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#CosasQuePasanEnLaGuardia #94. Cinco y media de la mañana. El despertador del celular me trae a Cerati y lo dejo cantarme un rato. No puedo decir que me despierta: no dormí en toda la noche. Me siento despacio, bajo los pies y acomodo mis ideas. (+)
(-) Hoy la cosa va a estar mejor”, repito para adentro tres veces. Finalmente lo callo y me arrastro hasta la ducha. Rasguño mi cuero cabelludo y casi que también mi piel en un intento de borrar cualquier resto de este virus de mierda que pueda haber quedado (+)
(-) de la guardia de anteayer. Esta vez lo hago rápido; no quiero llegar tarde de nuevo. Salgo, me envuelvo en un toallón y voy para el cuarto. Jean, remera, sweater, medias, zapatillas, mochila, bolsa con el ambo y las crocs y a la calle. Camino hasta la parada (+)
(-) y espero al colectivo un metro y medio detrás de un pibe de no más de veinticinco que se sacude al ritmo de la cumbia que le regalan sus auriculares. Me gustaría volver a tener veinte pocos y bailar “Auto rojo” con mis amigos. Una mujer de cincuenta y tantos se mete (+)
(-) entre nosotros dos y, apenas ve a los lejos el colectivo que todos esperamos, se abalanza hacia la calle para llamarlo. En otro momento le hubiera dicho algo por colarse, pero lo último que quiero es arrancar el día de mal humor. Doy dos pasos atrás y levanto la mano (+)
(-) igual que ella. El choffer sigue de largo por el carril izquierdo –pese a que se ven varios asientos vacíos– y casi que nos hace “ole”. La mujer putea y dejo que lo haga también por mí. Yo saco mi libro y leo unas cuantas líneas hasta que aparece el próximo. (+)
(-) Para unos metros más adelante y el último de la fila sube primero. Lo siguen el bailarín y la señora de las puteadas y ya no quedan asientos libres. Doy un paso atrás y espero al que sigue mientras me arrepiento por no haberle dicho nada. Miro la hora. (+)
(-) Voy a llegar tarde. Justo aparece un taxi y estiro el brazo. Frena, avanzo hacia la puerta y la abro. Un hombre pintón de no más de cuarenta y cinco –que estaba dos lugares después que yo en la fila del colectivo– se agarra del borde de arriba de la puerta cuando estoy por(+)
(-) subir.
–Hay códigos –me larga.
–¿Cómo? –pregunto sin entender.
–Que yo lo llamé antes.
–Yo no te vi –le respondo y giro hacia el taxista–. ¿Fue así?
Él levanta los hombros y al cabeza en señal de que no tiene idea.
Miro la hora. Estoy demasiado justa.
(+)
(-)
–Disculpá, no te vi llamarlo antes y llego tarde a la guardia –pronuncio como pidiéndole una tregua.
–Y qué carajo me importa tu guardia… ¿Quién te creés que sos? ¿Esperás que te aplauda también? A mí no me das lástima. Yo también estoy (+)
(-) laburando y no me aplaude nadie –me ladra.
La gente de la parada mira atenta la disputa. Un señor de la edad de mi viejo, pero de espalda enorme, se nos acerca dispuesto a intervenir. Yo miro al que ya no me parece pintón. (+)
(-) Está apoyado en el marco de la puerta que tengo abierta con una media sonrisa que no es tal. Tiene un anillo plano de oro en el anular derecho. Pienso en su mujer y se me paran los pelos de la nuca. Veo que se acerca otro taxi a la distancia. Doy un paso atrás.
(+)
(-)
–¿Sabés qué? Subite. Espero que nunca necesites ir a una guardia –le escupo mientras freno el otro.
–¿Y? ¿Sube o no? –escucho que pregunta el taxista mientras me alejo.
Veo que el hombre ya para nada pintón se me queda mirando. (+)
(-) En la parada dos o tres aplauden, incluido el grandote de la edad de mi papá. Yo subo al segundo taxi, le doy la dirección y me reclino hacia atrás con los ojos cerrados.
