#CosasQuePasanEnLaGuardia #67. Noche de sábado. Guardia repleta y con una lista enorme por llamar. Los de la sala de espera descargan su ira en la puerta cada dos por tres. El día fue imposible, con las camillas llenas de pacientes internados (+)
(-) y solo una libre para atender a los que llegaban. A los que podían estar sentados se los hizo compartir camilla un rato. Algunos entendieron y dos de ellos hasta se ofrecieron a hacerlo antes de que se los pidiéramos; otros se despacharon contra nosotros (+)
(-) por estar hace días esperando cama, por tener que dormir con luz y ruido y por el hecho de que ahora –encima– tuvieran que aguantar que un extraño se sentara en la mitad de su intento de colchón. (+)
(-) Me debatí entre hablarles sobre el egoísmo de no hacer lugar para que alguien dolorido o enfermo reciba la atención necesaria y el cuestionarme cómo reaccionaría yo si estuviera internada, con fiebre o malestar, en una camilla dura, (+)
(-) con la luz prendida todo el día y con los gritos de pacientes demenciados como música de fondo. Opté por respetar la decisión de cada uno sobre si compartir o no su lugar.
El jefe estuvo moviéndose de acá para allá tratando de hacer espacio. (+)
(-) Colocó camillas extra en el medio de algunos consultorios y hasta en los pasillos. Algunos enfermeros se negaron a poner sueros en esas condiciones, por un lado, por falta de lugar donde colgarlos, y por otro porque, de pincharse durante tal procedimiento, (+)
(-) la ART no los iba a cubrir. A ellos tampoco pude reprocharles nada. Hubo tres que no pusieron objeción y en ellos recayó una carga de trabajo enorme. Con mis compañeros nos propusimos sacar nosotros mismos las vías de los pacientes que se iban y dar las intramusculares, (+)
(-) aunque, entre tanto caos, de a ratos resultó imposible.
En todo el día logramos subir a cuatro pacientes a las salas de internación respectivas, y las camillas se ocuparon enseguida con otros cuyas patologías volvían imposible el manejo ambulatorio. (+)
(-) Para el pase de las ocho, contábamos con dos camillas para atender.
Once de la noche. Estoy por llamar al que sigue en la lista cuando empiezan a golpear a lo loco desde la sala de espera. Le pregunto al orientador si hay alguna emergencia. (+)
(-) Me dice que no y que no abra sola porque hay un hombre agresivo y prepotente que demanda que lo atendamos YA por una gastroenteritis. Busco a uno de los de seguridad, le explico la situación y le pido que me acompañe. Me aclara que él no puede tocar al hombre,(+)
(-) y que sería mejor llamar al 911. Le estoy diciendo que no lo amerita ya que el paciente no me amenazó ni pegó cuando aparece otro hombre en el pasillo gritando que necesita ayuda. Le pregunto qué le pasa (+)
(-) mientras el de seguridad me mira con cara de “¿Qué espera para hacer algo, doctora?”.
–Pasa que me duele demasiado –contesta mirándose los brazos con los que se agarra la panza.
Tendrá unos cuarenta años, tal vez menos.
(+)
(-)
–Entiendo –le contesto– el asunto es que tiene que anotarse y el médico orientador lo pondrá en la lista según la prioridad que su caso requiera. Afuera hay muchos pacientes doloridos y enfermos que esperan hace horas, (+)
(-) y no sería justo que usted pase antes que alguno más grave.
–Es que me duele, no sea inhumana, ¿no ve que estoy sufriendo? –responde.
Su cara denota –tal vez– algo de dolor, pero, más que nada, esfuerzo. (+)
(-) Es como si su cerebro hubiera analizado qué músculos tensar para realizar la mayor demostración de sufrimiento y así ser atendido antes.
(+)
(-)
–Entiendo que le duele, y no le estoy diciendo que no lo vamos a atender, sólo le pido que se anote y así la persona encargada de evaluar la prioridad de los pacientes lo puede poner en la lista en el orden que corresponda.
