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El 17 de marzo del 45 a. C., los ejércitos cesarianos y pompeyanos se enfrentaron en la batalla de Munda (Córdoba). Allí, César derrotó contundentemente, no sin importantes dificultades, al ejército comandado por C. Pompeyo 'iunior' y T. Labieno.

(HILO 👇🏻)
El emplazamiento de Munda se ha identificado tradicionalmente con Montilla; sin embargo, a partir de M. Ferreiro (1986) parece indudable que hay que situarlo en el Alto de la Camorra, a unos 17 Km de Osuna. Así, los llanos de Munda se corresponderían con los Llanos del Águila.
Esta batalla significó que la balanza de la guerra civil se inclinase definitivamente a favor de César, así como la muerte de los comandantes enemigos T. Labieno y C. Pompeyo 'iunior'.
A principios de diciembre según nuestro calendario, César partió de Roma, y en 27 días llegó a Obulco. La campaña comienza con la liberación de la ciudad de Iulia por parte de César, la única que había permanecido fiel al dictador desde el asedio de C. Pompeyo.
Aligeró la presión sobre Iulia amenazando a Córdoba y obligando a C. Pompeyo a acudir en defensa de su hermano Sexto. El objetivo de César era obligar a los jefes pompeyanos a entablar batalla; así continuaba amenazando a ciudades que los otros habrían podido intentar defender.
Así atacó Ategua, pero C. Pompeyo no combatió seriamente en su defensa, así que César también se hizo con Ategua. Algunos fracasos de este tipo, y la extrema dureza con que el joven Pompeyo trataba a cualquiera que mostrase simpatías cesarianas, comenzaron a provocar deserciones.
Retirarse no parecía ya una tactica conveniente. C. Pompeyo se situó en una posición fortificada entre Urso y Munda: un lugar elevado y protegido por un torrente. Aquí, el joven imperator declaró a los suyos que, esta vez, sería César el que renunciaría al combate. Se equivocaba.
El 17 de marzo del 45, C. Pompeyo y los demás jefes vieron a las tropas cesarianas avanzar y disponerse a combatir en una posición estratégicamente muy desfavorable: después atravesar un torrente, tenían que subir hasta la altura en la que el enemigo se había pertrechado.
César no era novato en estas tácticas
azarosas basadas en la compensación entre el momento favorable
(el enemigo no se espera el ataque) y un terreno desfavorable. El balance fue a su favor, aunque el riesgo que se corrió costó muchísimo, incluso en términos de vidas humanas.
El autor del 'Bellum Hispaniense', escribió que aquel 17 de marzo hacía «un tiempo magnífico, un día sereno y transparente (...) para combatir», pero reconociendo que combatir contra un adversario protegido sobre una colina le daba unas extraordinarias posibilidades de defensa.
De nuevo, destacó en la feroz batalla la legión X, que ya se había hecho famosa en África, para redimirse por su amotinamiento tras volver César de Zela. Gracias a su esfuerzo para no ser rodeados, César pudo lanzar al combate a la caballería y a los soldados africanos de Bogud.
Labieno, intuyendo el peligro, trasladó
a sus tropas al ala opuesta, pero este gesto fue mal interpretado: los
otros creyeron que era el inicio de la retirada y se replegaron. Un
error imperdonable: los cesarianos los aplastaron con rabia en la retirada.
Y provocaron casi 30.000 víctimas, teniendo unas 1.000 pérdidas en las propias filas: cifra elevadísima, si se considera que la mayor parte de las bajas en las batallas antiguas se determina en el momento de la derrota y, así, se produce casi únicamente en el ejército perdedor.
César afrontó allí, por tanto, la más peligrosa de sus campañas en su larga carrera como general. Fue esa la única ocasión en la que llegó a pensar seriamente, en el momento más crítico de la batalla y viéndolo todo perdido, en darse la muerte.
Napoleón, en su "Précis des guerres de César", dictado a su mozo Louis-Joseph-Narcisse Marchand hacia el final de su exilio de Santa Elena y publicados en 1836, se siente fuertemente atraído por esta decisión extrema a la que su héroe y arquetipo estuvo tan cercano.
Allí, protesta: darse la muerte se puede y tal vez se debe «cuando se pierde la esperanza: ¿pero quién, cuándo, cómo, puede perder la esperanza en este teatro móvil en el que la muerte de uno solo, puede instantáneamente cambiar el destino de tantos?»
El emperador está hablando de sí mismo, preguntándose tal vez, en aquel exilio lúgubre de Santa Elena, lenta y cotidianamente envenenado por los ingleses, por qué a él le había tocado sobrevivir después de la derrota.
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