#CosasQuePasanEnLaGuardia #122. Golpean las puertas de los consultorios de forma repetitiva y cargada de furia. Se me tensan el cuello y los hombros y en mi cerebro se dibuja un “ahí va de nuevo”. Logran abrir la del fondo y se meten. Yo pispeo desde el (+)
(-) pasillo. El de seguridad –que justo andaba por ahí escribiendo en su telefonito– les informa que por ahí no se puede pasar y el más grande le tira una piña que no le emboca al pómulo por unos dos milímetros. El camillero rubio grandote vestido de astronauta (+)
(-) salta en su defensa y ataja al chico –alto, pero bastante menos enorme que él– del cogote. El que parece ser el hermano menor avanza, a punto de retomar la pelea; solo afloja cuando el camillero les miente que esa parte de la guardia está sobrepoblada de Covid. (+)
(-)
Voy para la lista. Seguro cuando salga a llamar se me van a venir encima y quiero saber qué hay anotado antes: una vesícula dolorosa, una parálisis facial periférica (de las que no son por un ACV y no urgen tanto), una pierna infectada, una colocación de sonda para (+)
(-) alimentación y una crisis asmática. Busco al orientador e indago sobre la del asma; quiero asegurarme que no sea sospecha de Covid y tengan que verla en la UFU. Dice que no, que se quedó sin inhalador y se dejó estar. Igual, por las dudas, me pongo el equipo de (+)
(-) protección personal completo.
Le pido al de seguridad que me acompañe y abro. Él se queda atrás enfrascado en su celular. Apenas llamo a la paciente del asma pasa lo que me imaginé. Los dos chicos altos y flacos de antes y una mujer también bastante más alta (+)
(-) que yo, aunque no tan delgada como ellos, se me acercan y demandan atención para su familiar que resulta ser una sobrina de la mujer –prima de los chicos– que le encargaron para que cuide mientras al padre lo operaban de algo abdominal. Me dicen que (+)
(-) está desmayada, que hizo convulsiones –“hasta le salió espuma por la boca”– y que todo arrancó como un dolor de panza hace cuatro días cuando internaron al padre. Suena raro.
Pregunto si es epiléptica.
–Solo desde ahora –contesta la mujer con voz rasposa.
(+)
(-)
Arranco a explicarle que no, que esto no es epilepsia, que una convulsión aislada –que ni siquiera estoy tan segura de que haya sido tal– no entra en la definición, que lo sería si hace convulsiones de toda la vida y está medicada para no tenerlas y que a eso apuntaba (+)
(-) la pregunta.
–¿Y usted qué sabe si fue epilepsia si ni la vio? –me retruca.
Respiro hondo. Lo hago de a poco para que no se note. La dejo ahí, parada y me acerco a la chica que está como chorreada sobre la silla. Espía cada tanto con un ojo y mantiene el (+)
(-) otro apretado. Apenas nota que la descubrí, cierra fuerte el ojo con el que espiaba, tira la cabeza hacia atrás en ángulo recto y hace dos o tres sacudidas forzadas que distan mucho de ser una convulsión.
Le busco el pulso en la muñeca; resulta fuerte y regular (parejito,(+)
(-) con la misma distancia entre un latido y otro). Le pongo un termómetro y fiebre no tiene. Sigo por el saturómetro: la oxigenación de su sangre está mejor que la mía con estos barbijos horrendos. Paso a los ojos: intento abrirlos para iluminárselos con la linterna del (+)
(-) celular –enfundado en una bolsa transparente– y verle las pupilas. Hace fuerza y lo impide.
Me dirijo a la tía que está apenas hacia un costado y le explico que esto no es un desmayo ni la convulsión fue tal y que su sobrina no parece tener nada grave, que tiene que (+)
(-) esperar su turno.
–¿Pero no la ve que está grave? –salta el hijo que parece ser el más grande, el de la piña al de seguridad. No pasa los veinticinco y tiene la cara con resabios de acné.