(+)
(-)
–¿Es doctora? –pregunta el conductor en vez del habitual “es enfermera”.
Tengo miedo de decirle que sí y que me salte con una consulta sobre un grano infectado que tiene en la axila o algo por el estilo. Subo y bajo la cabeza despacio, sin abrir los ojos. No sé si me ve o no+
(-) Permanece en silencio y hasta baja la radio. Yo cuento mis inhalaciones y exhalaciones como hice tantas veces anoche. Se aparece el “Papu” borracho del otro día que al final no fue corona; está de fiesta con sus amigos y dice que tenían todo comprado (+)
(-) desde antes de la cuarentena. Comparten vasos, puchos y porros. Aparece un grupo de mujeres y también las comparten. Todos se abrazan, saltan, bailan. Uno tose y el resto se ríe. Paro la música y les grito que no sean irresponsables. Se ríen más todavía. (+)
(-) La voz del taxista me saca del suplicio.
–Ya llegamos, doc –sonríe.
Busco el reloj. Está apagado. Le pregunto cuánto es con miedo a que me tire cualquiera.
–Nada. No es nada. Muchas gracias por lo que hacen, a usted y a sus compañeros –sonríe una vez más.
(+)
(-)
Insisto en pagarle. No me deja. Me dan ganas de abrazarlo, pero no puedo. Agarro una lapicera, un papel y anoto mi número de teléfono, mi nombre y apellido.
–Por si tiene algún tema médico y lo puedo ayudar –le digo mientras se lo alcanzo.
Se queda mirándome. (+)
(-)
–Se lo dejo acá por cualquier cosa. Si quiere, lo agarra con guantes –agrego y apoyo el papel en el asiento del acompañante.
Salgo. El taxi permanece en el lugar unos segundos hasta que le tocan bocina. Lo saludo con la mano. (+)
(-) Saca el puño por la ventanilla y lo levanta hasta encima del techo, para luego desaparecer.
Sonrío, cierro los ojos, tomo aire y entro a la guardia. Veo a la pelirroja, al petiso y al ruludo –que viene de reemplazo– tomando café.
(+)
(-)
–¿Me cambio volando y hacemos el pase? –les largo mientras me meto al baño.
–Ya está. Había solo un paciente –contesta el petiso antes de que cierre la puerta.
–Iba en bolas en el pasillo y preguntaba por vos –agrega el ruludo, jocoso.
(+)
(-)
Pongo la traba y apoyo la mochila sobre la tabla del inodoro. Voy pisando sobre las crocs limpias y la ropa va, por turnos, sobre la mochila que tampoco debe estar muy limpia que digamos, pero es lo que hay. Golpean.
–No se puede –contesto y sigo en lo mío.
(+)
(-)
Vuelven a golpear y se me cae al piso la musculosa que iba debajo del ambo. La dejo ahí un rato y me pongo la chaqueta directo. Golpean una vez más. Guardo la ropa limpia en la bolsa, levanto la musculosa con el índice y el pulgar por la parte limpia, me pongo la mochila (+)
(-) en un hombro, la bolsa en el otro y abro, lista para refregarle la musculosa en la cara a quien sea que no aprendió control de esfínteres para salita de tres.
Salgo y me encuentro con el jefe de guardia. Él me mira, mira la musculosa que no atiné a bajar, (+)
(-) me mira una vez más y me larga que en cinco minutos nos juntamos para organizarnos. Asiento y espero que se vaya. No lo hace. Me quedo quieta a la espera de que diga algo más. Estira el índice. Me acuerdo de la musculosa y la escondo atrás de mis piernas. (+)
(-) Su índice, sin embargo, no la apunta a ella, ni tampoco a mí. Está orientado hacia el baño, nuestro baño, baño que el jefe no usa porque él tiene el suyo. Mi cabeza se inclina un poco hacia el costado y mis cejas se juntan al medio en señal de pregunta.
(+)
(-)
–El mío está tapado –aclara mientras da un paso al frente que me hace retroceder.
Yo aprieto los labios para no estallar de la risa y me pregunto si, después de esto, aparecerá papel higiénico acá.
