#CosasQuePasanEnLaGuardia #125. Viene caminando en un trazo serpenteante –su pelo negro de mil resortes acompaña el movimiento– y termina entre estampada y recostada contra la pared del comienzo de las UFU. Tiene dos bolsas de tela en su mano derecha –una con dibujos (+)
(-) de flamencos y la otra con el logo de un supermercado– de las que rebalsan tres prendas de ropa –lo que parece ser un pañuelo verde, una manga de un saco blanco de hilo y una musculosa amarilla medio naranjona con flores sobre los breteles– y una botella de agua de litro y(+)
(-) medio en la izquierda. Respira hondo un par de veces, tose, se baja el tapabocas de flores naranjas y violetas, le da un trago largo a la botella –me hace acordar a una de mis amigas que se hacía la salvaje con su intento de fondo blanco de una cerveza berreta en vaso de (+)
(-) cartón de medio litro, de la que gran parte se le terminaba escurriendo por las comisuras de sus labios rojos con el rouge corrido cual bigote de leche, volviéndole transparente la remera blanca con la frase provocativa de turno, delante de un grupo de aún bastante (+)
(-) puberales universitarios cuyos ojos brillaban de la lujuria– y se queda así, respirando con ímpetu con el tapabocas de babero. Tendrá unos cuarenta y cinco, tal vez unos cuarenta medio estropeados.
La Pelirroja le remarca que se lo acomode poco antes de avisarme que se va a(+
(-) almorzar. Yo le regalo un pulgar en alto mientras observo –desde atrás de mi máscara y antiparras– como la mujer se sube el pedazo de tela hasta cubrir poco más que la mitad de su labio superior pintado de un rosa veraniego. Sigue inhalando, ahora con ruido a moco que llega(+
(-) hasta la frente, por esas fosas nasales que resultan demasiado amplias para lo breve de la nariz que las contiene. Revuelve las bolsas en busca de algo que no parece querer aparecer, pasa a los bolsillos de su pantalón blanco –íntimamente adherido a sus carnes y a (+)
(-) través del que se transluce una colaless oscura– y finalmente sube a esa nariz de orificios espaciosos sus dedos índice y pulgar formando una pinza, para pasar a sonarse casi con furia. Apoya entonces la mano plenamente contaminada –plana, con los dedos abiertos– contra (+)
(-) la pared de la UFU sobre la cual sigue reclinada y deposita en ella el contenido que acaba de eyectar.
–¿Qué hace? –la increpa la enfermera.
Yo miro todavía a la paciente, con las neuronas –las mías– un tanto desencajadas, miro su mano, (+)
(-) la pared que acaba de recorrer, sus fosas nasales XL. No logro emitir palabra.
–¿No ve que estoy jodía? –la mujer inclina hacia adelante el torso envuelto en una camisola fucsia con volados tanto en las mangas como en el escote del que balconean dos pechos (+)
(-) prominentes parcialmente estrangulados por los volados en cuestión. Se baja el tapabocas, respira hondo y retoma la tos –. No puedo más –agrega tras una salva violenta. En realidad no pronuncia la S final.
Es una tos seca de esas que te cortan por dentro. Me duele hasta a (+)
(-) mí. Me acerco, traje de astronauta incluido, con un saturómetro. Se lo pongo –evito la mano contaminada– y no lee, pienso que por sus uñas esculpidas en negro con brillitos. Terminan casi en punta como las de la madrastra malvada de alguna película de chicos. Giro (+)
(-) el aparato para que quede de costado, piensa. Unos segundos más tarde me larga un noventa y dos que resulta bastante bajo para esta mujer que no llega a los cincuenta y dice que no fuma. Además, está taquicárdica de lo lindo.
(+)
(-) La hago pasar mientras un hombre se queja de que su hija trabaja en no sé qué sector administrativo del hospital y le dijo que lo íbamos atender rápido. Lo dejo hablando solo.
Ella avanza arrastrando la mano ponzoñosa por la pared hasta el consultorio –con gran parte del (+)
(-) peso de su cuerpo contundente depositado sobre ella– y la enfermera va espolvoreando el rastro con alcohol.
