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#CosasQuePasanEnLaGuardia #96. Ocho y media de la mañana. Termino de hacerles el pase a los que llegaron tarde mientras tomamos té o mate cocido (nos olvidamos de ir al supermercado y no queda más café). El emergentólogo promete comprar en un rato y (+)
(-) la cardióloga se ocupa de juntar la plata. Se la entrega y yo me acerco a él y le encargo en voz baja que, si sobra, traiga también algo rico. Me guiña el ojo derecho y sé que está sonriendo. Yo bajo la cabeza con una sonrisa que se roba el barbijo.
(+)
(-)
Armamos equipos. Me toca arrancar por los sospechosos de coronavirus con una suplente que es la primera guardia que hace. Antes de salir del estar, respiro hondo y pienso en los abrazos de mi ahijado.
–¿Vos estás bien? Tenés los ojos raros –me frena el emergentólogo.
(+)
(-)
–Sí, algo cansada nomás –le contesto.
No le cuento que anoche no pude dormir mucho. Después del circo de siempre para lograrlo terminé soñando que dos de mis primas –que son casi como mis hermanas– estaban internadas por covid. (+)
(-) Yo las iba a visitar y no me dejaban ver a una. La otra no tenía puesto barbijo y, cuando lo reclamaba, me decían que no había y me daban una campera para taparle la cara. Me quedaba con ella charlando, yo con tapabocas de perritos puesto; se la veía bien. (+)
(-) Minuto a minuto me empezaba a sentir horrible. Tenía mucho frío y me dolía todo. Sentía la garganta como una lija y le pedía a una enfermera si tenía caramelos de miel. En vez de eso, me ponía el termómetro y me lo mostraba: treinta y ocho y medio. (+)
(-) Venía enseguida una médica disfrazada de astronauta y me miraba la garganta. Me dejaba internada en la cama de al lado de mi prima y yo pensaba que al menos íbamos a poder charlar. Recuerdo todavía la sensación de cómo me hundía en el colchón al acostarme. (+)
(-) Me dolían todos los músculos, el pelo y hasta las uñas. Miraba a mi prima para pedirle que llamara a la médica, que algo estaba mal, y se había evaporado; solo quedaba la campera. Me desperté empapada en transpiración, con la espalda agarrotada y las piernas encogidas (+)
(-) sobre el abdomen. El celular marcaba las tres de la mañana. Fui al baño, me saqué la remera hecha agua y me pasé una toalla por el cuello y los hombros contracturadísimos, las tetas apenas existentes, la panza fofa y la espalda (sobre ella no tengo tanta queja). (+)
(-) Me puse una remera seca y empecé el ritual para volver a dormirme. Creo que no lo logré nunca, aunque no puedo asegurarlo.
Voy con la chica nueva para el área de covid. Se queja de que tiene demasiado largo el pelo y que necesita a su peluquera. (+)
(-) Lo miro. Le llega casi hasta la cintura. Me pregunto si alguna vez de chica lo tuve así; de más grande nunca, no lo soportaría. Se lo levanta, lo enrolla y se hace un intento de rodete gigante que parece bastante pesado. Yo me ato el mío sin dificultad. (+)
(-) Chequeamos el material: hay tensiómetro, termómetro, saturómetro y estetoscopio. En cuanto al equipo de protección, también tenemos todo, aunque no me animo a festejar por cábala. Busco la lista de pacientes sospechosos. Hay tres anotados. Se lo informo a mi compañera (+)
(-) y acomodamos todo para vestirnos.
Nos lavamos las manos, yo según como nos enseñaron para los covid, y ella hasta los codos como si estuviera en quirófano. Le pregunto cuál es su especialidad y cuando contesta que tráumato, tiemblo. (+)
(-) –Aprendo rápido, no te preocupes –agrega y creo que notó mi súbita palidez.
Bajo la cabeza y la subo cual resorte.
–Tenemos que vigilar mientras la otra se cambia –le explico–, así vemos que esté todo bien puesto y no nos contagiamos.
Levanta el pulgar y (+)
(-) me pregunto si tendrá idea del orden en que se coloca y retira el equipo de protección y cómo tiene que quedar puesto, aunque tampoco es que yo sea una crack en eso.