(+)
(-)
–Es que no puedo más –grita, lloriquea y se refriega los ojos.
Me hace acordar –por su falta de lágrimas– al llanto de mi ahijado cuando quiere tal o cual juguete que está usando su hermana.
–¿No le puede dar algo para el dolor? –se mete el de seguridad.
(+)
(-) El paciente asiente y asoma el labio de abajo para afuera en un casi puchero.
–No puedo medicarlo sin antes revisarlo, estudiarlo y saber qué tiene, y eso va a suceder cuando toque su turno, porque él se metió por este lado, por el que no deberían haberlo dejado pasar, (+)
(-) porque él se metió por este lado, por el que no deberían haberlo dejado pasar, salteándose a personas que esperan hace rato y que están igual o más doloridas que él–le contesto con una sonrisa que no es tal y escupo, palabra a palabra, la bronca que me provocó (+)
(-) su comentario fuera de lugar.
–El de seguridad de la entrada me dijo que pase –interrumpe el paciente– porque supo ver lo mal que estoy, a diferencia de usted que no tiene corazón.
(+)
(-)
–Bueno, bueno. Le voy a pedir que pase a la sala de espera mientras lo busco, entonces. Porque si no tengo corazón que bombee sangre hacia mi cerebro, no voy a poder analizar su caso y decidir cuál sería la medicación indicada para usted –le contesto sin pensar en nada más(+)
(-)que en que detesto a los avivados.
–No se lo tome así –me dice ya sin agarrarse la panza mientras lo guío hacia la puerta que da a la sala de espera.
Camina resignado. Abro, lo hago salir y cierro atrás suyo mientras el de seguridad me mira con la frente fruncida (+)
(-) y un movimiento sutil de la cabeza hacia un lado y hacia el otro que se repite hasta el infinito.
–Te voy a pedir por favor que no vuelvas a emitir opinión sobre el tratamiento de un paciente –le digo ya con los patos por las nubes.
(+)
(-) Se queda con la boca abierta sin pronunciar palabra. Giro y estoy por agarrar el picaporte para hacer pasar al próximo paciente cuando contraataca:
–No es mi culpa si ustedes no tienen ganas de trabajar.
(+)
(-) Ahí sí que me dan ganas de mandarlo a freír churros como diría mi abuela. Lo quiero morder. No cené todavía y este me viene a hablar de que no quiero trabajar. Respiro hondo y cuento hasta cinco. (+)
(-)
–Hagamos una cosa. Estudiá ocho años de medicina, hacé cuatro de residencia, vení a la guardia, atendé sin parar y ahí bancate que un avivado sin criterio de urgencia que finge estar dolorido se le quiera colar al resto. (+)
(-) También bancate que el de seguridad no te defienda cuando haya pacientes agresivos y que te diga que “le inyectes algo y listo” como si eso fuera medicina. ¿Dale? –le digo.
(+)
(-) Me sale desde lo más hondo de mi furia alimentada porque todavía no cené ni merendé, porque desde las cinco de la tarde que no hago pis, porque faltaron dos de mis compañeros, porque hay un solo camillero y nunca lo encuentro y porque los enfermeros tampoco alcanzan.
(+)
(-) No lo dejo contestar. Abro la puerta y llamo a una paciente que está anotada como una probable neumonía. Está empapada en transpiración y respira bastante rápido. Estoy por cerrar cuando se acerca un hombre y se mete en el consultorio. (+)
(-)
–¿Cuánto falta, doctora? No puede ser lo que están tardando –arranca.
–En cuanto terminamos con los pacientes que estamos atendiendo, vamos llamando. Hay una sola camilla libre así que le pido que tenga paciencia –le contesto y lo invito con las manos a salir.
(+)
(-)
–Es que yo no puedo más. Me cago encima. Ya fui cuatro veces y necesito que me den algo YA.