Entramos y la ayudo a sentarse en la camilla. Ni subir sola, puede. Respira hondo, tose tres veces, se agarra el pecho y arranca. Habla entrecortado con una tonada (+)
(-) de Centroamérica a la que no logro adjudicar país. Viene así hace una semana. En realidad, lo primero que le molestó fue la garganta. Siguieron la diarrea al otro día y la tos, dos después. Desde hace cuatro que no tiene olfato ni gusto. La tos era una tosecita al (+)
(-) principio, pero ahora apenas la deja respirar. Dice que le avisó a su jefe cuando empezó con lo de la garganta y él la mandó a tomarse un paracetamol, que seguro era una gripe –ella dice “gripa”, en realidad– pero que no fuera a faltar. Que también le avisó con la diarrea (+)
(-) y él nada, que se pusiera un corcho y “a trabajar calladita”. Que desde la tos que le está mandando mensajes, un poco para avisarle y otro poco para que no la eche, pero él “le sacó los pies”. Ahí sí que tengo que frenar y preguntarle qué quiso decir con eso y resulta (+)
que es que el tipo no le contesta ni le atiende las llamadas. Ella está en negro. Arrancó hace dos meses y no vio ni un sueldo entero todavía.
La reviso. El termómetro marca treinta y ocho con siete. Su respiración es rápida, al igual que el pulso, y la presión da algo baja,(+)
(-) aunque tampoco terrible. En la espalda tiene ruidos de todos los colores.
Armo la ficha para el hisopado y cuando le pregunto de dónde es, me escupe un “dominicana, pero tiene que atenderme igual, si no me muero aquí mismo”. Le prometo que no se va a morir –más porque (+)
(-) creo que necesita escucharlo que porque esté cien por ciento segura– y le aseguro que su nacionalidad no es problema para la atención médica acá. Ella chista y enseguida vuelve a toser.
Paso a los antecedentes. No fuma, no tiene ninguna enfermedad crónica, no toma (+)
(-) remedios salvo el paracetamol que le mandó el jefe, no está operada de nada y en cuanto al alcohol, refiere que solo toma un poco cuando se junta con amigos. Drogas no consume. Cuando le pregunto si hay posibilidad de que esté embarazada se ríe con que no anda teniendo (+)
(-) alegrías y tose una vez más.
Sigo con el tema epidemiológico. Tengo que dejar asentados sus contactos estrechos porque se supone que alguien los llama para hacerles seguimiento (pongo muy en duda esa suposición, pero igual los completo con un dejo de esperanza). Vive en un(+)
(-) cuarto que alquila. Es una casa grande, dice, con varias familias. Ella está sola en su cuarto, pero comparten cocina, living y baño (no dice living en realidad, dice “sala” o algo así, pero mi cerebro cambia la palabra).
(+)
(-)
Le pregunto los nombres y apellidos de sus convivientes y apenas pronuncia algo como “María” y “Juan”. Apellidos no sabe y números de teléfono no tiene. Solo sabe que son buenos y que le convidan de ese mate rico que preparan. Hay otros vecinos con los que almuerza, a (+)
(-) ellos los conoce por los apodos. En cuanto al domicilio, llega de memoria. Aclara que es porque es temporario y vuelve a toser. Tiemblo.
Sigo por su trabajo y la historia se repite. En el local por suerte suele estar sola atendiendo, pero (+)
(-) hay proveedores a los que a veces les acepta unos mates y no tiene sus teléfonos, ni siquiera los nombres. En cuanto al lugar, me explica cómo llega nomás –tal calle entre tal y tal otra, un local blanco de letras azules–, pero la altura también me la debe. El nombre (+)
(-) sí que lo sabe. Yo anoto todo como si alguien fuera a acercarse a ese local blanco de letras azules en la calle tal entre tal y tal otra a buscar a ese jefe sorete que la hizo seguir yendo a trabajar así, al menos para aislarlo, a él y a los proveedores del mate. (+)
(-) De paso, agrego el número de teléfono del tipo y ruego para que cuando lo llamen el aparato entre en combustión espontánea de esa que decía que pasaba en unos S@msung al subirlos a un avión o algo así y lo deje con la cara bien horrible por sorete.
Paso al hisopado de (+)
(-) la paciente. Apenas meto el hisopo por su fosa nasal izquierda XL me agarra la mano entre sus dedos de uñas de bruja y me frena.
–Es demasiao –se queja, lagrimea y tose.