–¿Hisopamos nosotras? –consulta, sorpresivamente, con emoción, mientras nos secamos con las toallas de (+)
(-) papel que esta vez no tuvimos que mendigar.
–No, por ahora no. Cuando funcionen las UFU sí. Por ahora hisopan los clínicos –le respondo y pienso que preferiría seguir como estamos.
–¿UFU?
(+)
(-)
–Unidades Febriles de Urgencias –aclaro–. Esos consultorios que van a armar afuera en unos containers... –señalo por la ventana.
–¿Y van a tener calefacción? –sigue mientras nos sentamos para ponernos las botas.
–Espero. Lo más importante igual sería que estén ventilados.(+)
(-)
Ladea la cabeza en forma serpenteante para un lado y para el otro.
–Las dos cosas. Se viene el frío y no queremos “Bronquitis por UFU” –sentencia.
Me río por la ocurrencia y largo aire fuerte por la nariz.
(+)
(-)
–¿Qué hace una traumatóloga acá? –cambio de tema mientras me ato la bota izquierda. Espero que no se ofenda.
–No hay más cirugías programadas casi. Mi sueldo se fue a la mierda y necesito guita. Igual no te preocupes que le pongo onda –se defiende.
(+)
(-)
Se levanta, se saca el barbijo quirúrgico y se pone el N95, que es el polenta que usamos en covid o tuberculosis. Bajo y subo la cabeza y espero que así sea.
–Yo podría hisopar si contratan gente para las UFU esas. Estuve viendo tutoriales –agrega.
(+)
(-)
Me entra la duda de si tenemos que ponernos primero el camisolín y luego los barbijos o al revés, aunque creo que da igual, y la imito mientras pienso en que yo leí sobre cómo hisopar, pero videos no vi. Se supone que la semana que viene nos van a enseñar; igual, (+)
(-) hago una nota mental sobre ver algún video. Me pongo, por encima del N95, el barbijo quirúrgico que me saqué recién.
–¿Lo tapé bien? –le pregunto.
–¿Qué?
–Al N95. Si lo cubrí bien.
Me mira de frente, de un costado y del otro.
(+)
(-)
–Sobresale a los lados, pero porque es más grande. Necesitás un mantel para taparlo –se ríe.
Me muerdo el labio de abajo y asiento. Aprieto los dos sobre la nariz y soplo para ver si fuga aire. Lo tendría que haber hecho antes, pero bueno, parece estar bien. (+)
(-) Por las dudas aspiro y veo que se aplasta. Ella hace lo mismo sobre su N95, se lo acomoda, disconforme, y repite el procedimiento. Después señala mi barbijo quirúrgico.
–¿Hace falta? –pregunta.
–Es para proteger al de abajo. Nos tiene que durar un mes.
–¿Un mes? –levanta la+
(-) voz–. ¿Y nos sacan en cajón después?
Levanto los hombros.
–Nosotros nos fuimos comprando. Nos tenemos que cuidar si no nos cuidan… Igual dicen que si se deteriora te los cambian, pero no sé. Para conseguir uno parece que tenés que rezar un rosario entero.
(+)
(-)
–A mí si no me dan, no trabajo. Un mes no dura. Menos si me postulo para trabajar en la UFU –sigue.
–No creo que contraten gente –le aclaro –. Al menos no de acá. Dijeron que iban a mandar enfermeras del ministerio nomás. De médicos nos mandan a nosotros.
(+)
(-)
Junta las cejas y arruga la frente. Le señalo el barbijo quirúrgico que tiene en el bolsillo y al final se lo pone. Agarro un par de guantes y se lo acomodo para que le tape bien. Tiro los guantes sucios y me siento algo culpable por el derroche.
–¿Y quién queda en la (+)
(-)guardia? –indaga.
Levanto los hombros, ya cansados de subir y bajar. No quiero pensar más en todo esto.
Me pongo alcohol en gel, me froto las manos y ella me imita. Agarro el camisolín hemorrepelente (el impermeable, que es el que se pone el que va a revisar al paciente, (+)
(-) hisoparlo, intubarlo o similar).
