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Se cumplen 100 años de la República de Weimar, la entrada de Alemania en una democracia liberal moderna y también el principio del descenso a los abismos. Una lección para nuestra actualidad convulsa. elpais.com/elpais/2019/07…
La gente tiende a pensar que el totalitarismo es un barranco, y que todos, cultos e inteligentes, sabremos ver el borde y evitar caer. Pero esto no es cierto. El totalitarismo no es un barranco, es una pendiente. Te vas deslizando y cuando te das cuenta ya estás en el fondo.
Eso fue lo que pasó con la Alemania de la República de Weimar. Aquellos alemanes no eran diferentes a cualquier ciudadano de una democracia actual. La Alemania de entonces estaba en la vanguardia de la modernidad y las nuevas ideas.
No todos estaban de acuerdo. Pensemos en un agricultor cualquiera que veía como una línea de ferrocarril pasaba por los campos antes limpios. O un urbanita que veía cómo cambiaba el paisaje de su ciudad por las fábricas. Ese choque entre lo viejo y lo nuevo generaba problemas.
Había un movimiento cultural que rechazaba ese nuevo mundo y pretendía volver a las raíces, a una visión romántica en el que los individuos se encontraban unidos por lazos espirituales superiores a todos ellos. Lo llamaban “völkisch” (traducible como lo popular y nacional).
En su versión racista, ese lazo era la raza. Esa versión extrema de lo völkisch era un nacionalismo étnico que vinculaba la sangre a la tierra y que reclamaba una vuelta a lo natural, rechazando todo atisbo de modernidad e industrialización.
Para ellos, la tierra alemana pertenecía al pueblo alemán, entendido este como descendientes raciales de una raza mítica: la raza aria. Y al frente, como enemigo de todo ello, estaba el judío.
¿Por qué? Porque se veía al judío medio como ganador del nuevo mundo. Se adaptaba al cambio, crecía en las profesiones liberales, tenía una visión cosmopolita del mundo, no estaba atado a la tierra. Era todo lo contrario al nuevo nacionalismo étnico. Era el enemigo perfecto.
Así el nuevo movimiento racista podía culpar a alguien de los cambios. Si arrasan un bosque para poner una línea de ferrocarril o si los alemanes obreros son explotados por el sistema, la culpa es del judío. Al final, el liberalismo y la Ilustración también era cosa de judios.
Sin embargo, la gente raramente vende su libertad cuando las cosas marchan bien. El totalitarismo siempre necesita un punto de inflexión, un momento en el que todo salta por los aires. En Alemania ese momento fue la Gran Guerra.
En 1918, Alemania pierde la guerra debido a un cúmulo de factores militares. Pero para los sectores nacionalistas, eso no tiene sentido. Alemania no puede caer en el campo de batalla. Si se ha rendido es porque oscuros intereses han maniobrado en un complot.
Ese complot es lo que se conoce como la Leyenda de la Puñalada por la Espalda (Dolchstoßlegende), la idea de que una conspiración de judíos y bolcheviques había traicionado Alemania y la había hecho capitular. Y como una fake news se comienza a extender.
Theodor Eschenburg, por ejemplo, tenía 18 años en 1918 y recuerda que su padre “desarrolló un antisemitismo racial que antes no había mostrado. La revolución mundial, los banqueros mundiales, la prensa mundial, ¡todo lleno de judíos!”.
Este nacionalismo völkisch, antisemita, anticapitalista y anticomunista, veía en la República de Weimar al judío y al bolchevique. Para la extrema derecha alemana, formada por pequeño partidos divididos entre sí, la democracia era también el enemigo.
Uno de esos partidos era el Partido Alemán de los Trabajadores (DAP), que como ya sabemos todos terminaría siendo el NSDAP, el Partido Nazi, con un joven Adolf Hitler a la cabeza apenas un año después de su fundación.
El propio Hitler lo dejó claro en 1922: “La democracia es, por esencia, ajena a los alemanes: es judía”. Para Hitler, “carece de importancia que tal o cual judío sea honrado o no, porta en si mismo rasgos que la Naturaleza le ha dado. Y para nosotros es dañino”.
Pero este antisemitismo no era lo que atraía a jóvenes y adultos a las filas del nazismo. Emile Klein se unió al partido en 1921 por la desilusión de la guerra perdida y el miedo a la revolución comunista.
“Éramos -cuenta- una generación de jóvenes marcada por la guerra. Vimos cómo reclutaban a nuestros padres. Los vimos cubiertos de flores en las estaciones de tren. Vimos que las madres se quedaban solas, llorando”.
Klein recuerda los mítines de Hitler: “Transmitía tal carisma que la gente se creía todo lo que dijera. [...] Hoy sigo convencido de que Hitler creía que podría cumplir lo que predicaba. Lo creía honestamente”.
Con un enemigo, una historia que contar y un momento populista, el totalitarismo había plantado su semilla. En 1919 quedaban aun 14 años para recoger los frutos, que ya iban madurando.
El NSDAP solo era un partido más. Fue cobrando importancia a medida que su discurso fue calando lentamente entre la población. A cada problema político o económico que surgía, Hitler parecía replicar: “¿Lo veis? Tenemos razón”.
Incluso es increíble como el nazismo iba mutando en su discurso durante esos años para adaptarse a cualquier circunstancia, pero como da para un hilo entero, lo contaré otro día.
En 1933, las anteriormente extravagantes ideas del Partido Nazi estaban en el discurso público y eran lo más normal del mundo. Cuando la gente asume el marco mental del totalitarismo y acepta cuestionar la democracia, el fin está cerca.
En enero de ese año, Hitler accedió al poder y la democracia cayó, pero Alemania aun no había tocado el fondo del abismo. El nazismo aun tenía que desmontar el sistema institucional. Eso también lo contaremos en otro hilo.
La lección que hay que extraer de la República de Weimar es que la pendiente al totalitarismo empieza por pequeños gestos, extravagantes y aparentemente inofensivos que al final forman bolas gigantescas que se cuelan en el debate político como problemas reales.
Jamás volveremos a ver el nazismo porque esa lección la aprendimos: aléjate de la esvástica. Pero los próximos totalitarios tendrán otros símbolos, otra estrategia. Y nosotros somos los mismos humanos de siempre. Está por ver si seremos capaces de evitar la pendiente del abismo.
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