Me baña máscara y camisolín con su saliva y los decora con (+)
(-) fracciones –diminutas, por suerte– de moco, de virus, de bacterias o vaya a saber uno de qué. Yo doy un paso apenas hacia el costado sin retirar el hisopo y con la mano libre –enguantada, por supuesto– le subo un poco el tapabocas para que, al menos, frenen las eyecciones (+)
(-) de entre esos labios cuyo rosa veraniego devino en un rosa bebé tímido para esta altura.
Le explico que recién voy por el principio de su nariz, que el hisopo tiene que llegar hasta atrás de todo y ahí girar un poco para que sirva la muestra, que si no puede dar un (+)
(-) “negativo mentiroso” y evitar que ella reciba el tratamiento que adecuado. Le señalo el hisopo y le marco hasta dónde tiene que entrar.
–Su santísimo… –casi que se persigna.
Me hace con la mano que espere, cierra los ojos y ahí señala el hisopo con un índice que va de (+)
(-) ahí hacia la nariz usando la uña de puntero. Yo avanzo, despacio, pero sin pausa, con movimientos entre circulares y serpenteantes cuando veo que se traba. Apenas llego a la meta –a la primera– se lo informo.
(+)
(-)
–Ahora giro unos segundos y vamos del otro lado –le explico, porque el que avisa no traiciona.
–Dele, madre… –me larga todavía con los ojos apretados.
El hisopo da un par de vueltas y sale como si nada. En la otra fosa nasal, se repite la historia con (+)
(-) el “es demasiao” incluido. Cuando termino, la felicito.
–Sí, sí… ¿Y ahora? Deme luz… –me frena. La “z” en realidad como que se la aspira.
Yo me quedo mirándola con las cejas en alto y los ojos bastante abiertos detrás de mi máscara con su decoración mucoide hasta que (+)
(-) ella aclara el asunto y me pregunta por el resultado.
–Hay que ver si está a la noche o mañana –pronuncio casi con miedo–, igual mientras vamos haciendo la placa y yo creo que en su caso le van a pedir un laboratorio y una tomografía también.
Ahora sí que se persigna.
(+)
(-)
La placa viene tan fea como me imaginé o incluso más. Quiero entrarla a la guardia para que le saquen sangre y que le pongan oxígeno lo antes posible, pero el asunto se retrasa por falta de lugar. La dejo esperando en el sitio de hisopado con su tapabocas de flores (+)
(-) naranjas y violetas, sus uñas puntiagudas de bruja, sus rulos de resorte y su rezo que se repite cada vez más frecuentemente. Mientras pregunto quién es el que sigue que tenga síntomas y el hombre familiar de no sé quién se acerca ladrando que tiene que trabajar, escucho (+)
(-) la tos de la mujer que ahora me raja a mí por adentro.
Le retruco al hombre que no sé quién es, que si su familiar necesita un favor, que venga a hablar conmigo y lo charlamos, pero que no puedo priorizar a alguien asintomático sobre un paciente (+)
(-) grave. Refunfuña que antes había códigos y yo hago pasar a un pibe de veinticortos con una neumonía que saluda apenas le apoyo el estetoscopio. Sigo por un hombre con bastón y con otro en silla de ruedas y recién ahí llamo al “acomodado, pero no tanto”.
(+)
(-)
Tiene sesenta y nueve y unos modos que dejan mucho que desear. Como motivo del hisopado se le escapa que quiere ir a visitar a los nietos. Apenas le explico que en el hospital no se hacen más hisopados para viaje me inventa síntomas que antes ni refirió. En eso llega (+)
(-) su familiar, una chica de treinta y tantos a la que no ubico, y, muy educada, me pide disculpas por lo brusco de su padre y me ruega que lo hisope porque sí, es cierto que el padre quiere ver a los nietos, pero no, no es por viaje, si los nietos viven en capital, que el (+)
(-) hisopado es porque estuvo con dolor de cabeza y algo de diarrea y a ella le preocupa y que por favor la ayude a estar tranquila.
No sé si creerle, a decir verdad. Elijo hacerlo porque, de ser mentira, me estaría mintiendo descaradamente a la cara (+)
(-) y merecería una puteada que podría traerme un problema –todavía no entiendo bien en qué área trabaja– que prefiero ahorrarme. Así que completo la ficha y el hisopo entra hasta donde se puede porque el padre, peor que la mujer de las uñas de bruja cuya tos se sigue (+)
(-) escuchando de fondo, me agarra la mano y me la saca tres veces. Le explico que ese hisopado no sirve, que no se puede confiar en el resultado porque no llegué hasta atrás que es lo que se necesita. Se lo digo a él y la hija que esperó en la puerta y pispeó todo y ella me (+)
(-) contesta que no importa, que lo que salga va a estar bien. Ahora sí estoy segura de que me verseó, pero me trago la puteada.