–¿Vos anotás? –le tiro.
–Sí, perfecto. Mejor que revises vos; no agarro un esteto desde que me recibí –estoy segura de que sonríe atrás de los barbijos.
Me ato el camisolín en el cuello y en la cintura, (+)
(-) las dos veces con nudo y moño. Ella hace lo suyo con uno de los comunes. Cofia ya vi que no hay, pero no es obligatoria, así que sigo por las antiparras. Nos dieron dos pares, unas tipo de esquí de las grandotas y otras como anteojos chiquitos. (+)
(-) A mí me tocan las primeras porque voy a ser la que revise a la paciente. Encima de eso, seguimos por las máscaras. La mía es tipo la de bombero de la otra vez, y la de ella una donada con visera azul que es mucho mejor que las finitas que venían de plástico re blando. (+)
(-) Terminamos con dos pares de guantes, y yo, por lo menos, ya me siento ahogada.
Entro al consultorio (nos cambiamos en el de al lado) y ella se queda en la puerta con los formularios a llenar. Llamo a la paciente anotada primero y veo que los dos que (+)
(-) siguen –un hombre algo mayor y un chico– hacen fila sin cumplir con la distancia pertinente.
–Les pido que se separen. Por lo menos un metro y medio entre cada uno –pronuncio desde atrás de mi traje de astronauta.
(+)
(-)
El hombre mayor pone una mano detrás de la oreja.
–Si vivimos juntos… –se queja la mujer.
–¿Y todos tienen síntomas? –indago.
–No, pero mi’jita está internada –pone énfasis en la última palabra.
–Entiendo. ¿Está internada acá? –pregunto para buscar si dio positivo.
(+)
(-)
–No. Es que allá no hay traje –señala el camisolín–. Nos echaron para capital.
Miro el techo y agradezco por no trabajar ahí.
–Entiendo –repito–. ¿Pero ustedes vienen porque tienen síntomas? ¿Alguno tuvo fiebre? ¿Tos? ¿Dolor de garganta?
Hacen que no con la cabeza.
(+)
(-)
–El tema es que no se hisopan a los contactos de los casos sospechosos. Se les indica aislarse en sus casas, pero no se los hisopa.
La mujer estira la mano y me entrega un papel. Lo miro. Es una nota de un médico de un hospital de provincia que solicita hisoparlos a (+)
(-) los tres.
–¿Su hija dio positivo? –le pregunto a la mujer.
El hombre mayor de atrás hace que no con la cabeza y el chico le mete un codazo. Los tres están con tapabocas puestos y noto que el de la mujer está hecho con medio corpiño con aro recortado y unos elásticos. (+)
(-) Aplaudo su ingenio, aunque no sé cuán útil sea si llegara a ser un caso sospechoso, y hago una nota mental sobre decirle al orientador que los pacientes deben venir con barbijo puesto.
–Todavía no dio el resultado –contesta–. Allá tarda todo.
(+)
(-)
Pienso que acá también, pero no se lo digo.
–El tema es que, si los hisopamos a ustedes ahora, con ella que ni siquiera sabemos si es un caso confirmado, estaríamos haciendo mal las cosas –le explico despacio.
(+)
(-)
–¿Y qué hago? ¿Esperar que muera? –alza la voz, que se nota sobrepoblada de angustia.
–No, por favor, no digo eso, y espero que lo de su hija no sea nada. Solo digo que tienen que permanecer aislados y consultar si tienen síntomas.
–¿Si da positivo mi’jita nos lo hacen?
(+)
(-)
Le hago que no con la cabeza.
–Solo si tienen síntomas –insisto.
–Al matadero nos manda usté –se queja el hombre mayor desde atrás.
–Pero el doctor dijo que nos tenían que hacer lo del hisopo ese –se mete el chico que asumo que será el hijo.
(+)
(-)
Los tres se amontonan en la puerta del consultorio.
–Entiendo, pero el protocolo dice otra cosa –les contesto mientras mi compañera pregunta por lo bajo si llama al jefe y yo le hago con la mano que espere.
–No le importa que nos mOramos –agrega la mujer con tono drástico.
