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La parábola del buen samaritano nos habla hoy a todo occidente y denuncia un gran mal que nos aflige: la aporofobia. ¿Que qué es eso? Te lo explico en el #HiloDelBuenSamaritano #HilosdeEvangelio #DomingoXV
El término fue acuñado por la filósofa Adela Cortina y elegido como “palabra del año” por la Fundación del Español Urgente (Fundeu) en 2017 y hace referencia al rechazo o aversión a las personas necesitadas, es la fobia a los pobres.
Dice el Evangelio que «un maestro de la ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”».
«Él respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”»
Jesús entonces le dijo: «”Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida”. Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”.
Y entonces Jesús le contó la parábola del Buen Samaritano que todos conocemos.
Lo primero que vemos en el Evangelio es que el maestro de la ley que pone a prueba a Jesús es un legalista.
Y esta es una de las actitudes más rechazadas por Jesús en los evangelios, la de aquellos que pretenden agradar a Dios cumpliendo milimétricamente una serie de normas escritas. Así eran, por ejemplo, los fariseos.
Yo también soy muchas veces un legalista, no sé si a ti te pasa.
Me creo mejor o peor según si cumplo o no “la ley”. Si cumplo los mandamientos, voy a la iglesia, doy limosna, me confieso de vez en cuando… Estoy cumpliendo, me estoy “ganando” la salvación…
¡Como si el cielo se pudiera comprar!
El interlocutor de Jesús está negociando con Jesús, como en un bazar, el precio de la salvación. Jesús le remite a la ley: “Amarás al Señor… y al prójimo”.
Y es verdad que la ley es una ayuda, una guía. Cumplirla (no como una imposición arbitraria, sino como un camino de vida) nos hace felices: “Haz esto y tendrás vida”, le dice Jesús.
Pero el maestro de la ley sigue regateando precios (¿Tú también le regateas al Señor?), y le pregunta ya, pero… «¿Quién es mi prójimo?»
Dice el evangelio que lo preguntó “para justificarse”. Es decir, que no cumpliría la ley del todo, algún prójimo habría por ahí al que no podía amar como a sí mismo. Por eso le pide que le defina prójimo
Es decir: “bueno, yo, amar amo a los míos, a mi mujer, a mis hijos, pero (nos justificamos como él) ¡a mi suegra es que no hay quien la aguante!”
"¿Tengo que considerar prójimo al vecino del cuarto que no para de ensuciarme la ropa tendida cuando riega las macetas? ¡Y mira que se lo he advertido veces!" 😅 Y así vamos pidiendo rebajas al precio de salida...
Y es entonces cuando Jesús, que es un pedagogo inigualable, le saca la historia del samaritano.
Dice que «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo».
«Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo».
Es importante ver que los dos personajes tienen relación con la ley (recuerda que adonde quiere llegar Jesús es al corazón del legalista que le está preguntando)
¿Por qué no se paran el sacerdote y el levita (un levita es un sacerdote de menor grado)?
¿Porque ambos son unos insensibles? ¿Porque llegan tarde? ¿Porque temen que los bandidos sigan por allí cerca y les ataquen también a ellos?
No, ese no es el punto que quiere darnos Jesús.
El problema que tenían (por eso hay que conocer las costumbres judías para entender tantas veces el Evangelio) es que si tocaban la sangre o a un muerto, quedaban impuros y no podían realizar su oficio.
Por eso ambos dan un rodeo, para pasar lo más lejos posible y no incumplir la ley, porque podía haber sangre por los alrededores a causa de la pelea…
Y en esto llega un samaritano (que eran judíos cismáticos, rechazados por el pueblo de Israel por desviarse de la ley auténtica) y se compadeció del que estaba malherido en el camino.
Dice el Evangelio que, «acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó».
«Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”».
«¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Le pregunta Jesús al que le regateaba. «Él dijo: “El que practicó la misericordia con él”. A lo que Jesús le contestó: «Anda y haz tú lo mismo».
Un zasca de libro, con todo el cariño con el que Jesús los daba y nos los sigue dando a cada uno de nosotros.
El resumen de la explicación de Jesús es que la ley está hecha para el hombre y no el hombre para la ley. ¿Cuál es el primer mandamiento? Amar a Dios y al prójimo. Y lo demás está bien, pero viene después.
