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En el Año Internacional de la Tabla Periódica, #ContemosHistorias se convierte en #ContemosHistoriasElementales ⚛️
¿Arrancamos?
El hidrógeno es el elemento químico más abundante del Universo y el componente principal de las estrellas. Pero no siempre lo supimos.
#ContemosHistoriasElementales
A comienzos del siglo XX, los físicos y astrónomos coincidían en que la composición de las estrellas, como el Sol, tenía que ser parecida a la de los planetas, como la Tierra.
"El acuerdo de las listas solar y terrestre es tal que confirma firmemente (...) que, si la corteza terrestre se elevara a la temperatura de la atmósfera del Sol, daría un espectro de absorción muy similar", escribió el reconocido astrónomo Henry Russell en 1914.
Los análisis de espectros mostraban que las estrellas contenían numerosos elementos que también estaban presentes en la corteza terrestre. Y, si la “lista de ingredientes” coincidía, parecía ser bastante probable que las abundancias relativas fueran similares.
El 14 de enero de 1925, el mismo Henry Russell, director del Observatorio de Princeton, dejó sus lentes sobre la mesa luego de leer el documento que había llegado a sus manos. Se restregó los ojos, volvió a colocarse los anteojos y se dispuso a responder.
Comenzó con sinceros elogios sobre el enfoque de la investigación. Pero debía ser honesto así que escribió su única pero insalvable objeción: "Es CLARAMENTE IMPOSIBLE”. Le pareció insuficiente y agregó “...que el hidrógeno sea un millón de veces más abundante que los metales”.
Cuando recibió esta respuesta, la confianza de quien había enviado el documento se desmoronó y decidió agregar al final de su tesis unas frases en las que explicaba que, probablemente, sus deducciones eran erróneas.
Cuatro años más tarde, Russell llegó a los mismos resultados por otro método. Pero apenas le dio el crédito.
Décadas después, en 1960, el astrónomo Otto Struve definiría la investigación original como “la tesis doctoral en astronomía más brillante de la historia”.
Cecilia Payne siempre había tenido razón.
Cecilia nació el 10 de mayo de 1900 en Wendower, Inglaterra. Se enamoró de la astronomía por primera vez cuando, de muy pequeña, vio un meteoro cruzando el cielo.
Pero decidió dedicarse a la ciencia a los ocho años cuando, en un paseo, sintió un regocijo indescriptible al ser capaz de identificar una planta que solo conocía por la descripción de su madre: la orquídea abeja.
En la escuela diseñó un experimento para probar la eficacia de rezar: separó los exámenes que debía rendir en dos grupos. A uno le rezó para que le fuera bien y al otro lo dejó como control.
Sacó mejores notas en el que no había rezado.
Más tarde, se convirtió en agnóstica.
En 1919, consiguió una beca para estudiar botánica, física y química en el Newnham College de la Universidad de Cambridge.
El recuerdo de la orquídea abeja todavía estaba muy presente.
Pero ese mismo año, fue a escuchar una ponencia del astrónomo Arthur Eddington acerca de su expedición a la isla de Príncipe durante un eclipse solar. Sus observaciones estelares habían sido la primera prueba experimental de la relatividad general de Einstein.
Cecilia se fascinó. Al llegar a su habitación, luego de la charla, fue capaz de escribir la disertación palabra por palabra.
Se había enamorado por segunda vez: en el cielo las estrellas y en las estrellas, su pasión.
Viendo su interés, Eddington la alentó para que se dedicara a la astronomía y Cecilia empezó a ir a todos los cursos de física. Pero no fue fácil. Uno de sus profesores, el reconocido físico Ernest Rutherford, no quería mujeres en sus clases. Y sus compañeros tampoco.
Cecilia habló con Eddington, le pidió recomendaciones de libros y estudió por su cuenta. Pero, pese a su esfuerzo, al terminar la carrera, tuvo que enfrentarse nuevamente con una dura realidad.