(+
(-)
–Por favor, no diga eso. Le aseguro que no es para nada así. El tema es que los hisopados son para casos específicos. Si los usamos en gente sin indicación, no van a alcanzar para los enfermos de verdad. Además… ¿Desde cuándo está internada su hija? –le pregunto en un (+)
(-)manotazo de ahogado.
–Ayer –responde.
–¿Y desde cuándo se sentía mal?
–Dos días.
Pienso que los puede haber contagiado asintomáticos o ya con síntomas, que a nosotros cuando estamos en contacto con casos sospechosos sin protección nos aíslan y no nos hisopan, (+)
(-) que si da positivo ese paciente esperan una cantidad de días para hisoparnos por los falsos negativos, que si damos negativos, la cuarentena sigue igual por catorce días y que explicarle todo esto y que lo entienda va a ser complejo.
(+)
(-)
–Lo que pasa es que, si yo les hago el hisopado ahora y da negativo, no significa nada, porque el positivo puede dar más adelante –digo de la forma más sencilla que me sale.
–No trabajamos y no comemos tonces –replica el hombre mayor.
Entiendo su angustia. (+)
(-) No le pregunto si entra en los exceptuados de la cuarentena, porque para ellos no debe existir cuarentena posible. No comer no es una opción.
–Odio enormemente la situación que tienen que vivir y me encantaría poder cambiarla –arranco.
(+)
(-)
–Clá… –mete bocado el hijo y chasquea la boca.
–En serio –le contesto–. El tema es que hisoparlos no va a solucionar nada.
–Nos morimos tonces –se queja el hombre mayor.
Les pido que me esperen y cierro un segundo la puerta con ellos afuera. (+)
(-) Alguien la patea y pongo la traba. Le pido a mi compañera que, ahora sí, vaya a buscar al jefe. Yo no debería salir del consultorio porque ya estuve a menos de un metro y medio de ellos. Va. Me siento en la camilla. Me levanto, chequeo que el camisolín esté bien cerrado (+)
(-) de atrás, me siento nuevamente, apoyo los brazos estirados y me agarro del borde con las manos. Nueve y pico y así arrancamos, pienso. Golpeteo los dedos uno a uno sobre el borde de la camilla. Siento las gotas de transpiración que me bajan por la espalda. (+)
(-) Paso la mano por encima del camisolín y me las seco con el ambo. Hago una nota mental de, para la próxima guardia, traer un ambo de repuesto. Respiro lento y trato de largar, en cada exhalación, un poco del estrés que acumulé. Se me empañan las antiparras y no veo nada. (+)
(-) Me preguntó cómo voy a hisopar así. Las separo de la cara y dejo que entre el aire. Las vuelvo a apoyar y me miro los guantes. No sé si toqué a los tres de afuera en algún momento, pero creo que no.
Llega el jefe con la traumatóloga del rodete pesado.
(+)
(-)
–No se siente ahí, mejor –me dice él.
Quiero contestarle que ya lo limpiaron, y que la limpieza es para cuidarnos a nosotros y a los pacientes así que debería estar bien limpio, que si no confiamos en la limpieza hecha no podemos atender y que, si confiamos, me puedo sentar.+
(-) Me trago las palabras y me levanto de la camilla. Camino hacia él y empiezo a contarle el asunto. Voy por la mitad cuando reanudan las patadas.
–¿Esos son ellos? –me pregunta.
–Creo que sí.
–¿Eso es porque quieren que los hisopemos?
(+)
(-) Hago que sí con la cabeza.
–Hisópelos y listo –me ordena.
Gira dando por zanjado el tema.
–Pero doc, ¿de qué sirve? Si da negativo van a salir como si nada, y el negativo, acá, no descarta.
–Sirve para que no nos tiren abajo el hospital –retruca.
(+)
(-)
–Pero así no nos van a alcanzar los kits, doc. Porque mañana van a venir otros cinco a demandar lo mismo y así –insisto.
–Mañana nosotros ya no estamos. Hoy, hay –amaga a girar otra vez.
Estiro el brazo para frenarlo, aunque no llego a tocarlo. (+)
(-) Él me mira el guante.
