#CosasQuePasanEnLaGuardia #127. Dos de la mañana. El de seguridad de la entrada de ambulancias abre con saña la puerta del estar médico al grito de que hay una paciente “descompensada” en un auto afuera. La pelirroja le pregunta qué sería descompensada y hace (+)
(-) fondo blanco con lo que le queda del café con leche que compramos acá enfrente hace algo más de veinte minutos y que recién nos sentamos a tomar. Yo hago lo mismo con mi café negro que, por un momento, me parece que huele a detergente.
(+)
(-)
–Si usted no sabe… –contesta él emanando por encima del tapabocas un aliento a siesta larga tremendo.
–A ver… ¿Se está ahogando? ¿Está teniendo una convulsión? ¿Está inconsciente? –insiste mi compañera mientras busca un EPP.
(EPP = Equipo de Protección Personal que (+)
(-) usamos para coronavirus: camisolín, botas, cofia, barbijo quirúrgico, barbijo N95, guantes, antiparras y máscara).
–Claro, está descompensada, no reacciona –el hombre sube las cejas negras de las que resaltan unas cuantas canas ensortijadas mientras sacude las manos a los (+)
(-) costados del cuerpo.
–O sea que necesitamos al emergentólogo… –lo mira mi compañera.
Yo me levanto a buscarlo –se acostó hace media hora como mucho– mientras ella llama para pedirle a los camilleros que entren a la paciente. Escucho a lo lejos una discusión en la que el (+)
(-)hombre de las cejas con canas alborotadas le insiste para que vaya a ver a la “descompensada” en cuestión, que la hija está muy alterada, y ella que le explica que tiene que ponerse el camisolín y demás porque todo paciente “descompensado” es Covid hasta que se demuestre lo(+)
(-) contrario –me la imagino haciendo las comillas en el aire–, que además ella no tiene fuerza para cargar a nadie hasta adentro, que para eso va a necesitar a los camilleros y que si él quiere ayudar, que vaya a buscarlos –no atienden– así aceleramos el asunto.
(+)
(-) –Y entre tanto se me va a morir a mí adelante… –murmura el hombre y se evapora.

El emergentólogo ruega que lo deje dormir cinco minutos que ahí viene. Me recuerda a mi infancia cuando le pedía a mamá cinco minutos más de sueño a la hora de levantarme para ir a (+)
(-) la escuela. Ella en general se apiadaba y al rato me traía la chocolatada caliente a la cama para que los cinco no se volvieran diez. Ahí sí que me despertaba, con la mezcla de olor a chocolate y a mamá, y devoraba las tostadas con manteca derretida que siempre acompañaban(+)
(-) a la chocolatada. Años después, mi novio de la facultad me pedía a mí cinco minutos más cuando lo levantaba, con el café negro y las tostadas con queso blanco, para que fuéramos juntos a cursar. Pienso que extraño esas épocas y me pregunto a cuál de las dos volvería de (+)
(-) poder elegir. Opto por la primera, por la infancia con olor a flores multicolores –resaltaban los jazmines– en el living sobrepoblado de muñecas que me regalaban mis abuelas y a las que mamá me enseñaba a coserles ropa, infancia sin pandemia, sin medicina, (+)
(-) sin agotamiento extremo, sin insomnio ni tanta angustia.
Espero unos segundos y le digo que dale, que ya pasaron. Gruñe que no lo engañe y gira hasta envolver su cabeza con la sábana.
–Nosotras vamos yendo, pero por lo que dice el de seguridad, la paciente es para (+)
(-) vos… –le largo mientras ruego para que la culpa haga mejor trabajo que yo al levantarlo.
Salgo y escucho a la cardióloga que le pide que vaya de una buena vez así la dejamos descansar en paz. Suena a sábanas que se deslizan sobre el plástico que recubre el colchón, a (+)
(-) pies que luchan para entrar en los suecos de goma, a tropiezo, a puteada y sale con la chaqueta del ambo con las costuras para afuera y la V del escote para atrás. Le señalo la situación con el índice formando un círculo.