Miro la musculosa que tengo entre los dedos. (+)
(-) Está vieja y casi transparente. La tiro al tacho. Saco estetoscopio, saturómetro y tensiómetro de la mochila –encontré uno viejo en casa y decidí traerlo para ver qué tal funciona– y me los cuelgo en el cuello. El termómetro, la lapicera y el recetario van en el bolsillo(+)
(-) derecho de la chaqueta y la plata, en el del pantalón. Pongo el candado y guardo la mochila –junto a la de mis compañeros– en el placard de siempre que sigue sin tener llave. Voy para nuestro estar.
–¿Hacemos el pase? –pregunto segura de que lo de antes fue una joda.
(+)
(-)
–¿No escuchaste que ya está? –responde el petiso.
–Sí, y también que alguien en bolas preguntaba por mí, pero no lo veo bailándome el unga-unga –contesto.
–¿Unga-unga? ¿Unga-unga dijo? ¿De verdad? –se ríe la pelirroja.
El ruludo se suma al gaste.
(+)
(-)
Yo me levanto y avanzo hacia los consultorios: no les creo que solo hay un paciente. Ellos siguen en lo suyo. Me asomo al primero. Una mujer de setenta y largos con suero puesto ronca como si estuviera en su casa. Voy para el segundo: nadie. Sigo por el tercero, el cuarto y(+
(-) así hasta el final; ni un alma. Busco la lista de pacientes para ver: ni uno anotado. Respiro hondo, abro la puerta y me asomo a la sala de espera. Al fondo duermen los borrachos de siempre. Dos pacientes esperan al traumatólogo y una madre con un nene pregunta por los (+)
(-) pediatras. Para nosotros, nadie.
–La calma antes de la tormenta –escucho desde atrás mío.
Giro y me encuentro con el ruludo con las comisuras de la boca estiradas y apenas para arriba. Se me paran otra vez los pelos de la nuca, ahora acompañados de los de los brazos, (+)
(-) y no puedo decir que sea meramente por su presencia.
–Da miedo, ¿no? –me saca las palabras de la boca.
Bajo la cabeza despacio y entrecierro los ojos.
–Disfrutémoslo mientras dure –propone y quiero decirle que no lo enyete, pero no logro pronunciarlo.
(+)
(-) Volvemos al estar. Veo al jefe pasar con un desodorante de ambientes en la mano y temo por nuestro baño. A la vez pienso que ojalá que nos lo deje. Va y viene un par de veces hasta que finalmente nos reunimos.
–Autorizaron los N95 –sentencia con tono victorioso.
(+)
(-) Alguno que otro aplaude, el resto esperamos el “pero” que sabemos que se viene.
–Van a tener uno cada dos semanas –sigue.
Pienso en que yo en dos semanas hago cinco o seis guardias y que esos barbijos no deberían usarse más de ocho horas de corrido. (+)
(-) Abro la boca para plantear el asunto y el pediatra más viejo me gana de mano:
–¿Y para los que hacemos más de una guardia? –pregunta.
–Uno cada dos semanas –reitera el jefe.
Se hace silencio. Todos nos miramos.
(+)
(-)
–Es lo que tenemos y hay que cuidarlo, porque si no, después no va a haber –agrega.
–¿Y camisolines nos van a dar? –se mete el petiso.
–Por supuesto, hay dos para los que vean a los pacientes respiratorios –dice el jefe orgulloso.
(+)
(-)
–¿Los respiratorios que hasta ahora vienen siendo unos seis a ocho por guardia? –pregunta filosa la pelirroja y me dan ganas de aplaudirla.
El ruludo hace un ruido con la boca que asumo que fue una risa ahogada. Yo aprieto las muelas, cierro los puños y me clavo las uñas (+)
(-) en las palmas.
–Como les dije. Es lo que tenemos, porque si no, después no va a alcanzar.
–O sea que mientras le pasamos el virus del enfermo al sano… –sigue la pelirroja.