–No, eh –me hace con el índice levantado.
–Estoy limpia –le aseguro, aunque no sepa al cien por ciento que es así.
–Tocó la camilla con esos guantes. Yo la vi. Nos tenemos que cuidar entre nosotros.
(+)
(-)
Sé que tiene razón en parte, pero algo adentro mío me impide dársela.
–La camilla fue limpiada con lavandina como todo el resto, doc –retruco yo esta vez.
–Igual.
Resoplo adentro de los dos barbijos sin importarme si se escucha. No parece enterarse.
(+)
(-)
–¿Entonces hay que hisoparlos? –se mete la traumatóloga.
–Sí –le responde él.
–Yo hisopo si quieren –pronuncia ella emocionada y me dan ganas de ahorcarla.
–El tema es que no se puede hisopar acá según el protocolo. Se hisopa en clínica una vez (+)
(-) internado el paciente, en la habtitación en la que queda aislado. ¿Y los vamos a internar para hisoparlos? Es una locura –insisto.
–Los hisopan acá y listo –decreta el jefe.
(+)
(-)
–Pero después no podemos seguir atendiendo acá por al menos dos horas entonces, doc –le informo –. Por eso dijo infecto que se hisopaba en la habitación. Para no quedarnos sin lugar donde atender los respiratorios.
(+)
(-)
–Y los atienden en los consultorios comunes y ya está. ¿Qué tanto problema? ¿No le cansa el negativismo a usted?
–No es negativismo, doc. Es ser consciente de la realidad. Los otros consultorios no están preparados para ver respiratorios, no hay ventilación y son (+)
(-)chicos –insisto.
Está todo rojo y parece tener ganas de meterme un bife.
–Bueno, ya veremos. Usted haga los hisopados que le dije y yo me ocupo –ladra.
Se da vuelta para irse y avanza un par de pasos.
–No tenemos hisopos acá, doc –le largo mientras se aleja.
(+)
(-)
–Ya mismo les traigo –contesta.
Sigue su camino y yo lo miro con odio hasta que desaparece.
–Yo hisopo si querés –me saca de la bronca la traumatólga.
(+)
(-)
Le explico que no me molesta hisopar, pero sí que las cosas no se hagan como deben, que no podemos seguir atendiendo en los consultorios chiquitos, y que tampoco se puede hisopar a todo el mundo porque sí, que ya los hisopados demoran una semana por falta de insumos, (+)
(-) por mucho trabajo o por vaya a saber uno qué, que si colapsamos el sistema, la cosa no va a andar…
–Ya sé, pero no podés arreglar el mundo vos sola –dice mientras me pone el brazo en el hombro.
Freno un poco. (+)
(-)
–Ya sé, ya sé –le contesto mientras miro su mano–. Cambiate esos guantes por las dudas –agrego.
Ella estalla de risa.
El jefe vuelve a la media hora. Ya patearon la puerta dos veces más sin que yo abriera. Solo grité a través de la rendija que por favor esperaran un momento+
(-)
Cuando llega, ya no patean. Trae en la mano tres kits de sobres transparentes con hisopos y tubos de ensayo de plástico con solución fisiológica. Estira el brazo para dármelos y le explico que se los tiene que dar a mi compañera para que yo no los contamine.
(+)
(-)
–Ah. Sí. Claro. Claro –responde mientras se los entrega.
Gira otra vez para irse.
–Necesito más equipos de protección, doc –lo freno otra vez–. No debería hisopar a los tres con el mismo, ¿o sí?
–Viven juntos –ladra y se aleja.
(+)
(-)
Abro la puerta un poco. El chico joven la empuja con el brazo y se mete. Le hace señas con la mano a los otros dos para que lo sigan. En otra circunstancia, llamaría a seguridad, pero sé que no se van a acercar. Cierro la puerta detrás de ellos. Les indico que se sienten (+)
(-) los tres en la camilla y les pregunto, uno a uno, sus nombres, apellidos y documentos que mi compañera va a anotando afuera. El chico tiene el apellido de la mujer y el del hombre es diferente. Me olvido de la edad y del domicilio e insisto con si alguno tuvo o tiene (+)
(-)síntomas. Niegan y el hombre mayor se queja de dolor de mano.