Es el paciente del que me habló el orientador. Busco con la vista al de seguridad. Se evaporó. Cuento hasta cinco otra vez y me dirijo al paciente.
(+)
(-)
–Disculpe, la señora, como puede ver, tiene prioridad sobre una diarrea. Sé que ir al baño muchas veces es molesto, pero eso no lo hace urgente. Le ruego que espere afuera, porque mientras más rápido la atienda, más rápido va a llegar su turno.
(+)
(-) El hombre me mira, gira para salir, se frena, vuelve a girar hacia mí y le pega una piña a la pared del consultorio.
–¿Tengo que romperme un hueso para que me atiendas? –agrega mientras repite el gesto.
Saco el celular y marco 911.
(+)
(-)
–Yo no veo huesos rotos, esos los ve el traumatólogo y está operando. Haga como quiera. Solo le pido que salga así no resulta necesario que llame a la policía –contesto sin pararme a pensar en su agresividad ni en que casi me duplica en ancho.
(+)
(-) El hombre tira una piña al aire que pasa por al lado de mi cara y me roza la oreja. Hace una sonrisa burlona y gira una vez más hacia la sala de espera.
–La próxima tal vez no tengas tanta suerte –murmura mientras sale.
(+)
(-)
Cierro, pongo la traba y me acerco a la mujer que no tiene la culpa de nada de lo que está pasando.
–¿Está bien, doc? –me pregunta.
–Sí –contesto aunque ni sepa bien si es cierto.
–¿Esto siempre es así? –indaga.
–Bastante seguido –respondo.
(+)
(-) Le pregunto por sus síntomas tratando de no pensar en las veces que van que sufro violencia en la guardia o que la veo. No quiero que mis neuronas se sumerjan en un tema que sé que probablemente me va a quitar el sueño. Habla de su tos, sus mocos, su fiebre. (+)
(-) La escucho a medias y anoto incluso menos. Tiene una neumonía, sí, y creo que de los dos pulmones. El oxígeno en su sangre (según el saturómetro) no está tan mal, aunque tampoco tiene para regalar. (+)
(-) Vuelvo a hablar sobre sus mocos, si vienen del pecho o de la nariz, y del color aunque sé que ya se lo pregunté. Dice que son de todos lados, entre amarillos y verdes.
–¿Y la fiebre se la tomó con termómetro? –indago.
(+)
(-)
–Sí, sí. Le dije que marcaba treinta y nueve, casi cuarenta, y que tomé el ibu.
–Perdón, no le entendí –contesto y sonrío en un intento de ocultar mi distracción–. ¿Hace cuánto empezó con esto?
(+)
(-)
–Cinco días. O seis –dice y cuenta con los dedos mientras levanta los ojos como buscando la fecha en su cerebro–. Cinco –afirma finalmente y se ataja– no pude venir antes porque no tenía con quién dejar a mis nietos, doc. (+)
(-) Viven conmigo porque mi hija se perdió en la droga y me los dejó. Ahora están con una vecina, pero tengo que volver pronto porque ella sale a trabajar y el marido anda con una junta re fea.
(+)
(-)
–Entiendo. Vamos a hacer todo lo posible para apurarnos y ver cómo está todo –le digo y tiemblo por esos nenes y ese vecino si la tengo que dejar internada–. ¿Tomó algún remedio en estos días? –pregunto.
(+)
(-)
–Sí, uno para la gripe que me dio mi vecina. Era una tirita de pastillas redondas naranja. Y como no me ponía mejor después mi cuñado me dio otro de caja roja. Los tomé cada seis horas como él dijo que era, pero sigo jodida.
(+)
(-) Trato de no pensar en sus riñones –con tanto combo de antigripal– y de ser positiva. Le pregunto por sus enfermedades y dice que es “sana, sana” aunque confiesa que hace más de diez años que no va al médico. La reto –a ella con cariño– y le explico que tiene que controlarse(+
(-)y cuidarse por sus nietos.
