#CosasQuePasanEnLaGuardia #114. Cuatro de la mañana. Un ruido agudo que no logro identificar me despierta. Es agudo, insidioso, repetitivo, insolente. Se me cuela por la oreja derecha entumecida que se durmió contra mi antebrazo derecho apoyado sobre la mesa del estar (+)
(-) médico. Me enderezo de golpe y la silla de tapizado rojo deshilachado relincha. Miro alrededor. La pelirroja duerme en el sillón pulgoso y la baba le chorrea, por el costado del barbijo caído, sobre el tapizado azul lleno de pelotitas. Me levanto y apretujo la oreja (+)
(-) hasta que se despierta mientras me acerco al sillón y la sacudo. El ruido insiste, ahora más prolongado; parece una bocina. Una voz masculina grita pidiendo un médico. El altoparlante recita el ya conocido “se solicita emergentólogo en entrada de ambulancias” y ahí sí que (+)
(-) mi compañera salta del sillón con un “puta madre”. Corro a la habitación a buscarlo –sé que duerme pesado– mientras ella se viste con el equipo de protección necesario y se apura hacia la entrada.
Golpeo y abro. El ronquido de la cardióloga me hace acordar a mi abuelo (+)
(-) materno. Nos había metido el verso –a mis primos y a mí– de que dormía con un león en la habitación, así que no entrábamos a molestarlo por miedo a ser engullidos. Era un león madrugador y cuando nosotros nos despertábamos –a eso de las ocho y media– el abuelo siempre (+)
(-) nos decía que había salido a cazar. Un día se me ocurrió contarle a mi amiguita del colegio sobre el león de mi abuelo y ella, la más grande del curso y bastante más avivada, se mató de risa. Nunca más hablé del tema, pero seguí espiando por la mirilla de la habitación (+)
(-) cada noche que pasaba ahí, hasta que me encontré con el traste peludo de mi abuelo y le conté a mi mamá. La vez siguiente, la mirilla apareció tapada por bollito de papel higiénico que no logré sacar por mucho que traté.
Me acerco al emergentólogo. Tiene la cabeza envuelta(+
(-) en una almohada ladrillo. Le toco el hombro y pide cinco minutos más. Yo a mamá se los pedía tres veces antes de ir al colegio. Un día se hartó y me regaló un despertador que también aprendí a posponer otras tantas.
–Ya pasaron –le miento y lo zarandeo–. Dale que te (+)
(-) llamaron.
Se gira boca arriba y abre los ojos.
–Vos por lo menos no me saltás encima –se ríe.
Estoy a punto de preguntarle por su gato –que ya ni sé si era macho o hembra– cuando me acuerdo de que nos necesitan urgente y lo arrastro fuera de la cama.
(+)
(-)
Está en musculosa, de esas blancas de morley que también usaba mi abuelo, y huele bastante rancio, tanto que me hace apretar la nariz.
–Tirate desodorante –le sugiero, aunque le vendría mejor un baño.
–Osaste despertarme… ahora fumátelo todo –levanta la axila.
(+)
(-)
Sigue con su risa y se mete al baño. Le pido que se apure, me calzo un EPP y me voy para la entrada donde mi compañera y un hombre de bigote tupido y camisa celeste impregnada en sangre acomodan a una chica de veintitantos sobre una tabla en una camilla con tres (+)
(-) ruedas. Ella grita y llora a la vez mientras se agarra la pierna bajo su pantalón blanco desgarrado teñido de negro, gris, marrón y rojo por sectores.
–Se apareció de la nada –nos informa él con la cara empapada en transpiración y los ojos enrojecidos. Tiene una voz gruesa,(+
(-) áspera, de eterno fumador –. La traje enseguida… espero que no sea tarde –traga y su nuez de adán prominente sube y baja al son con el ruido de su saliva.
El hombre que se ocupa del altoparlante se asoma, ve la sangre y aleja rápido la vista.
–¿No me corre el colectivo, (+)
(-) maestro? –se dirige al señor de la camisa celeste ensangrentada–. Es que tiene que salir la ambula, ¿sabe?
La pelirroja frena al chofer unos segundos e indaga veloz sobre lo sucedido. Accidente de tránsito. Colectivo vs. peatón, que según el choffer fue más peatón vs. (+)
(-) colectivo. Le dio de costado y la revoleó. La subió con otros pasajeros y la trajo volando. La mitad del colectivo se bajó ahí, el resto no pudo con la curiosidad y el morbo.