Pasan dos horas, múltiples pacientes y la mujer de las uñas de bruja y la camisola de volados sigue tosiendo donde la hisopé. (+)
(-) Intento apurar el asunto, pero adentro está repleto. Recién media hora después la dejo en manos de una Flaca demasiado pálida y hasta gruñona. Son pocos adentro en la guardia y está a punto de explotar.
El día pasa lleno de gente en la UFU. (+)
(-) Unos pocos que ameritan el hisopado y unos muchos que lo exigen por miedo o por vivos. La Pelirroja y yo nos desplomamos en nuestras sillas y aprovechamos para tomar un café o al menos para respirar sin tanta vestimenta, de hueco en hueco.
(+)
(-)
Termino empapada en transpiración, con un aroma hediondo y hasta los músculos de la frente agarrotados. La ducha se ve frustrada por una cucaracha enorme que finalmente mi compañera logra asesinar; igualmente no me animo a meterme por miedo a que salga otra del (+)
(-) hueco cubierto por una rejilla rota que encima se corre para los costados.
Las horas de cama resultan escasas y el colchón, incomodísimo. Encima me despierto con la cabeza que me pica y ruego para que no sean piojos. Ahí sí que me baño y me araño el cuero (+)
(-) cabelludo como queriendo rastrillar toda la mufa que se me posó en las últimas veinticuatro horas. Me lleno de desodorante, me meto en un ambo limpio y salgo de la habitación, con la mochila al hombro que pesa su contenido multiplicado por diez. Hago así el pase, con un (+)
(-) N95 y la máscara encima, todo con tal de llegar más rápido a casa. Por suerte, fluye.
Apuro el paso y mis suecos de goma se quejan contra el piso en un chirrido agónico. Llego a la entrada de ambulancias, ya sin escucharlos, y estoy por irme cuando me acuerdo de la mujer (+)
(-) de las uñas de bruja y vuelvo sobre mis pasos.
Pregunto por su hisopado y confirmo que dio positivo. El laboratorio resultó horrible y la tomografía aún más. A la madrugada terminó en el shock-room, intubada.
Corro a la UFU, busco entre los papeles de ayer (+)
(-) y encuentro su ficha de la que me copio el teléfono del jefe.
Agendo el número y abro el whatsapp. Busco el contacto –jefe garca– y arranco a escribir: “Le informo que su empleada a la cual hizo ir a trabajar enferma tiene COVID y está internada (+)
(-) conectada a un respirador. Por favor dé aviso a sus proveedores que fueron sus contactos estrechos para que inicien el aislamiento correspondiente. Confío en que usted de ahora en más hará bien las cosas con sus empleados y los tratará como corresponde. La esclavitud (+)
(-) se abolió hace mucho”. No lo mando, lo dejo ahí y miro el circulito de la foto. Se lo ve grandote. La abro: morocho, pelo con gel tirado para atrás, cincuenta años como mucho, tubos rellenos de anabólicos y nariz chueca –¿de la merca tal vez? –. En eso estoy cuando aparece(+)
(-) la Pelirroja. –¿Chongo nuevo? –pregunta.
–¿Este? Ni borracha. Un sorete de por ahí, nomás.
–A esos mejor tenerlos lejos o en este país terminás en una zanja –sentencia.
Hago que sí con la cabeza, lento, repetitiva. Vuelvo al mensaje y lo borro. Miro el cielo, está gris, (+)
(-) cargado, a punto de estallar en agua. Atravieso las nubes espesas con la mirada y ruego que los que se encargan de hablar con los contactos estrechos lo llamen a este tipo y que él se digne de contactar a sus proveedores o al menos brinde sus teléfonos. De paso pido (+)
(-)que le caiga una inspección y que se lo lleven preso, aunque sé que no va a pasar.
Justo llega el colectivo. Me despido de la Pelirroja mientras lo paro. Guardo el celular, subo y pago pensando en que debería borrar el contacto. Encuentro un asiento libre al fondo –de los (+)
(-) de uno– y me siento. “Otro día”, pienso y dejo el celular donde está. Me muero de ganas de prenderme un pucho.

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6 Mar
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(+)
(-)
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(+)
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