–Eso de tanto cinto –gruñe el chico que debe tener unos dieciséis años.
El hombre le da un cachetazo en la nuca. El chico sale empujado hacia adelante, bajándose de la camilla, trastabilla y casi cae. (+)
(-) Apenas recupera el equilibrio, se vuelve a sentar como si nada.
–Acá golpes no –le digo con el índice en alto al hombre.
–Usté no me dice qué hacer con mi familia –me responde con la mano también izada.
(+)
(-)
–Yo le digo que si lo vuelve a golpear llamo a seguridad, a la policía y a trabajo social y encima no lo hisopo –le ladro.
Pienso en las veces en que me quisieron pegar y en las que me pegaron y retrocedo un par de pasos mientras miro a mi compañera para que esté atenta.
(+)
(-)
–Son cosas de hombres. Usté no entiende.
–No, no entiendo los golpes. Y menos un hospital –gruño esta vez yo y giro hacia el chico–. ¿Cuántos años tenés?
–Diecinueve –responde.
Pienso que el tapabocas me hace pifiarle a los cálculos y maldigo: me olvido de trabajo social y(+)
(-) de la policía.
–Ya es grandecito –dice el hombre mientras amaga a cachetearlo de nuevo. Frena unos centímetros antes de pegarle.
Levanto el dedo una vez más. El hombre larga una carcajada.
Mi compañera frena el circo preguntando los datos filiatorios que faltan (+)
(-) para las planillas, el vínculo entre ellos y si conviven con alguien más. Son madre, hijo y pareja de madre. Con ellos viven un hijo de ambos, de tres años, que mandaron hace unos días con la abuela para que pudiera jugar en el patio, y la hija de veintidós que es la que (+)
(-)ahora está internada. Indago en los síntomas que tuvo la hija: diarrea, vómitos y fiebre. Insisto en que hisoparlos no tiene sentido, que eso ni siquiera cumple criterios para covid, que la deben haber internado por otra cuestión. La mujer me sacude la nota (+)
(-) delante de mi nariz y grita que el doctor dijo que los teníamos que hisopar y el jefe también. Me acerco a mi compañera y le pido que llame a este último.
–¿Para qué? Te va a decir que los hisopes igual para que no pateen más la puerta…
(+)
(-)
Tiene razón.
Respiro hondo, agarro el primer tubo con los dos hisopos correspondientes y vuelvo hacia ellos. Les indico, por turnos, que se saquen el tapabocas. Empiezo por la mujer. Introduzco el hisopo en la fosa nasal izquierda bien hasta adentro. (+)
(-) Lo hago girar y toco todas las paredes. Ella tira la cabeza hacia atrás y me saca la mano.
–Será bruta… –me ladra.
–La técnica es así, si no, no sirve –le explico.
–No me importa mi’ja. Hagaló más suave...
(+)
(-)
–Lo hace así de bronca –se mete el hijo.
–Si lastima a mi mujer, yo la mato –agrega el hombre mayor con la mano en alto de nuevo.
Doy un paso atrás.
–Yo con amenazas no puedo hacer mi trabajo –sentencio.
(+)
(-)
Me alejo hacia la puerta y le pido a mi compañera que llame al jefe y a la policía. Lo digo fuerte para que escuchen.
–Pere, pere… No sea sensible –me frena el hombre–. Era un decir nomás…
Mi compañera agarra el teléfono. Sé que ni puede marcar con los guantes, pero igual(+
(-)hace que llama.
–Nos portamos bien, le prometo… –sigue el hombre.
–No quiero ni una queja –digo y los señalo a los tres.
Hacen que sí con la cabeza.