El hombre de celeste sale y el del altoparlante se aleja pispeando cada tanto. Yo, mientras, (+)
(-) reviso a la chica y le pregunto su nombre y apellido al mismo tiempo. Tiene los párpados en alto y los ojos se le van para arriba de a ratos; ahí no grita. Le sale sangre de la cabeza, de la pierna derecha –la que se agarra– y del hombro del mismo lado. Tiene un (+)
(-) canguro azul con la manga hecha jirones, y debajo asoma algo tan poco blanco como el pantalón. El olor resulta entre ácido, dulzón y asesino; es una mezcla de sangre, miedo, chivo y pis del que creo que parece que se hizo encima. Tiene un sweater atado alrededor de la herida+
(-) de la pierna –no sé si del choffer o de algún pasajero– que está en un ángulo poco natural. Intercala gritos con quejidos que me duelen más todavía.
Uno de los enfermeros que parece recién salido de la facultad, un poco por su edad y otro por la sonrisa y las ansias (+)
(-) por trabajar, viene cargado de apósitos y gasas con las que le aprieta el resto de las heridas. Sigue por sacarle el sweater y tapar lo que parece un pedazo de hueso.
La chica respira algo rápido, pero el aire le entra bien. Está taquicárdica y su pulso apenas me golpea (+)
(-)los dedos. Su nombre es de ciudad y el apellido, de origen ruso o polaco, resulta irrepetible. Logra deletreármelo y dictarme su DNI antes de anunciar que quiere vomitar. La giramos con la tabla sobre la que la acomodó mi compañera con choffer y lanza.
El emergentólogo (+)
(-) aparece y nos pide que la entremos al shock–room mientras llama a los cirujanos, traumatólogos, radiólogos y al técnico de tomografía. Ni nos gastamos en pedir camillero. La llevamos con dos enfermeros sin prestar atención a los quejidos agudos de la camilla (+)
(-) que está por declarar huelga. En menos de diez minutos tiene dos vías puestas con solución fisiológica a chorro, el laboratorio sacado, la sangre para transfundirle pedida, el monitor conectado con sus alarmas atentas y un montón de gente alrededor que se va (+)
(-) poniendo el equipo de protección y arranca a revisarla. El emergentólogo le pasó algo para el dolor y ya no grita, solo respira fuerte.
Sale eco FAST primero (una ecografía de la panza que muestra si hay líquido suelto como, por ejemplo, sangre) y después tomografía (+)
(-) casi de la cabeza hacia los pies que el técnico –el que suele ladrarnos– hace silbando una canción de cancha que me suena, aunque no sé la letra. Me acerco a ver las imágenes y él sigue silbando. Le pregunto si está enamorado y pestañea.
La chica tiene el bazo con un (+)
(-) tajito a punto de reventar, el tórax con sangre y aire –va a necesitar un tubo– y el cerebro enterito con solo un hematoma por afuera del hueso, pese a los vómitos que predecían lo contrario. La pierna sí, está fracturada y fea, expuesta (con un fragmento de hueso para (+)
(-) afuera). El brazo safó al igual que su columna.
La llevamos de vuelta en la misma camilla rotosa en la que la acomodaron a la entrada. El emergentólogo –con la máscara levantada y el camisolín que le deja el traste al aire– va adelante, sosteniendo en alto la (+)
(-) punta de la rueda ausente. La Pelirroja va de ese costado y yo empujo atrás. Esta vez el chillido me resulta casi musical. La metemos al shock de nuevo –mientras preparan el quirófano– y le sacamos la tabla.
–¿No es de las nuestras? –le pregunta cirujano de planta al (+)
(-) residente superior.
Él –que acaba de pasar a segundo– sube y baja la cabeza despacio mientras la R1 nueva –una rubia casi tan pálida como la paciente e igual de ojerosa, con el pelo opaco que parece hasta pegajoso– se acerca a la paciente.
–No te creí, perdón –le larga (+)
(-) bajito.
Yo aprieto el suero para que pase más ráido mientras toco botones del monitor y hago que no escucho.
–Lo decía en chiste. No fui yo… Solo estaba dormida... –susurra algo ronco la paciente y me mira de reojo.
(+)
(-)
–¿Pero no lo viste, decís? ¿Y la bocina? Seguro tocó... –insiste la rubia.
La paciente se agarra el tórax y tose. Larga un quejido en el durante. Le indico que se calle.
–Te tendría que ver un psiquiatra igual –insiste la compañera, esta vez algo más fuerte.
(+)
(-)
Giro hacia ellas y la chica del nombre de ciudad nos mira con ojos llorosos sobrepoblados de súplicas.
–Yo no hice nada –sentencia.