(+)
(-)
–Es la nueva moda, ¿no sabías? Moda protesta… –se ríe con el barbijo sobre el mentón.
Yo me muerdo el labio de abajo detrás del mío y lo apuro. Él se recauchuta en el camino dejando relucir por unos segundos una camiseta blanca con agujeros en las axilas que me hace (+)
(-) acordar a la de egresados de la escuela que usé por años como pijama.

Nos ponemos el EPP mientras la pelirroja, ya cambiada, rastrea a los camilleros que no le atendieron el teléfono. El de seguridad vuelve a los gritos, que la mujer está “más descompensada todavía” y (+)
(-) el emergentólogo lo tranquiliza con que ya vamos.

Una vez enfundados, salimos del estar. La pelirroja nos informa que los camilleros andan uno en quirófano y otro no sabe dónde y nos muestra con las manos hacia la derecha, palmas hacia el techo cual promotora de (+)
(-)Villa Gesell en verano, la silla de ruedas de la rueda descuajeringada que, a esta altura, para nosotros es un Fórmula 1. El emergentólogo agarra las manijas y la empuja todavía con un ojo entrecerrado.
–Noticia de último momento. Sí, sí, señores. Con sueldo de mierda, los(+)
(-) esenciales bastardeados también camilleamos –pronuncia con voz de placa de Crónica TV.
–Boludos, a la orden –agrega la pelirroja armando una especie de megáfono con sus manos enguantadas.
Yo me trago las palabras, porque si empiezo voy a llorar de la bronca. (+)
(-) Me quedo escuchando el traqueteo de la silla que nos guía hacia la entrada.
–Al fin –nos escupe el de seguridad con un resoplido.
Salimos sin contestarle y avanzamos hacia el auto que nos señala, que más que auto es una camioneta demasiado limpia y brillante, poco acorde (+)
(-) con el lugar.
–Por favor, tienen que ayudar a mi mamá –grita una mujer castaña de no más de cuarenta y largos con reflejos dorados y un alisado impecable. Su voz sale cargada de una mezcla de llanto y súplica.
(+)
(-)
Tiene las uñas esculpidas color vía láctea, una camisola blanca calada en el escote, un pantalón negro suelto y unos zapatos negros de taco aguja que pintan bastante caros. Junto a ella hay una chica rubia de veinticortos vestida igual de impecable –pollera larga floreada,(+)
(-) remera blanca y campera negra que emana olor a cuero de verdad que se siente pese al doble barbijo– y con el pelo de un lacio que no parece tener tanto químico. También luce uñas de manicura, pero las suyas están pintadas de rojo. Las dos tienen la cara contraída por (+)
(-) encima de sus tapabocas floreados y abanican con las manos de dedos largos a alguien que se encuentra en el asiento trasero de la camioneta.
El emergentólogo les pide permiso, mete medio cuerpo adentro y yo pispeo por al lado de su hombro. (+)
(-) En el asiento hay una mujer de pelo corto teñido de un rubio medio dorado, en un camisón casi tan paquete como la camisola de la hija. Está acostada sobre la falda del pijama a rayas de un hombre de setenta y tantos –más o menos como ella– que le acaricia el pelo y llora.
(+)
(-)
–Por favor… –repite la hija.
El emergentólogo le busca el pulso en el cuello a la señora, mientras le baja el tapabocas –también floreado– y le mira la boca y el tórax a la vez. Sigue por los ojos, le evalúa las pupilas con la linterna del celular que acaba de pasarle la (+)
(-) pelirroja y gira sutilmente la cabeza hacia los lados. Se saca un guante de los dos que tiene, le toca la piel de la frente y repite el gesto. Pide entonces una gasa y yo meto la mano derecha bajo el camisolín y saco una del bolsillo del pantalón. Se la paso, le toca los (+)
(-) ojos con una punta y la mujer ni pestañea. Él hace que no otra vez con la cabeza, ahora con algo más de envión.