–Bueno, bueno. A ver. Puedo tratar de conseguir dos más, pero no más que eso, porque (+)
(-) si no, después no va a haber –se defiende el jefe.
–Perfecto, entonces habría que poner un cartel de que se atienden cuatro respiratorios por guardia –remata ella.
–Así no vamos a ningún lado –levanta las manos el jefe–. Tenemos que trabajar en equipo con lo que hay.
(+)
(-)
–Es que lo que hay es poco –insiste la pelirroja.
Nadie dice nada.
–¿Poco? ¿Poco me decís? Para ustedes hay una máscara, antiparras, dos camisolines, un lugar donde atender, les dejo un termómetro. Hay lugares que atienden con bolsas de residuos como camisolines, (+)
(-) no me pueden decir que es poco. Esto recién empieza y tenemos que cuidar lo que hay, porque si no, después no vamos a tener –repite el jefe.
–Si empezamos así… –murmura la pelirroja.
La miro con cara de que basta, porque esto realmente no va a ningún lado.
(+)
(-)
–Antes no teníamos N95, ahora tenemos. Hay que confiar en que vamos a tener las cosas –sigue él.
Yo miro el piso. Son las nueve, limpiaron a las ocho y ya está bastante sucio. Miro nuestras sillas de tapizado azul (+)
(-) con la mugre que se mete entre las fibras, nuestro escritorio que, si no lo limpiamos nosotros, nadie se ocupa, y vuelvo al jefe que está hablando sobre que vamos a hacer equipos y que nos vamos a turnar una guardia cada uno para ver los casos sospechosos. (+)
(-)
–¿Quedó todo claro? –pregunta finalmente sin preguntar y todos nos levantamos para ver si hay pacientes.
La pelirroja dice que no piensa ver los posibles covid porque ya le tocó ayer como reemplazo y se cagó de calor.(+)
(-) Yo pregunto si viene la Flaca, que se supone que está hoy con nosotros y me cuentan que está de licencia por familiar enfermo porque la vieja se rompió la cadera y la tienen que operar.
–Lindo momento para caerse –agrega el ruludo.
(+)
(-)
Miro al techo y ruego porque mi abuela no se vaya a tropezar.
Entre los tres que quedamos, hacemos piedra papel o tijera. A los varones le tocan los respiratorios y yo largo despacio el aire que venía manteniendo adentro.
–Un poco de paz para ustedes –sonríe el ruludo que(+
(-) me caza en el acto.
Me siento culpable por unos segundos hasta que el enfermero alto me llama para suturar.
–¿Qué es? –le pregunto mientras lo sigo.
–La cara y no sé si algo más. Está des-tru-i-da –sentencia.
(+)
(-) La última palabra y, sobre todo, la “A” final hacen que me tiemble todo el cuerpo, aunque trato de que no se note.
Llego. La miro desde la puerta mientras me pongo el barbijo quirúgico (el N95 se supone que sólo tenemos que usarlo para ver los respiratorios, (+)
(-) así que ni lo fui a buscar). Está apoyada contra la camilla sin sentarse. Sus dedos tamborilean contra el borde que yo, en su lugar, trataría de no tocar. La miro. Tiene los párpados morados, la cara roja por la sangre, la ceja abierta y la nariz que parece rota. (+)
(-) Pienso que, en realidad, no tengo idea de lo que haría en su lugar. Entro. Junto a ella hay un hombre de edad similar –ambos rondan los cincuenta y largos– que se agarra la nariz con un repasador ensangrentado. Con la otra mano le acaricia la espalda mientras le promete (+)
(-) que todo va a estar bien. Me presento y le pregunto a la mujer cómo se llama. Es morocha y sus ojos marrones irradian algo de miedo. Me da un nombre casi tan común como “María” sin ningún apellido. Le pido que me cuente qué le pasó y ella mira al hombre. (+)
(-) Él es petiso, tiene el mismo color de pelo, y rasgos más rústicos.
–Mi mujer está muy angustiada –toma la palabra–. Pasa que se cayó por las escaleras y se dio flor de porrazo –sonríe.