–Grave es alguien que se está muriendo –lo freno–, nada que ver con esto.
(+)
(-)
–Eso dicen en todos lados para no atenderla –se mete el otro, de unos veinte, con los cachetes sobrepoblados de pecas.
La madre también es pecosa.
–¿Cuánto más tenemos que esperar? Vinimos hace una hora y acá parece que toman mucho mate nomás –me ladra ella. La voz le (+)
(-)sale más rasposa todavía que al inicio.
Estoy a punto de largarle el discurso sobre el hospital colapsado –que no tenemos dónde atender y que apenas podemos llamamos, que a cada rato llegan ambulancias y depositan pacientes por los rincones y eso ellos no lo ven y que (+)
(-) ojalá pudiéramos tomar mucho mate porque eso hablaría en primer lugar de tranquilidad y, en segundo, de que se terminó la pandemia– cuando un hombre salta en mi auxilio:
–Llegaron hace quince minutos, señora. No mienta que les da mal ejemplo a sus hijos. Bastante (+)
(-) maleducados ya son.
Es alto también. Alto y bastante más ancho que ellos. Alto y algo encorvado hacia adelante con manos que amplifican enfáticas sus palabras. Tiene dedos largos, acordes a su altura, pero toscos. Me suena a que debe ser malo en los deportes si es que sigue(+
(-) practicando alguno; roza los sesenta.
Lo miro y le sonrío detrás de mi doble barbijo. La mujer resopla y ladea la cabeza.
–Usted a sus asuntos –le gruñe y gira hacia mí–. ¿Qué se tiene que morir para que la atiendan?
Otra vez mi boca se entreabre y no llega a emitir sonido.
+
(-)
–Tiene que dejar de hacer teatro y esperar su turno –la calla él mientras señala a la chica que tiene un ojo notoriamente entreabierto.
Uno de los hijos, el menor, avanza hacia el hombre. Infla el pecho y se le planta enfrente.
(+)
(-)
–Te dijeron que no te metas y parece que no escuchaste –le larga el chico.
El hombre se endereza y lo pasa por más de media cabeza. Saca las manos de los bolsillos de su bermuda, se suena el cuello, estira los músculos de los brazos, se baja el tapabocas y (+)
(-) sonríe con dientes amarillos delimitados por líneas marrones.
–Me estás dando ganas de enseñarme modales y no te conviene, pibe –le responde.
El otro hermano se acerca mascando chicle con ruido y cierra las manos en puño. La madre mira al hombre (+)
(-) de arriba abajo, se detiene unos segundos en sus pies, vuelve para arriba y agarra a sus hijos de los brazos. Los tira para atrás con los ojos demasiado abiertos y los manda a sentarse mientras les dice algo por lo bajo que no llego a oír. Ellos se sientan y la sobrina se (+)
(-) resigna y abre ambos ojos.
Llamo nuevamente a la asmática. Parece que se fue. Estoy por volver a la lista cuando el hombre grandote se me acerca.
–Disculpe que le hinche, doctora, veo que no se acuerda de mí –arranca.
(+)
(-)
Yo lo recorro con la mirada. Ya se acomodó el tapabocas y la verdad es que no, no me suena. Me quedo muda.
–No importa. No quiero ser irrespetuoso ni pecar de vivo, pero es que mi mujer sí que está mal.
Hay algo en la forma en que (+)
(-) en que habla –cero prepotencia y la voz cargada de preocupación de esa que nace bien de adentro– que me hace dice que esto sí que es importante. Lo sigo.
La señora tiene unos cincuenta y tantos. Su cabeza está inclinada hacia adelante y apenas pasa por encima de las (+)
(-) rodillas que lleva hacia el pecho haciéndose un bollo como aprendí a hacer de chica cuando me arrancó la menstruación. El dolor era asesino y no había pastilla que me lo sacara. Recuerdo la vez que me lo pasé ovillada en la cama de mis viejos toda la tarde. (+)
(-) Al llegar la noche seguía mal pese a la bolsa de agua caliente y el remedio que me había dado mamá. No pude ir a la fiesta de cumpleaños del chico que me gustaba y me lo pasé llorando. Agradezco que, con el tiempo, la cuestión dolorosa se volviera menos brutal.
