ¿Qué hacemos, doctora? ¿Qué haría usted si fuera su hijo? –insiste la mujer que ahora se rastrilla con los dedos su propio cuero cabelludo.
Pienso que si fuera mi hijo yo sería bastante más vieja y, seguro, mucho más gruñona.
(+)
(-)
–Llevármelo –le contesto finalmente.
–¿A la casa? ¿Cómo? –pregunta ella sin dejarme terminar de expresar la idea.
–No, a la casa no. Yo si fuera mi hijo lo subo a un taxi y me lo llevo al sanatorio de la obra social. Ahí no se pueden negar a atenderlo.
(+)
(-)
La mujer inclina la cabeza hacia el costado y se me queda mirando.
–¿Y usted nos da un resumen y una orden para que lo internen? –sonríe como hacía mi abuela cuando pedía sin pedir.
Le explico que no, que no puedo, que él no está de alta por lo que (+)
(-) no puedo darles nada de eso, que si se lo lleva es sin alta médica, firmando que es su decisión irse, que sí le puedo entregar todos los estudios si firman también que los retiran, pero nada más.
–No entiendo. ¿No nos va a ayudar? –me mira con los ojos llenos de desilusión.
+
(-)
–Créame que la estoy ayudando diciéndole todo esto –le largo lo mejor que puedo.
Estoy cargada de bronca, ira e impotencia mezcladas.
–No nos ayuda mucho, pero bueno. Está bien. Nos vamos y no molestamos más –contesta con el mismo tono de voz que ponía mi mamá (+)
(-) cuando yo era chica y se hacía la ofendida porque me iba a comer a lo de una amiga en vez de quedarme con ella.
–No pasa por ahí… –arranco y finalmente me callo.
Nada de lo que le diga la va a dejar conforme.
(+)
(-)
Le indico a los enfermeros que le saquen el suero al paciente. Mientras, busco el libro en el que anoto todo y hago que el chico escriba –con su puño y letra– que decide retirarse a su obra social y llevarse los estudios y que lo hace bajo su propia responsabilidad. Firman (+
(-) tanto él como la madre y al lado un enfermero de testigo. Se retiran, la madre con la frente sobrepoblada de bronca, los ojos desparejos y las cejas llenas de miedo, y el hijo con la boca ladeada que descarga oleadas resignación hacia la barba que se acaricia. Él me (+)
(-) murmura un “gracias”; ella nada. Cierran la puerta y alguien la vuelve a abrir. Miro. Es una chica que no reconozco.
–Mi orina –dice con el índice en alto.
Mis ojos le recorren las manos buscando un suero cortado de contenido amarillo tibio y, al no encontrarlo, pasan a (+)
(-) su enterpierna.
–El análisis –aclara.
Recién ahí, o incluso unos segundos más tarde, mis neuronas entienden que es la chica de la infección urinaria que no parecía complicada y van a buscar el papel. Le indico que sí, efectivamente el diagnóstico es el correcto y que, (+)
(-)si ya tuvo otras antes, habría que hacerle un cultivo de orina.
–Tuve varias –contesta.
–Me imaginé –sentencio sin explicarle por qué.
Lo que sí le explico es cómo tomar el urocultivo, el antibiótico que le voy a mandar, que es cada doce horas por cinco días, (+)
(-) y que el resultado del cultivo tarda casi una semana, pero es por si no responde a ese antibiótico. La mando a conseguir el frasco –acá no tenemos– y le doy todo lo que necesita, sumado a las órdenes. Ella sí que agradece en serio, con un abrazo que no sé ni (+)
(-) de dónde sale y me deja con los brazos a los costados.
Me suelta y finalmente me aflojo. Se aleja y yo salgo a la entrada de ambulancias y me prendo un pucho.
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