El cirujano mayor se evapora y el residente superior le explica a la de primero que le tienen que hacer un electro, hisoparla –por las dudas y(+
(-) para saber dónde internarla después– y apurar el coagulograma. Él llama al laboratorio mientras la rubia la hisopa, llena la planilla –en la que ella y sus compañeros serían todos contactos estrechos de dar positivo– y busca el electrocardiógrafo. Lo trae y empieza a (+)
(-)conectarle las pinzas y chupetes a su compañera. El R2 de lejos nota algo, sacude hacia los lados la cabeza y se acerca. La chica de nombre de ciudad se tapa el corpiño turquesa con el buzo rotoso que la enfermera de pelo morocho con bucles le sacó hace un rato.
(+)
(-)
–En el quirófano vas a estar en bolas –insiste él con las mismas ojeras que sus residentes inferiores.
A ella los ojos se le llenan de agua.
–Yo se lo hago, animal –lo corre mi compañera de un culazo.
Me acerco a ayudarla y le explicamos a la R1 sana –o al menos no tan rota–+
(-) dónde se pone cada cosa y qué botones tocar. Su compañera cierra los ojos con fuerza y apenas se le escurren un par de lágrimas.
–Vas a estar bien –le prometo mientras le agarro la mano.
Hace que sí mientras deja que salgan unas cuantas más.
El R2 llega con la camilla de(+)
(-) la rueda faltante y nos informa que tienen que subirla. Le pido que espere un segundo y le consigo a la chica un camisolín de los que no son traslúcidos, botas y cofia descartables. Le pedimos que salga y, con su compañera de año, la ayudamos a cambiarse. (+)
(-)
Se la llevan llorando y me pregunto si es por dolor, porque la van a ver desnuda, por sentirse una idiota, por miedo al qué dirán, por algo incluso peor o por todo eso. Escucho el chirrido de la camilla hasta que desaparecen en el ascensor y me quedo un rato mirando (+)
(-) su camino con la garganta cerrada. Aprieto fuerte las muelas.
Me descambio y voy para la lista: hay un paciente anotado. Me visto de nuevo –con el EPP– mientras pienso que ya deben ser las cinco y pico. Lo hago pasar. Viene por diarrea desde hace tres días y (+)
(-) cuando le recalco la hora, ni se inmuta. Le mando dieta, le doy pautas de alarma y se enoja porque le contraindico las pastillas de carbón. Lo despacho sin que me afecte.
Vuelvo al estar. Mi compañera se quedó dormida en la silla de tapizado rojo deshilachado (+)
(-) con la cabeza sobre una hoja de indicaciones. Me tiro en el sillón azul y pienso en la chica del colectivo. Miro al techo y ruego para que salga todo bien. Cierro los ojos y recito para adentro un intento de Padrenuestro que se interrumpe por un Ave María y por una canción(+)
(-) de Cerati. En algún momento me duermo y me despiertan siete menos cuarto por una mujer con Covid diagnosticado hace unos días a la que le cuesta respirar. A los veinte minutos –vía puesta, laboratorio sacado, y sin mejoría pese a la máscara de oxígeno con (+)
(-) reservorio– se la estoy pasando a emergento y termina intubada. Es apenas más grande que yo y no tiene antecedentes que importen.
Voy a levantar a la pelirroja para recorrer los consultorios y cerrar lo que nos queda pendiente. Ya está arriba y suturando. (+)
(-) Termina y vamos consultorio por consultorio. Mágicamente no hay sorpresas y está todo en orden.
Llegan los de la guardia entrante, se cambian y hacemos el pase. Sale sin reclamos ni errores, pero no aplaudo.
Camino para la entrada de ambulancias sin cambiarme ni agarrar(+)
(-) mis cosas. Miro el cielo celeste y meto adentro mío una bocanada del vientito todavía fresco que me recorre el paladar y la garganta hasta los pulmones. Lo aguanto adentro, casi como si tuviera hipo. Mientras lo largo repito el ruego de que salga todo bien con la chica (+)
(-) del nombre de ciudad.
Me siento en el murito del costado con los ojos cerrados. Tiro la cabeza para atrás y la recuesto contra la pared. Una voz masculina –gruesa, áspera, de fumador de años– me trae de vuelta.
–Disculpe, doctora. Buen día.
(+)
(-)
Me tapo el sol con la mano hecha visera y lo miro. Es el chofer del colectivo que trajo a la R1. Sigue con la camisa ensangrentada y huele a noche de insomnio. Atrás suyo hay un grupo de personas que no sé si calificar de solidarios o curiosos.
–Quería saber si salió (+)
(-) bien… –sigue.
Le prometo averiguarle y avanzo hacia el shock-room. Me cruzo con uno de los enfermeros que entró a las seis.