(+)
(-)
Mi vista se centra en la cabeza de la mujer, teñida de negro y con raíces totalmente canosas. El pelo resulta brilloso de la transpiración. No grita. Solo repite un “ay, ay, ay, ay” apenas perceptible. Me presento y le pregunto qué le anda pasando. Apenas iza la (+)
(-) cabeza y me dirige una mirada acuosa desde su cara pálida con un tinte terroso –un color que preocupa– mientras se señala el abdomen.
–Es la vesícula –explica el marido–, la tiene mal hace un año, pero nadie quiere operarla desde el virus.
(+)
(-)
Asiento mientras pienso que debe ser la que seguía en la lista y casi que me alegro por las peleas que eso me va a ahorrar.
Indago por fiebre y vómitos: tuvo ambos. Si no llega a ser la vesícula, la voy a tener que hisopar, y si lo es, lo más probable es que esté fea.
(+)
(-)
Le pido que se estire en el asiento un segundo y le toco la panza como puedo. Se le vuelve de piedra apenas hundo las yemas de los dedos y se le escapa un grito ahogado por el que enseguida se disculpa el marido que ya me cae demasiado bien.
(+)
(-)
Les digo que vamos y él la ayuda a levantarse. Avanza doblada, lento, colgada de esos hombros que se agachan para no quedarle tan lejos. Cuando pasamos junto a la mujer de los hijos altos, ella chasquea la boca y murmura:
–Seguro que se cree el más vivo, este. Ya va a ver.
(+
(-)El hombre la mira con ojos cansados y ni le contesta. Solo se ocupa de su mujer a la que deposita en la única camilla que me queda libre.
–Gracias, doctora –dice mientras le seca la frente mojada con una hoja de rollo de cocina–. Tenía miedo de que no la llamaran y yo (+)
(-) tener que irme.
Me quedo mirándolo, pensando en por qué se iría con su mujer así. ¿Por trabajo? Él parece que me lee la mente y sigue:
–No por mal marido, eh. De eso no me pueden culpar –se ríe–. Pero tal vez venían a buscarme, no sé si me entiende…
(+)
(-)
Recién ahí se señala el tobillo. Tiene algo negro que lo rodea, algo que dista de ser una pulsera. Nunca vi una fuera de la tele. Ahora entiendo por qué la mujer de la voz rasposa frenó a los hijos.
Trato de que no se note el retroceso que dio instintivamente (+)
(-) mi cuerpo al verla y vuelvo hacia adelante. Él se ríe.
–No se preocupe que no soy peligroso, doctora –me aclara.
Yo siento vergüenza por mi reacción.
–Salí a robar porque me quedé sin trabajo, pero no maté a nadie –sigue–. Pasa que en casa (+)
(-) tenemos muchas bocas, sabe. Nos quedaron cinco nietitos del hijo que nos mataron…
Bajo la cabeza, realmente no sé qué decir. Solo largo que siento mucho lo de su hijo y paso a la mujer –hecha un ovillo, pero acostada de costado ahora– en un intento por (+)
(-) cambiar de tema. Mi cabeza, mientras, no puede evitar pensar si al hijo lo habrá matado la policía mientras robaba, si habrá sido un tema de pelea callejera o qué.
Despejo mis neuronas y me enfoco en la paciente. Le duele hace tres días, pero trató de aguantarse. (+)
(-) ¿Aguantarse para no venir sola al hospital porque su esposo no debería salir de su casa? ¿Aguantarse para no dejar solos a los nenes? ¿Con quién estarán esos nenes ahora? Me trago la duda y le pongo el termómetro. Tiene fiebre, sí. El saturómetro va por si las moscas, (+)
(-) pero satura perfecto y muestra algo de taquicardia que probablemente sea por la fiebre. La presión está bien. Paso al abdomen. Es la vesícula, no tengo dudas. Es y seguro está horrible. Por suerte no es diabética ni tiene ninguna otra enfermedad; ni siquiera fuma.