Para esa época, en la Universidad de Cambridge, las mujeres no podían recibir formalmente un título universitario. De hecho, la Universidad no acepto darles licenciaturas oficiales a las mujeres hasta ¡1948!
Su única posibilidad laboral era ser maestra. Pero... ¿y las estrellas?
Afortunadamente, se enteró de un programa de becas organizado por el astrónomo Harlow Shapley, director del Harvard College Observatory en Estados Unidos.
Este Observatorio era muy conocido porque empleaba bastantes mujeres, las llamadas “calculadoras” y “computadoras”, que por apenas unos pocos centavos realizaban cálculos complejos y analizaban miles de fotografías estelares.
Esperanzada, Cecilia ganó la beca. Fue la segunda estudiante en conseguirlo. Dejó a su familia y a su país y se mudó a Estados Unidos.
Allí tampoco fue fácil.
Cecilia comenzó a investigar la composición de las estrellas basándose en trabajos de Niels Bohr y, especialmente, del astrofísico indio Meghnad Saha. Así, logró relacionar los espectros de las estrellas con sus temperaturas y el estado de ionización de los diversos elementos.
A punto de enviar un informe preliminar de su trabajo a la revista Nature, Shapley notó que había firmado como C.H. Payne y la desafió: “¿Te da vergüenza ser mujer?”. Finalmente, firmó el trabajo como Cecilia H. Payne.
En su tesis doctoral de 1925, Cecilia teorizó que las estrellas estaban hechas principalmente de hidrógeno, lo que lo convertía en el elemento más abundante del Universo. Una revolución para la época.
Pero nada parecía suficiente. Pese a haber respondido una pregunta central y haberse convertido en la primera doctora en astronomía de Harvard, Cecilia era considerada una mera asistente y cobraba muchísimo menos que sus colegas por el mismo trabajo.
Pensó en abandonar Harvard, cansada de las condiciones laborales, pero el director le prometió que intentaría mejorar su situación.
Finalmente, en 1938 y más de quince años después de su llegada, fue nombrada oficialmente “astrónoma”.
Para ese momento, Cecilia llevaba cuatro años casada con Sergei Gaposchkin, un astrónomo ruso que había conocido en Europa y a quien le había conseguido trabajo en el Observatorio. Era su supervisora.
Pasarían juntos el resto de su vida y tendrían tres hijos: Edward, Katherine y Peter. Muchas veces disfrutaban tardes en familia en el propio Observatorio.
En 1956, Cecilia fue la primera mujer en lograr el puesto de profesora asociada en Harvard y, luego, la primera en dirigir allí un departamento.
Seguiría investigando casi hasta el final de su vida.
En diciembre de 1975, la portada de la revista Scientific American fue la imagen de rayos X del remanente de la supernova Cassiopeia A, que había explotado en la constelación de Cygnus unos 20 mil años atrás.
Un año después, Cecilia completó un impresionante tejido sobre lienzo imitando la explosión. Medio siglo después de obtener su doctorado, seguía enamorada de la astronomía y del Universo.
En 1976, Cecilia recibió el premio Henry Russell, entregado por la Sociedad Astronómica de Estados Unidos, en reconocimiento a la excelencia de sus investigaciones.
Sí, el del mismo Russell que había declarado imposibles sus ideas y apenas le había dado crédito al darse cuenta de su error.
En sus memorias, Cecilia dijo de él: "Lo respetaba y lo temía, pero no le tenía afecto".
Nosotras tampoco, Cecilia. Nosotras tampoco.
Cecilia murió de cáncer el 7 de diciembre de 1979.
Enamorada de la astronomía como la primera vez que vio aquel meteoro.
Como toda su vida.
Cecilia Payne cambió la historia de la astronomía al resolver uno de los misterios más grandes del Universo: de qué están hechas las estrellas.

En el cielo las estrellas.
En las estrellas, Cecilia.

Esto fue #ContemosHistoriasElementales, en el Año de la Tabla Periódica.
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