–¿Quiere contarme qué pasó? –le pregunta finalmente a la hija de los zapatos taco aguja.
–No la… ¿no la van a entrar? –insiste ella y su voz aguda se (+)
(-) entrecorta y suena bastante más apagada que antes.
–Es que no hay nada que podamos hacer –le explica él–, ya pasó mucho tiempo.
Un auto le toca bocina a otro en la calle. Hay un frenazo y gritos que nadie se gira a mirar.
(+)
(-)
–Pero si fue recién… –se mete la chica de las uñas rojas que parecería ser la nieta de la señora del camisón paquete.
Se le caen unas cuantas lágrimas y tira mocos para arriba.
Parece que cenaron con el hijo mayor y su familia –ellas no, habían salido a comer con (+)
(-) la madrina de la chica y su hija, “todo con distancia y barbijo”, aclara la piba mientras su madre prosigue con el relato– y estaba todo bien. Después la familia del hermano se fue y los padres se durmieron. La mujer se levantó unas horas (+)
(-) más tarde –probablemente para ir al baño, como todas las noches por el diurético– y se cayó al piso. Al marido lo despertó el ruido –seguramente seco, ruido a desplome– y, cuando fue a verla, la encontró inconsciente. La sacudió de los hombros y hasta de la cabeza y nada.(+)
(-) Ahí llamó al hijo, que no atendió, y después a la hija que pidió la ambulancia a la prepaga y se fue para allá con su nena –ya no tan nena– de uñas rojas. Cuando llegaron, “a los quince minutos nomás”, arrancaron a hacerle un intento de RCP como vieron varias veces en (+)
(-) la serie de médicos que tanto le gusta a la chica. Diez minutos más tarde la ambulancia no había llegado y le pidieron ayuda a un vecino para traerla al hospital. Él, al principio, les sugirió que no la movieran, que esperaran a la ambulancia y hasta llamó al SAME, (+)
(-) pero a los cinco minutos dijo “bueno, vamos” y buscó a sus hijos para cargarla. La mujer del taco aguja, mientras, llamó a su hermano –quinta llamada perdida– y le dejó otro mensaje, ahora informándole que iban para el hospital (la clínica de la prepaga queda bastante más (+)
(-) lejos, explica). Volvió entonces el vecino con los hijos –tres hijos adolescentes y el amigo de uno de ellos– y cargaron a la señora con su camisón paquete. Estaban en planta baja, por suerte, así que la mujer de los zapatos de taco aguja acercó la camioneta y fue (+)
(-) un trecho no tan largo. La acostaron en el asiento de atrás –en el que también se acomodó el marido de la señora con su pijama a rayas– y vinieron para acá. Si tardaron quince minutos fue mucho, llora la hija y la chica de uñas rojas la abraza y se une al llanto.
(+)
(-)
–Tiene que haber algo que puedan hacer –ruega la primera. Su voz ya no sale finita sino más tirando a ronca, casi muda, al borde de una aceptación que todavía no puede asumir.
Yo le acaricio la espalda con mi mano enguantada, aunque sé que no alcanza.
(+)
(-)
El emergentólogo nos hace señas para que nos alejemos y avanza con la silla de ruedas que tiñe la noche con su traqueteo. Si pasan autos por la calle, ni se los siente.
–No respira. Me parece que ya no respira –grita el señor del pijama a rayas desde adentro del auto.
(+)
(-)
La hija se acerca, le acaricia la cara y le explica que no, que “mamá partió” y él grita un “ni que ocho cuartos”.
En eso llega un auto, negro también, del que bajan un hombre rubión tirando a canoso, una mujer teñida de un pelirrojo brillante y dos chicos de hombros (+)
(-) anchos apenas algo mayores que la piba de las uñas rojas. El hombre se acerca, se asoma a la camioneta y ladra a nuestras espaldas:
–¿Por qué se van? Esto es abandono de persona. Están abandonando a mi vieja.