(+)
(-)
Le pido un laboratorio, un suero con medicación para el dolor y una ecografía a la que los médicos de imágenes me dicen que la lleve ahí mismo y me dan ganas de abrazarlos.
En el camino de vuelta me cruzo una silla de ruedas abandonada y me la apropio. El traqueteo de la (+)
(-) rueda derecha y la izquierda que cada tanto se traba me dicen que es de acá. Llego y de afuera golpean.
–Se desmayó otra vez –grita la que mujer de voz rasposa.
No abro.
El hombre pasa a su mujer a la silla mientras yo pongo un cartel en la puerta para que no (+)
(-) le saquen el lugar. Intento llevarla, pero él no me deja.
–De ninguna manera –me corre y empuja la silla.
Mis neuronas no pueden creer que ese hombre haya hecho algo lo suficientemente grave como para ameritar esa tobillera.
(+)
(-)
–¿De verdad no se acuerda de mí? – me saca de mi contradicción.
Lo miro otra vez, lento, intentando recordar. Se baja el tapabocas y me muestra su sonrisa.
–Tal vez de mis dientes sí se acuerde –se ríe y me muestra dos que le faltan arriba y hacia atrás.
(+)
(-)
Hago que no con la cabeza mientras le señalo que se lo recoloque.
–Usted me salvó del páncreas –se levanta la remera y me muestra la panza que parece un mapa.
Y ahí sí, reconozco su ombligo enrulado para afuera y la mancha amarronada adyacente (+)
(-) con forma de barrilete. Ahí me acuerdo de su pancreatitis bestial que pensé que iba a ser por alcohol –llegó tomado de lo lindo– pero no, tenía una piedra que se había escapado de la vesícula.
–¡Ahora sí! –se ríe y vuelve a empujar a la mujer.
(+)
(-)
Yo avanzo junto a ellos segura de la persistencia de una sonrisa amarillenta tras su tapabocas. Mis labios también sonríen.
Llegamos y la ayuda a acomodarse. La médica de imágenes le pide que espere afuera y yo, en vez de quedarme a ver, salgo con él. (+)
(-) Siento que necesito conocer su historia.
Nos sentamos en la sala de espera. Dos mujeres a unos cuantos asientos de distancia cuchichean sobre la tobillera y se alejan horrorizadas. Me pregunto si no le darán ganas de defenderse, de explicarles que fue un robo por hambre, (+)
(-) que no es mala gente, que fue por cuidar a los suyos, que no mató a nadie ni le robó a alguien que no tuviera demás. Así quiero creer que fue, algo chico; solo un susto para su víctima, un susto minúsculo incluso. Las neuronas del fondo, sin embargo, resuenan (+)
(-) con que si por eso nomás a alguien se le pone una tobillera electrónica en este país en que los violadores salen como si nada.
–Fue al poco tiempo de salir de acá –comienza él un relato que me saca de adentro mío–. Me quedé sin trabajo por la internación que fue larga…
(+)
(-)
Asiento. Mis ojos lo invitan a que siga y él lo entiende.
–Estuve adentro. Dos años fueron. Dos años y en pandemia, a casa.
Una electricidad recorre mi cuerpo. Las neuronas de atrás ahora gritan que nadie cae preso dos años por un simple robo y que me está verseando. (+)
(-)
–Yo de chico ya había entrado y salido unas veces –explica sin que le pregunte–. Pero después me enderecé.
Mi cabeza baja y sube lento, pide el resto de la película.
–Venía bien hasta que la internación nos arruinó –hace una pausa, respira hondo y larga (+)
(-) despacio–. No conseguía trabajo después y tocó… No había otra –sentencia.