–Es que si falto a trabajar no les puedo dar de comer, ¿entiende? –se disculpa.
Quiero disculparme yo con ella. Me dan ganas de abrir un consultorio de noche para atender gente en su situación. (+)
(-)
Enseguida me acuerdo de que no me da el tiempo para nada, de mi eterno cansancio y de lo mucho que mi cuerpo me pide que duerma y descarto la idea. Le ofrezco hacerle un certificado para el trabajo y se ríe; es empleada doméstica y está en negro. (+)
(-) Me habla de que sus patrones no son malos, que ella pidió que no la blanquearan para tener el plan para los chicos, y que bueno, todo no se puede. Asiento y le acaricio la espalda. Por un segundo no pienso más en la piña al aire ni en el que exageraba su dolor. (+)
(-) Le explico que le voy a hacer análisis de sangre, una placa y unas nebulizaciones y sonríe. Hago las órdenes de laboratorio y las dejo donde van mientras busco la máscara para nebulizarla y le vuelco las gotas que requiere. Le pongo la nebulización y le explico (+)
(-) que va a tener que compartir camilla con el que sigue. Dice que no es problema y se corre hacia una punta.
En vez de buscar al de seguridad para que me acompañe, esta vez le pido ayuda la emergentólogo y le relato el incidente de las piñas.
(+)
(-) Se levanta, viene conmigo y me indica que lo deje llamar a él. Abre y hace pasar a un señor con presión alta. El de la diarrea se le queja de que el hombre acaba de llegar.
–Usted debe ser el garca –le contesta el emergentólogo.
(+)
(-)Yo miro desde atrás. El hombre de la presión elevada me mira con cara de no entender nada. Le hago señas para que se siente al lado de la mujer de las nebulizaciones y ella le relata lo sucedido.
–¿Qué dice? –contesta el de la diarrea.
(+)
(-)
–Sí, es usted, se huele desde acá –sigue el emergentólogo y sacude la mano con los dedos estirados por delante de su nariz.
–Yo no le voy a permitir… –arranca el hombre.
(+)
(-)
–¿Qué no me va a permitir? ¿Qué diga la verdad? Porque yo no le voy a permitir que maltrate a mi compañera. ¿Por qué no me tira una piña al aire a mí a ver qué pasa?
(+)
(-)
El hombre diarrea mira al emergentólogo como tratando de adivinar bajo el guardapolvo el tamaño de sus bíceps. Son más o menos de la misma altura, aunque el emergentólogo le lleva unos diez años, no solo de edad sino de modales, de ubicación, de viveza (+)
(-) y también de boxeo, cosa que el paciente no sabe.
–¿Usted me está invitando a pelear? –pregunta el hombre diarrea.
El señor de la hipertensión se baja de la camilla y se acerca a defender al emergentólogo. Él le hace señas de que no es necesario. (+)
(-)
–No se confunda –le contesta–. Lo estoy invitando a ubicarse.