–¿Todavía acá? –pregunta con los ojos sonrientes.
Bajo la cabeza, me acomodo el barbijo y sigo mi camino. Entro al shock-room y me pongo un EPP. (+)
(-) El emergentólogo de ayer tampoco se fue.
–Ya la bajan. Están esperando camillero –me informa sin que le pregunte.
Su cara luce surcos bastante profundos; los menos de la almohada, los más de las antiparras y el N95 que se corrió por unos segundos y enseguida se volvió (+)
(-) a acomodar. Tiene lo blanco del ojo con las venitas saltonas del cansancio. Mira a la puerta de forma reiterada. Pasa de ahí al monitor de un chico con una complicación diabética y al de una mujer con convulsiones que no frenaban.
–¿No vino tu reemplazo? –le pregunto.
(+)
(-)
–Vino temprano. Justo hoy…
Bajo la cabeza y la subo apenas. La puerta se abre y los dos miramos a la vez. Entran el camillero y los R1 de tráumato y cirugía. Traen a la residente averiada acostada en una camilla menos rota que la de antes y la (+)
(-) pasan a cama correspondiente. Ella, que ya está despierta, les larga un par de gruñidos.
El R1 de tráumato le acomoda la pierna con sus clavos respectivos y la tapa.
–Mejorate –le dice la R1 rubia a su compañera– y si estás mal, pedí ayuda –agrega bajo, aunque no tanto.
(+)
(-)
Lo dice solemne, con la boca demasiado abierta y modulando excesivamente cada palabra. La miro fijo. Baja los párpados y los mantiene así unos segundos. Luego saluda con la mano y se aleja corriendo para sumarse a sus compañeros que ya deben estar con las tareas de la sala o+
(-) en quirófano.
Me acerco a la paciente. Está lagrimeando de vuelta.
–Vamos, que vas a estar bien.
Hace que sí con la cabeza y lagrimea un poco más.
–Yo no quería esto… –me larga.
–Ya sé –le contesto sin saber del todo si estoy mintiendo.
–Yo sé que la escuchaste… Pero mi(+)
(-) compañera dijo puras giladas. Yo solo estaba cansada, no estoy loca.
–Nadie piensa eso, tranquila –le acaricio la frente bajo la venda que se le salió casi del todo en el camino desde el quirófano.
(+)
(-)
Se termino de sacar y le pido al enfermero que por favor me consiga otra. Ella deja que se le escapen un par de lágrimas más. Moquea, tose y se queja de dolor mientras se agarra alrededor del tubo de tórax. El emergentólogo se acerca y le hago que no con la cabeza. (+)
(-) –Estar colapsada no te vuelve loca –le aseguro a la chica en voz todavía baja.
Ella llora más fuerte.
–Igual. Basta. Solo estaba cansada… hice bromas, sí, pero no, no hice lo que creen, y no quiero que pongan otra cosa en mi historia clínica... por favor… –me mira con (+)
(-) los ojos desbordados.
Yo paseo mi mano enguantada por su pelo ensangrentado –lejos de la herida que le suturaron– y le prometo que no.
Me traen la venda, se la pongo, me saco el EPP y salgo. Busco a la psicóloga de hoy que es una dulce total y le pido que vaya a hablarle (+)
(-) un poco, con carpa y sin escribir nada; no quiero ser la culpable de que se le enquilombe más la vida. Me promete tratar y la abrazo por encima de su EPP limpio.
Busco mis cosas, me cambio y salgo. Me cruzo con la pelirroja que entra con dos chocolates y se manda para (+)
(-)el shock-room. Sonrío por adentro del barbijo que acaba de regalarme el jefe entrante.
Paso por la entrada de ambulancias. Me acerco al choffer y a la otra gente y les cuento que la chica va a estar bien. El choffer larga un “vamos” acompañado de un brazo con el (+)
(-) puño cerrado a lo Popeye; parece un sticker de whatsapp. Un hombre pelirrojo me pregunta por el sweater de la pierna de la chica y le respondo que estaba bañado en sangre. Igual se va a buscarlo.
–Muchas gracias por traerla. Y por preocuparse –le agradezco al choffer.
(+)
(-)
–Es que no la vi. Salió de la nada. Fue todo muy rápido, como si hubiera volado hasta delante nuestro…
Le agradezco nuevamente, lo tranquilizo con que por suerte la trajeron a tiempo y que se va a recuperar y me alejo hacia la parada del colectivo que me lleva a casa. (+)
(-) Sus palabras me quedan resonando en la cabeza. Me muero de ganas de prenderme un pucho.

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