Le hisopo a la mujer la otra fosa nasal y corto el palito del hisopo por donde corresponde. Le pido al hijo que sostenga (+)
(-) abierto el tubo de ensayo bien derecho y que lo destape. Lo hace y meto el hisopo adentro. Paso a la garganta. Me pongo al costado de la mujer para que no me vomite encima. Entre que no baja bien la lengua, que la luz es mala y que se me empañaron las antiparras, hago (+)
(-) lo que puedo. A la segunda arcada, saco el hisopo y le informo que ya está. Baja la cabeza sin la más mínima queja. Parto el palito, hundo el hisopo en el mismo tubo de ensayo, lo cierro y voy hacia donde está mi compañera que tiene la bolsa en la que hay que guardarlo. (+)
(-) Estoy a punto de meterlo ahí cuando me recuerda que no lo rotulé. Toco con el camisolín por encima de los bolsillos y casi busco la abertura para sacar la birome hasta que me doy cuenta de que no debo tocar nada con esos guantes y, menos que menos, descorrerme el camisolín.(+
(-) Mi compañera me mira, entiende lo que pasa y busca en sus bolsillos bajo el guardapolvo; ella no estuvo en contacto con los pacientes aún. Me pasa una lapicera.
–Tengo dos. Esa podemos dejarla ahí –propone.
Asiento y trato de escribir sobre el tubo. (+)
(-) La tinta resbala y no escribe. Le muestro y busco una tira de cinta. No hay acá. Ella se va y vuelve con una. Escribe los datos ahí afuera y me la pasa. Se la pego al tubo. Ahora sí lo guardamos y pasamos al siguiente paciente, que es el hijo.(+)
(-) Él, por suerte, no se queja y baja bárbaro la lengua. Tiene unas amígdalas preciosas, pienso y me acuerdo de cuando mi pediatra me decía lo mismo. Me río adentro de los barbijos y me pregunto cómo andará. Hago una nota mental de mandarle un mensaje y sigo por el hombre. (+)
(-) Su nariz adentro resulta más amplia que mi living. La recorro con el hisopo por todos lados y me lleva casi un minuto. Paso a la boca. Ahí sí que apenas le rozo la pared del fondo de la garganta hace arcadas y me agarra con fuerza de la muñeca hasta retorcerme el brazo. (+)
(-) –Perdonemé, fue el reflejo –se defiende.
Sé que lo que hisopé no alcanza y le explico que tengo que repetir el procedimiento, pero que si me vuelve a tocar voy a llamar a la policía.
–Tranquilicesé. Seguro que usté es de las que marchan y queman fetos –se ríe.
(+)
(-)
–Yo no quemo nada, y si marcho o no, no es su problema. Pero la agresión al personal de salud está penada por ley, y eso sí que sería un problema para usted, me parece.
Ya me sacó. Sacude la cabeza unos centímetros hacia los lados de forma repetitiva.
(+)
(-)
–De no creer –murmura.
–¿Se va a quedar quieto o lo dejamos acá?
–Si usté cree que yo soy un violento, ya le voy a atraer a mi apá a que la ponga en su lugar.
–Perfecto –me alejo–. Dejamos acá entonces.
(+)
(-)
Parto el cabo del hisopo y lo guardo en el frasco que me sostiene el hijo. Él lo cierra enseguida, me lo da y se levanta.
–Vamos –le dice el chico a la madre.
Ella no se mueve.
–¿Cómo que lo deja acá? –se mete la mujer–. ¿No faltaba?
(+)
(-)
–A mí me hubiera gustado hisoparlo un poco más, pero ahora no me pienso acercar sin la policía al lado. Si quiere que siga, los llamamos y lo hacemos.
–Fue un apretujón, nomás –dice ella.
–Así se empieza –se mete el hijo.
(+)
(-)
Esta vez es la madre la que le da un sopapo en la mejilla.
–Vamos. Dejá –le dice el hombre a la mujer–. Acá no les importa nada…
–Nada –se une la mujer–. Solo quiere que nos mOramos.
Caminan hacia la puerta. (+)
(-)
Ellos dos salen primero y el hijo me pregunta cómo hacen con el resultado. Le doy el número de infectología para que llamen, y espero que no me maten. Me agradece y se va. Cierro la puerta y pongo la traba. Enseguida retumba de la patada que le dan. Miro por la rendija y (+)
(-) veo al hombre mayor alejarse.
–Llame a la policía ahora –grita.
Mis hombros se tensan y recién se aflojan cuando dejo de verlo.