No me gusta su sonrisa y no es por su paleta izquierda torcida hacia adentro.
(+)
(-) Tampoco me parece que sea para reírse.
–¿Y a usted? ¿Qué le pasó? –le pregunto a él mientras le señalo la nariz.
–Una pavada. Por tratar de agarrarla me di de lleno contra la puerta de la alacena –mantiene la sonrisa.
No le creo mucho.
(+)
(-)
–Pasa que ella tiene Parkinson –agrega–. Se lo diagnosticaron hace unos meses y estamos en la lucha, de médico en médico… Es la primera caída.
Me siento una hija de puta por haber pensado mal. Bajo la cabeza, la subo, les pido que aguarden un segundo, (+)
(-) me asomo por la puerta y llamo al enfermero.
–¿Qué necesita, doc? –se acerca enseguida.
Le pido que llame a mi compañera para que le arregle la nariz al hombre mientras yo me ocupo de la mujer. Él se va a buscarla, vuelve y me informa que viene en un rato, que está con (+)
(-) dos pacientes. Yo ya preparé casi todo para la sutura y les hice lavar las manos a ambos con agua y jabón a ambos por las dudas. También indagué sobre si hubo pérdida de conocimiento tras la caída o antes y la respuesta fue que no.
(+)
(-)
Hago la orden para la placa del hombre, se la entrego y le explico dónde queda rayos. Él mira a su mujer y le acaricia el hombro.
–Si no le molesta, me gustaría hacerle compañía. Siempre le dieron resquemor las agujas –sonríe y agrega–. Voy apenas termine.
(+)
(-)
Asiento y pienso en lo mucho que me gustaría un amor así.
Justo entra el enfermero y se ofrece a asistirme. Le digo que no hace falta, pero insiste y acepto feliz. De a poco limpiamos la cara de la mujer y encontramos otro corte en el pómulo opuesto a la ceja. (+)
(-) La secamos, la limpio con pervinox y él me trae las cajas de sutura para que elija la más acorde. De milagro hay una con instrumental chico que nunca antes vi. Tampoco faltan hilos y me pregunto si eso también será parte de la calma antes de la tormenta.
(+)
(-)
Arranco por la ceja –que queda de mi lado– y le pongo todas las ganas de las que soy capaz. El hombre no despega la vista de lo que hago y aplaude cuando termino.
–¿Ya está? –pregunta la mujer.
–Falta poco –le informa el marido aún sonriente.
Ella cierra los ojos.
(+)
(-)
Pienso en separar la camilla de la pared para suturarla más cómoda, pero el enfermero salió un momento y me da fiaca sacarme los guantes y mover todo yo sola. Le explico a la mujer que voy a pasar por encima de su cara y que por favor se quede quieta y arranco (+)
(-) la segunda sutura. Son solo tres puntos, a lo sumo cuatro. Los dos primeros salen sin demasiado esfuerzo; el tercero ya me queda medio lejos. Le pido que gire apenas la cabeza hacia mí. La mueve demasiado y me dificulta más el asunto, así que le indico que (+)
(-) vuelva a ponerse como antes. Estoy por dar el último, cuando se queja de dolor.
–Ni la pinché todavía. Vamos, no me afloje –me río.
Recién ahí noto que se agarra el hombro donde apoyé –muy suavemente– mi codo para estar un poco más cómoda en la maniobra.
(+)
(-)
–¿Le duele? –pregunto.
–No es nada –sentencia y mira al marido que le acaricia la cabeza.
–Después lo vemos –contesto y sigo con lo mío.
Procedo a la curación y, una vez finalizada, le pido que se siente mientras me lavo las manos. (+)
(-) Lo hace y, cuando me estoy secando, noto que se recorre el cuello de arriba a abajo con la mano derecha, de forma envolvente.
–¿Ahí también se golpeó? –indago.
–No –responde el marido–, viene medio medio de la garganta, pero nada, seguro unas anginas.
(+)
(-)
La mujer no aporta nada más.
–¿Desde cuándo que le duele? –profundizo.
–Ayer o anteayer –contesta él.
–¿Y tuvo fiebre?