Es el "ama y haz lo que quieras" de San Agustín
Por cierto que yo quería hablarte de lo de la aporofobia, el miedo a los pobres, y es que verás cómo encaja perfectamente con la parábola de hoy.
Esta palabra surgió hace unos 20 años para explicar los problemas con los inmigrantes y refugiados que llegaban a España (que eran muchos menos que ahora).
La palabra xenofobia (aversión al extranjero) no explicaba las reacciones negativas de muchos ante este fenómeno, porque ciertamente, la sociedad española es receptiva con los extranjeros.
Somos un país hospitalario que cuenta con el turismo como una de sus principales fuentes de ingresos. Millones de turistas de todas las nacionalidades vienen a España a pasar sus vacaciones y son recibidos con los brazos abiertos.
¿Que no has venido nunca a España? Ya estás tardando 😉
Pero, ¡ay si el extranjero no viene a gastar sino a pedir! Entonces esa hospitalidad se transforma en rechazo, porque no es fobia al extranjero, es fobia al pobre: APOROFOBIA
Da igual que huyan de la guerra, del hambre, de la esclavitud… ¡No los queremos cerca!
Como el sacerdote y el levita, Europa y EE.UU. nos aferramos a la ley para evitar al máximo el contacto con ellos.
No queremos quedar “impuros” que nos fastidien nuestra vida cómoda y nuestros “privilegios sacerdotales”.
Por eso nos defendemos con leyes inhumanas: muros, concertinas, multas para quienes ayuden a los migrantes, puertos cerrados, negación de la más básica ayuda humanitaria…
Y no pasa solo con los migrantes, también con los pobres de aquí de toda la vida. Los desterramos a los suburbios, fuera de la zona de los “puros”, para no contaminarnos.
Nadie dice que sea fácil atender a los pobres. El samaritano tuvo que hacer de tripas corazón y curar las heridas ensangrentadas, usar su propia cabalgadura, desviarse para buscar posada ¡y pagar al posadero!
Atender a los que viven al borde del camino es pesado y costoso ¿Quién dice que no? Pero es lo que nos hace más puramente humanos. Esto es lo que hizo grande a Europa y a Occidente.
Son los valores cristianos (los del Buen Samaritano) los que hicieron que fuera en la sociedad occidental donde se desarrollara el concepto de derechos humanos.
La abierta apostasía de Europa (velada en el caso de EE.UU.) tiene mucho que ver con este rechazo a la misericordia más básica por la persona que sufre, aunque algunos traten de justificarlo desde posturas supuestamente cristianas
Dicen que ayudar al migrante y refugiado es buenismo.
Y no es buenismo, es Evangelio.
Evangelio que nos dice que la primera “ley” es el Amor, y que luego vengan todas las demás.
Evangelio que nos anima a saltarnos la ley si hace falta, rescatando al que está a punto de morir, para cumplir con la primera Ley, la Misericordia (¿Sería #CarolaRackete una Buena Samaritana de hoy?).
Fíjate que el sacerdote de la parábola, iba de Jerusalén a Jericó, de la ciudad santa al “mundo”. Podría decirse hoy que salía de Misa camino de su casa, y no tuvo misericordia.
Ojalá hoy, al salir de Misa donde escucharemos de nuevo este Evangelio, dejemos el legalismo a un lado y comencemos a vivir en la ley del Amor, donde no cabe la aporofobia porque el pobre no es nuestro enemigo
Porque pobres fuimos nosotros cuando el Señor nos encontró al borde del camino cubiertos de heridas (nuestros pecados) y se compadeció
Porque pobres fuimos cuando Él nos curó las heridas con aceite y vino, que son símbolo de los sacramentos.
Porque pobres fuimos cuando Él nos subió a su montura (su Hijo amado) para que cargara con nosotros, para que se echara la cruz a cuestas pagando por nuestros pecados.
Porque pobres fuimos cuando nos llevó a la posada (la Iglesia) para que allí nos termináramos de curar.
Y porque pobres seremos cuando “el buen samaritano” vuelva de nuevo a pagar la deuda con el posadero y nos pregunte:
¿Qué? ¿Has hecho tú lo mismo? #FindelHilo
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