El emergentólogo al principio apura el paso, (+)
(-) pero enseguida gira y se acerca dejando la silla de ruedas –en medio de un traqueteo que parece que no va apagarse nunca– a un costado. Nosotras lo seguimos.
–Mucho gusto –se presenta–. Lamento mucho la situación que les tocó vivir, pero no hay nada (+)
(-) que nosotros podamos hacer acá; la señora llegó muerta.
Lo pronuncia sin dudar, firme, al grano. A mí se me retuerce todo adentro con esa última palabra.
–¿Cómo que muerta? ¿Y no aprendieron reanimación ustedes? –insiste el hombre que ahora veo que no deja de hacer un (+)
(-) movimiento raro con el lado derecho de la boca, junto con el chasquido acompañante.
–Es que llegó tarde hasta para eso –le explica el emergentólogo.
–¿Cómo que tan tarde? Si a mí me llamaron recién.
–Te llamé ochenta veces y hace rato –le gruñe la hermana.
(+)
(-)
–Llamaste recién –insiste él–. Y ustedes ni trataron de revivirla –nos mira.
El emergentólogo se queda callado, probablemente porque sabe que nada que diga le va caer bien al hijo de la difunta.
–¿No pensás decir nada? –se le acerca el hombre con el pecho inflado–. ¿Sabés(+)
(-) el juicio que te vas a comer? –ladra y el movimiento de la boca se intensifica al igual que el chasquido.
–Es que hay un tiempo para la reanimación –me meto yo y enseguida pienso que tengo que aprender a callarme, pero, como ya arranqué, sigo–, y las características (+)
(-) que mostraba su madre al ingreso nos indicaron que ya no había nada para hacer.
–Claro, todo para no hacerse cargo. No quieren agarrar un caso difícil, es eso… –sigue el hombre y larga una salva de chasquidos.
(+)
(-)
–No respira –grita el padre otra vez–. Les dije que no respira.
En eso se agarra la cabeza, primero, y enseguida el pecho y sus protestas se transforman en un grito de dolor.

El emergentólogo busca la silla de ruedas que quedó ahí cerca y carga al hombre. La pelirroja (+)
(-) avanza junto a ellos al ritmo del traqueteo y yo me quedo unos pasos más atrás preguntándole a la hija los datos de su padre.
–¿Y mi mamá? No me la pueden dejar acá –arranca otra vez el hijo recién llegado con la cabeza ladeada y la boca que se une a la protesta con el (+)
(-) movimiento de antes multiplicado por tres. El chasquido ya casi que parece un graznido.
Le explico que va a tener que llamar a la policía y que seguramente vaya a autopsia dado que falleció en la casa, que nosotros no podemos hacer nada y que ahora tenemos que ocuparnos (+)
(-) del padre que no parece estar muy bien. Él me escupe cuanta amenaza se le ocurre mezclada cada tanto con un insulto y ruidos bucales bastante extraños. Yo apuro mis suecos de goma sin el chirrido habitual –están enfundados en botas descartables– hacia donde llevaron al (+)
(-) padre. La hija le grita a la chica de uñas rojas que espere ahí con los primos y me sigue hasta la sala de espera.

El hombre del pijama a rayas sigue con que tenemos que ayudar a su mujer. Tiene la presión por el techo, se agarra el pecho hacia la izquierda y el electro (+)
(-) no viene lindo. Me descambio y voy a despertar a la cardióloga que salta de la cama cual resorte y me cuenta que en realidad no estaba dormida, que rara vez logra dormir en las guardias entre los ruidos y la locura, pero que igual se tira para descansar los pies (+)
(-) que siempre al otro día se quiere arrancar. Avanza conmigo hacia el estar de donde manotea un EPP y se va cambiando en el camino mientras me cuenta que no quiere que su hijo siga medicina, que él está prácticamente convencido y que ya no sabe qué decirle para hacerle (+)
(-) entender que ella quiere una vida mejor para él. Pienso en todos los que me dijeron a lo largo de la carrera que eligiera otra cosa, que todavía estaba a tiempo de cambiarme, en que claramente no los escuché y muy en el fondo de mi cabeza un par de neuronas se cuestionan (+)
(-) si no debería haberlo hecho.