–Sí –dice ella.
–No –sentencia él al mismo tiempo.
–¿Cuánto tuvo? –me dirijo exclusivamente a la paciente.
–Treinta y ocho y medio –responde.
(+)
(-)
–Eso fue la otra semana, mi vida, estás confundida –la corrige el marido.
Lo miro y vuelvo a mirarla a ella.
–¿Tuvo fiebre? –le pregunto una vez más.
–Debe ser como dice él –contesta finalmente.
Giro hacia el hombre.
–Le hago la orden para la placa –le digo mientras escribo+
(-)
Siento que tengo que sacarlo un momento por lo menos de ahí.
Él se saca el repasador de la nariz.
–¿Para qué? Mire. Ya no sangra más –sonríe.
–Para que veamos si está rota.
–Prefiero no andar por el hospital exponiéndome, total, ¿qué me van a hacer si está rota? ¿Me van(+)
(-) a operar en la pandemia? –se ríe.
Le digo que está bien, que como quiera y vuelvo con la mujer.
–¿Miramos ese hombro? –propongo.
–No es nada. Se golpeó hace una semana con una biblioteca y ya nos dijeron que no estaba roto –se mete el marido.
(+)
(-)
–¿Está segura que no quiere que lo vea? –le hablo a ella.
Ella posa la vista en su esposo.
–No es nada –dice finalmente y se le escapa algo de tos seca que trata de ocultar con el pliegue del codo.
Me quedo mirándola.
–Debe ser el aire acondicionado –sonríe él.
(+)
(-)
–¿Anda con tos? –lo ignoro y le pregunto a ella.
–Apenitas –contesta sin dejar de mirarlo.
–Casi nada –acota él.
Maldigo por no haber ido a buscar mi barbijo power. Me alejo dos metros y giro hacia la puerta rogando que aparezca el enfermero o alguno de mis compañeros. (+)
(-)No viene nadie. Le pregunto sus datos filiatorios para anotarla en el libro e incluyo en el pedido su número de teléfono. Ella me dicta todo de a poco, siempre mirando al marido.
Les pido que me aguarden un momento, (+)
(-) que voy a conseguirle unas muestras para que mejore la garganta, aunque todavía ni se la revisé. Les digo que, además, tengo que hacerle una tomografía de la cabeza por las dudas.
–Por supuesto. Muchas gracias –contesta el hombre sonriente.
(+)
(-)
Salgo y busco al enfermero. Está reanimando un paro con el emergentólogo y unos cuantos más. Voy para los consultorios. La pelirroja está palpando el abdomen de un chico que parece de doce, pero que debe tener dieciséis, porque si no lo verían los pediatras.
(+)
(-)
–Suturé a una que no sé si no es covid y encima con tema de género.
Abre grandes los ojos. Se queda callada unos segundos por primera vez en mucho tiempo y, finalmente, pregunta si me protegí. Hago que no con la cabeza.
(+)
(-)
–Es que era una sutura nomás. Y no me dijo nada. Ni siquiera sé bien si tuvo fiebre –le explico.
–Igual, consultalo con el jefe. O mejor llamá a infecto. ¿Ya se fue la paciente?
Niego. No puedo ni pensar.
–Mejor. Que la hisopen. ¿Y lo de género? –sigue ella.
(+)
(-)
–No sé. Algo no me cierra. Pero tal vez no sea nada y exagero –resoplo.
–No creo. Me parece que tenés buen olfato. Yo llamaría a la cana.
–Sí –contesto despacio, pero no puedo moverme.
(+)
(-)
Ella se saca los guantes, se pone alcohol en gel que trae en una botellita naranja tamaño XS, la guarda en un bolsillo de la chaqueta y saca el celular del otro
–Yo llamo, dejá, vos dame los datos y anda a hablar por lo tuyo.
Asiento sin poder siquiera agradecerle, se los(+)
(-)paso, giro y salgo de ahí. Unos pasos después casi me choco al jefe que otra vez camina con el desodorante de ambientes en la mano.