El paciente achina los ojos. Creo que lo está midiendo. Está cada vez más colorado y le caen gotas de la frente, no sé si de la bronca o por los cólicos. De repente su puño derecho sale propulsado hacia adelante(+)
(-) Mi cuerpo entero retrocede como si me lo estuviera por pegar a mí. El emergentólogo se anticipa al gesto, da un paso atrás y cierra la puerta. El puño del señor de la diarrea impacta iracundo contra la madera. Ahora sí que va a necesitar un traumatólogo, pienso.(+)
(-) Se escuchan los gritos. El emergentólogo pone la traba y me ordena que no vuelva a abrir sin llamarlo antes. Asiento con una sonrisa. El hombre de la hipertensión se ríe también. Lo hago volver a la camilla y le digo que le voy a tomar la presión en cinco minutos, (+)
(-)porque ahora seguro que le va a dar alta. Asiente. Tiene rara la comisura izquierda de la boca. Es algo mínimo, pero se nota y me preocupa. Lo dejo sentado sin preguntarle nada todavía –no quiero ponerlo más nervioso– y voy a buscar a un enfermero (+)
(-)por la sangre de la mujer de la neumonía. Lo encuentro luchando con un borracho que se arrancó el suero y me pide que espere un rato. Le digo que no hay problema, busco una jeringa, algodón con alcohol, guantes, tubos y decido probar suerte con las venas de la mujer. (+)
(-) Le hago un lazo con un guante primero en un brazo y después en el otro. No le encuentro ninguna. El enfermero aparece justo cuando estoy por decidirme a sacarle de la arteria y dice que él se ocupa. Bromea con que la paciente no trajo las venas, (+)
(-) pincha guiándose en sus conocimientos de anatomía y viene sangre. No lo abrazo solo porque está con la aguja. Busco un tensiómetro –el mío me lo robaron y el nuevo llega en unos días– e intento tomarle la presión al hombre. El manómetro marca cero todo el tiempo aunque infle+
(-) Recorro pasillos, consultorios y cajones hasta que consigo otro; se suelta el velcro. Traigo dos tiras de cinta y lo pego. Inflo y se salen. Busco a mi compañera –que está suturando– y le pido el suyo. Me señala un bolsito fucsia que está sobre la mesada (+)
(-)y me pide encarecidamente que cuide que no se me pierda, que ya van cuatro que le roban. Resoplo, no contra ella sino por la situación.
El señor no tiene la presión tan alta, aunque tampoco está normal. Devuelvo el tensiómetro y procedo a interrogarlo. (+)
(-) Cuenta que se sintió mareado y fue a la farmacia, que le dijeron que estaba en dieciocho y que eso era muy alto, así que le sugirieron que viniera al hospital. Él no quiso molestar de noche, así que le pidió a su hermana –que vive a dos cuadras– si tenía alguna pastillita (+)
(-)para bajarla. La hermana le dio una y le dijo que igual viniera al médico.
–Yo solo vine porque ella insistió y no me dejaba en paz, ¿vio cómo se ponen ustedes a veces? –dice con una sonrisa.
–Igual que ustedes cuando se sienten mal –le contesto con otra.
(+)
(-) Sacude la cabeza.
La pastilla se la tomó hace casi dos horas, que es lo que tuvo de viaje hasta acá, y por eso la presión da apenas algo elevada. Le pregunto por su boca, si no notó nada raro. Dice que no. Saco mi celular, pongo la cámara frontal y lo hago mirarse. (+)
(-) Abre la boca grande al ver su reflejo y se nota aún más el defecto. Le hago un examen neurológico completo. Tiene una pequeña pérdida de fuerza del mismo lado del cuerpo, y el ojo de ese lado lo cierra perfecto. Está haciendo un ACV, no tengo dudas. (+)
(-) Miro la hora: doce de la noche. Se me tensan los músculos de la nuca de solo pensar en la pelea que voy a tener con el técnico de tomografía, pero el paciente está justo de tiempo para que se le pueda realizar el tratamiento adecuado. Me apuro al tomógrafo. No hay nadie. (+)
(-) Corro hasta las habitaciones. Estoy por golpear la puerta cuando alguien me toca el hombro.
–¿Qué querés? –me dice–. Sabés que es tarde.
Es el técnico.
(+)
(-)
–Ya sé, perdón –contesto a sabiendas de que la disculpa, aunque no corresponda, es el único camino–. Es un ACV en ventana –le digo.
Él sabe lo que significa, tengo que correr. Tenemos. Y si lo hacemos y todo sale bien, tal vez el señor quede bastante entero.(+)
(-)
–Safaste porque no me había acostado –me dice y se ríe.
Esta vez es una sonrisa cómplice; sé que se ríe de su propio mal carácter.
–Traelo YA –agrega.