Llegamos al Shock-Room y la cardióloga se hace cargo del hombre del pijama a rayas apenas ve el monitor que tiene conectado. Le indica un laboratorio, suero con medicación y me pide todos los datos y antecedentes que recolecté de la hija. (+)
(-) Es hipertenso, diabético, tiene tres by-pass y un “principio de demencia”. En cuanto a la medicación, toma pastillas de todos los tamaños.
Yo salgo a hablar con la hija, quiero explicarle lo que se le está haciendo al padre. Estoy en eso cuando se me acerca el de seguridad(+)
(-) de las cejas con las canas despatarradas.
–Ahí el camillero les entró a la mujer –me informa.
–¿Qué mujer? –pregunto.
–¿Ya se olvidó de la del auto? –él levanta las canas con cejas incluidas.
La hija de los zapatos taco aguja, que contemplaba la escena (+)
(-) con la cabeza ladeada, se lleva las manos a las mejillas y puedo imaginarme su boca abierta –los labios pintados de rojo mate– bajo el tapabocas floreado.
–No tenían que entrarla –es todo lo que puedo pronunciar.
El de seguridad me reta que cómo la iban a dejar ahí y yo (+)
(-) apenas atino a preguntarle dónde la ubicaron.

La mujer con el camisón paquete está en una camilla del pasillo con el hijo rubión tirando a canoso que grita que nos hagamos cargo o nos va a demandar mientras la boca le baila hacia la derecha. (+)
(-) La hermana se le acerca, lo abraza y le pide que basta, pero él sigue gritando y llorando a los gritos interrumpido por chasquidos de su boca danzante que resultan cada vez más frecuentes.
Vuelvo a donde está el emergentólogo y le comento el asunto. Enseguida entra (+)
(-) a llamar al jefe y me indica que pida policía mientras putea al aire que esto no puede estar pasando. Escucho cómo le cuenta al jefe la situación y putea aún más ante la respuesta que este le da. Después saca un par de hojas y los formularios que se llenan cuando se muere (+)
(-) un paciente y arranca a completarlos.
–No lo puedo creer –sacude la cabeza.
Yo le ofrezco un café, no hay mucho más que pueda hacer. Acepta y salgo a comprarlo. En el camino veo que la pelirroja le está tomando la presión al hombre rubión tirando a canoso (+)
(-) sentado en la misma camilla que la madre muerta del camisón paquete. El camisón está algo levantado y la hermana del hombre llora mientras intenta acomodarlo.
Salgo. Respiro el aire fresco y me apuro al quiosco antes de que algún familiar se me venga encima. (+)
(-) No veo la camioneta, el auto, ni tampoco –por suerte– a la chica de las uñas rojas, a los chicos de hombros anchos ni a la madre.

Vuelvo con cuatro cafés. Le reparto uno al emergentólogo, otro a la pelirroja y el tercero a la mujer del taco aguja que ahora acaricia el (+)
(-) camisón de la mamá. Me agradece con un abrazo y el hermano pregunta –en medio de dos chasquidos– si no hay para él.
–¿No se sentía mal, usted? –le gruñe la pelirroja.
–La presión me dio bien –le retruca el hombre.
(+)
(-)
Miro mi vaso unos segundos y al final se lo doy. Vuelvo al estar y me desplomo en la silla deshilachada –casi tanto como yo– de tapizado azul eléctrico. Me muero de ganas de prenderme un pucho.

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