–Doc –lo freno–. Creo que estuve con un caso sospechoso sin protección.
(+)
(-)
–¿Y por qué no te cuidaste? –me increpa mientras esconde el desodorante detrás de su espalda.
–Es que no sabía que lo era…
–¿Pero no usaste guantes? ¿Barbijo? ¿Nada?
–Guantes sí, barbijo también, pero no N95…
(+)
(-)
–Yo se los consigo y ustedes no los usan –me reta.
Quiero gritarle que no lo usé porque supuestamente era una sutura nomás, que él no consiguió nada porque seguro que el dictamen vino de infecto, que tendríamos que tener disponibles para usar todo el tiempo (+)
(-) y cambiarlos ante el lapso indicado, que no puede ser que haya que mendigarlos, que también tendría que haberme puesto camisolín y no lo hice porque son solo para los respiratorios y lo mismo con la máscara. Me trago las palabras y hago (+)
(-) una nota mental para comprarme una.
–Seguro que no es nada. Tranquila –me dice finalmente y no sé si lo piensa de verdad o si lo dice para que no deje la guardia con uno menos.
Le pido que me firme la orden para retirar mi N95, (+)
(-) lo hace y me alejo a buscarlo. Una vez que lo tengo, vuelvo a donde dejé a la mujer del porrazo, decidida a revisarle la garganta y, si no tiene placas, a internarla para que la hisopen (previa realización de la tomografía de su cara que no me extrañaría (+)
(-) que muestre unas cuantas fracturas). Abro la puerta. No están. Salgo y le pregunto al enfermero. No sabe nada. Justo aparece el ruludo.
–¿Perdiste algo? –se ríe como siempre.
–A mi paciente, una que le suturé la cara, que estaba con el esposo.
(+)
(-)
–Viene siempre, sí. Se fueron hace un rato. Es oooobvio que la faja –prolonga la “o” del principio de “obvio”.
Me siento una tarada porque para mí no lo fue, porque me comí lo del Parkinson y hasta sentí pena por el hombre. (+)
(-) Me acuerdo entonces de que le pedí los datos y, entre ellos, me dio el celular. Dejo al ruludo hablando solo y me apuro hasta el cuaderno. Busco el número y llamo.
–Hola –escucho del otro lado. Es la voz de una chica joven y no tiene idea de quién es la paciente ni por qué(+
(-) me dio su número.
Me disculpo y corto.
–Siempre da datos falsos. Un día se llama Marta, otro Julia y otro Marcela –me cuenta el ruludo que apareció otra vez al lado mío.
Yo cada vez me siento peor.
(+)
(-)
Se ve que lo nota en mi cara, porque enseguida me dice:
–Tranquila, se nos pasó a todos. Igual, ella no quiere hacer nada.
Lo miro. No logro formular palabra alguna, aunque quiero, entre otras cosas, sacudirlo y llorar. Llegan los policías. (+)
(-) Tampoco logro contestarles a ellos. El ruludo les explica lo sucedido mientras yo salgo de ahí. Paso por el office de enfermería. Pido alcohol para mis manos y el enfermero alto copado –al que ni le pregunto que pasó con el paro– me pide que me lave porque casi no hay. (+)
(-)
–No puede ser que no haya alcohol –puteo–. ¿Hasta eso se afanan? Estamos en el fondo del mar.
Él me hace que sí con la cabeza mientras me pregunta qué pasó.
–Pasa que soy una idiota. Eso pasa.
–No, doc. Eso no. Nosotros somos de los buenos –afirma.
(+)
(-)
Pienso que hoy de buena no tengo nada. Aprieto las muelas y contengo las lágrimas. Me lavo las manos mientras canto “que los pumplas felí” como canta mi ahijado. Termina y vuelvo a arrancar. El enfermero me pasa la mano por delante de los ojos para sacarme del trance. (+)
(-)Sacudo la cabeza, me enjuago y me seco con un paquete de gasas que me abrió porque ya nos terminamos el papel. Le doy las gracias y me apuro hasta la entrada. Me fumo un pucho mientras repito para adentro que todo va a estar bien.
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