Le hago que sí con la cabeza y corro mientras agradezco para arriba por su buen humor. (+)
(-)
Busco al paciente y ni me gasto en pedir camillero. Caminamos hasta el tomógrafo mientas el hombre recalca que él no estaba así, que si hubiera visto su cara tan mal seguro que venía antes y que no quiso dejarse estar.
(+)
(-) Me debato si explicarle que probablemente el cuadro haya empeorado por la pastillita que tomó para la presión, que lo alta que estaba era un intento de su cuerpo para que la sangre llegara mejor al cerebro al tener un vaso tapado y que el bajarla así no fue lo mejor.(+)
(-) Decido no ponerlo más nervioso y me trago el sermón de “la automedicación es peligrosa”.
La tomografía da normal –lo que no significa que no tiene el ACV, ya que los cambios por falta de llegada de sangre demoran bastante más de lo que pasó desde que empezaron los síntomas–+
(-) y la ausencia de hemorragia confirma que es candidato para el tratamiento en cuestión, ese para el que tengo que correr porque hay un límite de horas desde el inicio del cuadro hasta que pasa a ser mayor el riesgo que el beneficio del mismo. (+)
(-) Volvemos al consultorio. Le cargo a las apuradas la nueva nebulización a la señora de la neumonía y llamo para derivar al señor al hospital en el que se hace este tratamiento. El médico de ahí me pregunta por la edad, por la clínica, por los signos vitales, (+)
(-) por la hora de inicio, por la tomografía... Estoy tan contenta porque parece que lo va a aceptar que cuando interroga por los antecedentes me quedo muda. Recién ahí caigo en que, con todo lo que pasó, no se los pregunté. Le ruego que no corte, que ya vuelvo. (+)
(-) Empieza a contestar que no puede. No le doy tiempo a decir más y corro hasta donde está el señor de la boca torcida que quiero enderezar. Indago. Vuelvo y agarro el tubo. Suena a que del otro lado cortaron. Llamo otra vez. (+)
(-) El que atiende se disculpa, que no puede tener la línea ocupada porque es el centro de referencia para ese tratamiento y suelen tener muchas llamadas.
–Solo está operado del apéndice –lo interrumpo en un grito de felicidad.
–¿Cómo? –pregunta.
(+)
(-)
–Eso, que no tiene más antecedentes que la apendicectomía. No fuma, no toma, no está medicado para nada, nunca se infartó, nada –digo y aplaudo.
Miro el tubo y me pregunto si se habrán escuchado mis palmas. Me río sola. El médico acepta la derivación (+)
(-) y yo llamo para que me manden una ambulancia para llevarlo. Le explico todo al hombre de la boca tironeada y le presto el teléfono –él se quedó sin batería– para llamar a su hermana. Se sabe el número de memoria. (+)
(-) Pienso otra vez en que todavía no memorice el de ninguno de mis familiares. Solo sé el de mi ex con el que corté hace siete años, que sé que es el mismo porque es un adicto al trabajo que se quedó por años en una compañía que lo estafaba todo con tal de no perder el número(+)
(-)Me pregunto si estará soltero. Era lindo. Es, pienso y espero que no se haya muerto. Me imagino llamándolo porque tuve un accidente y a él viniendo con su mujer embarazada y tres nenes rubios como él. Sacudo la cabeza con una sonrisa, cierro los ojos (+)
(-)y me obligo a dejar de pensar pavadas.
Llevo a la mujer a rayos –también caminando– mientras espero el traslado del señor. La placa es bastante fea. Volvemos al consultorio y la nebulizo una vez más. De afuera no dejan de golpear. No abro. Busco el laboratorio. (+)
(-) Los glóbulos blancos están muy altos, aunque –por suerte– el resto está aceptable. Le explico a la señora que como la neumonía es grande y de los dos pulmones, lo ideal sería internarla.
–Pero usted entiende que eso es imposible –afirma.