Me quedo callada y me trago las palabras que tantas veces pensé ante los que piden en la calle, más que nada ante los jóvenes a los que se ve sanos (“andá a trabajar”). Él vuelve a arrancar.
(+)
(-)
–Y hoy llamé a la ambulancia. Llamé tres veces y había demora. Horas esperamos y siempre era lo mismo, que la espera, que el Covid…
–Así que la trajo usted… –completo la idea mientras pienso en el cúmulo de boludeces que llegaron en ambulancia en lo que (+)
(-) fue del día. La bronca me hace apretar los puños y no me clavo las uñas solo porque las llevo cortas y tengo doble par de guantes.
–Y sí… –levanta una ceja sola.
Me recuerda a un compañero de colegio que (+)
(-) las levantaba de forma alterna cada vez que quería manguearme la tarea.
La puerta se abre y la médica de imágenes lo llama para que se lleve a la mujer. A mí me entrega la ecografía que informa una vesícula realmente fea. Le saco una foto y se la mando al residente (+)
(-) de cirugía que me contesta con un pulgar en alto.
Volvemos. La enfermera se pone enseguida con la vía y nosotros esperamos en el pasillo. Escucho una voz rasposa en el consultorio de al lado y me asomo. La mujer alta de los hijos altos está adentro con (+)
(-) su sobrina a la que alguien le colocó un suero.
–Su compañera sí que sabe lo que es importante –me larga la mujer–. No puedo creer que lo hiciera pasar a ese antes –la voz le sale cargada de espinas.
–La prioridad es por gravedad del cuadro, señora –la ubico.
(+)
(-)
–Usted parece que no sabe nada de gravedad –me retruca y mira hacia el costado.
El señor de la tobillera apareció ahí.
–Usted de lo que no sabe es de ñañas, señora. Esa chica no tiene nada –le larga él.
La mujer se baja el tapabocas y sonríe como él antes.
(+)
(-)
–A usted le va a salir cara la avivada –le escupe.
La funda metálica de una de sus muelas centellea desde lo hondo de su maldad.
Nos alejamos. Volvemos con la esposa del hombre que ya tiene la vía puesta y el laboratorio sacado. (+)
(-) Una voz masculina pronuncia un “doctora” desde la puerta y el hombre de la tobillera casi pega un salto. Giro. Es el residente de cirugía. Lo saludo y le cuento el caso mientras el hombre se sienta en un borde de la camilla y respira hondo dos o tres veces.
(+)
(-)
Los dejo y voy a llamar al paciente que sigue. Algunos ya están tachados y toca el de la pierna. Lo entro y lo veo en el pasillo. Está infectada, sí, pero no es terrible y diabético no es. Le pido un laboratorio y le digo que con eso vemos. Dejo las órdenes, le indico a (+)
(-) la enfermera dónde lo ubiqué y vuelvo a la lista. Estoy por llamar al de la sonda cuando escucho que un policía habla con el orientador. Yo miro para abajo y, despacio, me acerco a los consultorios. La mujer de la voz rasposa me regala otra sonrisa sin tapabocas. La (+)
(-) pelirroja sale de ese consultorio y le indica que se lo coloque. Pasa al lado mío y le pregunto qué tiene la chica.
–Nada, papitis –me larga mientras se aleja.
Mis neuronas vuelven a mi ex paciente que ahora lleva una tobillera que ya me asusta menos. Abro la puerta del (+)
(-) consultorio en el que ubiqué a su mujer. El policía viene unos pasos atrás mío. Me asomo. La señora está tendida boca arriba mientras el residente de cirugía le hace un electrocardiograma, probablemente para operarla. Ni señales de mi ex paciente. Miro al techo, (+)
(-) respiro hondo y ruego para que ya esté de vuelta en su casa con los nietos, para que de verdad haya sido solo un robo por hambre y para que no lo vuelva a hacer.

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