Mi compañera va a llevar los tubos al laboratorio. Yo la espero para descambiarnos juntas así vigilamos que la otra haga las cosas bien. (+)
(-) Esta vez no me siento. Me quedo parada, quieta, tratando de pensar en cosas lindas que incluyen mi torta de cumpleaños –aunque este año no sé si me la van a poder hacer–, las juntadas con mis amigas, los abrazos de mi familia y los dibujos de mi ahijado.(+)
(-) Hago una nueva nota mental –ya ni sé cuántas voy– para hacerle una videollamada.
Vuelve mi compañera. Me dice que arranque yo a descambiarme y, desde la puerta, me tira alcohol con un rociador encima de los guantes, (+)
(-) no sin antes aclararme que el par que tiene puesto es nuevo. Froto las manos con los guantes puestos y me desato el camisolín, primero el cuello y después la cintura. Lo retiro junto con el par de guantes de arriba, enrollando la parte sucia para adentro (+)
(-) con mucho cuidado de no tocarla. Tiro todo al tacho de bolsa roja y ella me aplaude. Yo levanto los brazos en señal de victoria. Me tira más alcohol sobre el siguiente par de guantes y me saco la máscara desde atrás, procurando que no me toque el cuerpo ni los brazos. (+)
(-) La dejo en una palangana que tenemos en la mesada del consultorio de respiratorios y hago lo mismo con las antiparras. Ella se queda mirándome. Estiro las manos y otra vez me pone alcohol. Las froto nuevamente según la técnica y me saco el barbijo quirúrgico –también (+)
(-) hacia adelante– y lo tiro en el tacho rojo. Descarto los guantes en ese momento y me lavo las manos. Me pongo un par de guantes nuevos y limpio, con alcohol que me tira mi compañera, antiparras y máscara, primero del lado de adentro y luego del de afuera. (+)
(-) Ella me acerca una palangana limpia y las deposito ahí. Con ese mismo par de guantes, me saco las botas en la línea de la puerta. Las revoleo al tacho rojo y a los guantes también. Mi compañera me tira alcohol con el que me froto las manos y me saco el barbijo N95 (+)
(-) que dejo sobre un papel seco. Largo todo aire que tenía adentro y me toco la espalda. Estoy empapada. Me miro las axilas del ambo. Tienen dos aureolas oscuras.
–Mejor ni te mires la cara –se ríe.
(+)
(-)
Yo no puedo contenerme: saco el celular del bolsillo y prendo la cámara. La marca que me quedó de la máscara de esquiar es tremenda. La recorro con el índice de la mano libre y me reto por haberme tocado la cara. Me acerco a uno de los lavamanos, me lavo manos y cara y me (+)
(-) seco. Vuelvo, me pongo un par de guantes, agarro el rociador y le digo que ahora es su turno. Ella estuvo lejos, así que el alcohol solo va al principio y al final de todo y para limpiar antiparras y máscara. Termina y se mira la cara que solo tiene la marca del N95 apretado+
(-) –Vamos a terminar rotas –me dice.
Miro la hora. Quedan todavía cuatro horas de nuestro turno en covidlandia. Me fijo en la lista. No queda ningún paciente escrito. Le sugiero que aproveche para descansar un rato y voy para el sucucho del orientador.
(+)
(-)
Le imploro que todos los pacientes sospechosos tengan un barbijo quirúrgico puesto y me contesta que no tiene suficientes. Le ladro que le pida más al jefe entonces y me alejo.
Me arrastro hasta la entrada de ambulancias. Salgo y respiro varias veces hondo el aire fresco. (+
(-) Saco el celular. Le mando un mensaje a mi pediatra para ver cómo anda. “Acá, hisopando unas cuantas bronquiolitis y algún que otro covid”, contesta. Me pregunto si debería seguir trabajando con su edad, sobre todo en esta pandemia. Le mando un brazo forzudo (+)
(-) y me contesta “cuídate, chiqui”. Me río por el término. “Siempre”, le contesto y agrego que él también. Nos mandamos besos y guardo el celular. Me prendo un pucho y pienso que quiero volver a ser esa nena que cada vez que iba a su consultorio ligaba caramelos.
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