(+)
(-) Lo pronuncia segura. Sabe que entiendo. Le explico que la indicación de la internación no es de mala, sino que es lo que corresponde, pero que sé que ella no se va a quedar internada, así que voy a tratar de conseguirle muestras de un antibiótico potente (+)
(-)y va a tener que seguir mis indicaciones al pie de la letra. Me abraza y llora. Me aprieta fuerte y entiendo que es lo que ella necesita. Le devuelvo el gesto y trato de absorber lo lindo de su energía y no pensar en mis mambos. (+)
(-) Llega la ambulancia del traslado. Mandaron una sin médico. Llamo a SAME para explicar de los médicos que faltaron y responden que no tienen uno para enviar y que, de conseguirlo, demoraría demasiado. (+)
(-) Busco a mi compañera –que acaba de terminar su quinta sutura en dos horas– y le explico la situación. Hacemos piedra, papel o tijera para ver cuál de las dos va. El aire nos vendría bien a las dos, y la que se quede va a tener que lidiar con el caos. Gana ella. (+)
(-) Le armo un resumen en dos segundos y se lleva al paciente que me agradece desde su cara torcida.
–Suerte –le grito al hombre mientras se aleja y ruego que salga todo bien.
La señora de la neumonía se va con las últimas muestras de antibióticos que me quedan (+)
(-) y la promesa de que si en cuarenta y ocho horas no mejora va a tratar de arreglar todo para internarse. Me regala otro abrazo antes de salir.
Abro la puerta sin acordarme del Señor Diarrea y de llamar al emergentólogo. No lo veo. (+)
(-) Llamo a la próxima –anotada como faringitis– no contesta. Los dos que siguen tampoco. Es el turno del que había entrado en un grito por la entrada de ambulancias. Está muy ocupado con su celular. Apenas lo llamo se agarra la panza y pone otra vez la cara de sufrimiento.(+).
(-) Entra.
–Son mis riñones –dice–. Tengo piedras y me mata el dolor.
Le golpeo la espalda. Salta demasiado y se nota que es fingido. Le toco la panza. Es blanda y otra vez grita por un dolor que se nota que no existe. No tengo ni ganas de pelear.
(+)
(-)
–Le voy a poner un suero con analgésicos y en un rato seguro que va a estar mejor –le informo.
–¿Qué me va a poner? Mire que me dijeron que avise que no me calma con otra cosa que no sea morfina –contesta e incrementa su cara de dolor extenuante.
(+)
(-)
–Entiendo. Vamos a empezar por una placa y un análisis de orina, y le voy a colgar algo que considero que le tiene que calmar el dolor seguro. Lo que sí, le aviso desde ya que en la guardia no tenemos morfina –miento al notar su intención.
(+)
(-)
–¿Cómo que no tienen morfina? ¿Esto es una hospital o una salita? –responde y se levanta–. Al final, el hombre de la diarrea tenía razón: ustedes no sirven para nada.
Sale y cierra la puerta de un portazo. Repaso los que siguen en la lista: gripe, gastroenteritis y mareos.(+)
(-) Pongo la traba y camino hacia la entrada. Paso por delante del de seguridad. Está boludeando con el celular, pero en medio de su trance ve que saco el atado de cigarrillos.
–Después no me venga con que no para de trabajar –me larga sin levantar la vista de la pantalla.
(+)
(-) Ni lo miro. Aprieto los puños y cuento hasta cinco mientras sigo caminando. Salgo y me prendo un pucho. Uno de los enfermeros come un hamburguesa al lado mío.
–La cena –me dice señalando el sándwich.
Recién ahí caigo en que todavía no comí.
(+)
(-) Le mando un mensaje a mi compañera: “¿Todo ok?”. Su respuesta es un “Sí, lo compraron” seguido por una cara demasiado feliz para este día nefasto. Respondo con unos aplausos y cruzo a comprarme un sándwich (+)
(-) mientras pienso que ojalá alguno de estos días ese de seguridad necesite que lo atienda en la guardia.
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