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💚Valeria Edelsztein💚 @ValeArvejita
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Tengo un #ContemosHistoriasElementales y sé cómo usarlo.
¿Están listos?
En 1872, el millonario Leland Stanford, fundador de la conocida universidad, ex gobernador de California y fanático del hipismo, sostenía la hipótesis de que un caballo a galope, en cierto momento, tenía sus cuatro patas en el aire.
James Keene, presidente de la Bolsa de Valores de San Francisco y también criador de caballos de carreras, decía que eso era imposible.
Los caballos no volaban.
Para zanjar la cuestión, la leyenda cuenta que formalizaron una apuesta por un valor de U$S 25.000. Lo que sí se sabe con certeza es que, para resolver la incógnita, Stanford contrató a Eadweard Muybridge, un fotógrafo inglés.
Muybridge era reconocido por sus trabajos y también por sus experimentos fotográficos pero lo que Stanford le estaba pidiendo le pareció una locura.
‘¿Imágenes de un caballo al galope? Es imposible’, le dijo.
Era muy consciente de las limitaciones de las cámaras.
Stanford insistió hasta que Muybridge aceptó el desafío.
Seis años, U$S 50.000, varios ensayos y otros tantos errores después, el fotógrafo mejoró su técnica con más de una docena de cámaras y obturadores automáticos de su invención.
Así, en la pista de un rancho de Palo Alto, propiedad de Stanford, el 15 de junio de 1878, Muybridge obtuvo una secuencia de fotografías que les dio la respuesta que tanto esperaban.
¿Quién creen que tenía razón?
La secuencia de fotografías de la yegua de carreras ‘Sally Gardner al galope’ -que luego se haría conocida como ‘El caballo en movimiento’- resolvió el misterio.
Aparentemente, los caballos sí pueden volar.
En octubre de ese año, la secuencia de fotografías llegó a la portada de la revista Scientific American que les sugirió a sus lectores insertarlas en un zootropo para crear la ilusión de movimiento con imágenes reales.
Esta secuencia, una suerte de stop-motion, es considerada por muchas personas, la primera película de la historia o, al menos, la primera contribución al desarrollo del cine.
¿La primera?
Poco a poco, el pequeño punto negro avanza a través del disco solar, hasta cruzarlo por completo.
Es 9 de diciembre de 1874 y, desde Nagasaki, Pierre Jules Janssen observa un nuevo tránsito de Venus.
El quinto desde la invención del telescopio.
Los tránsitos de 1631 y 1639 no habían sido demasiado populares.
Kepler había predicho el primero pero no había sido visible desde Europa y, recién en 1639, los astrónomos Horrocks y Crabtree habían podido realizar la primera observación documentada.
Pero, pese al bajo perfil inicial, estos fenómenos pronto acapararían la atención de la comunidad científica porque, en 1716, Edmund Halley (sí, ese Halley) enviaría a la Royal Society una propuesta.
La distancia media entre la Tierra y el Sol es un dato de suma importancia en astronomía y tiene nombre propio: Unidad Astronómica (UA). A lo largo de la historia se buscó determinarla con diversos métodos pero, hacia comienzos del s.XVIII, todavía ninguno era demasiado preciso.
Halley, basándose en trabajos de James Gregory, había notado que los tránsitos de Venus podían ser utilizados para medir con precisión esta distancia utilizando el método de la paralaje y las leyes de Kepler.
Lo único que se necesitaba era medir, desde dos lugares diferentes de la Tierra, el tiempo que tardaba el planeta en cruzar el disco solar y la longitud recorrida.
Pero había un problema: los tránsitos de Venus ocurren en pares separados por 8 años, con una repetición ¡cada 105 a 122 años! Es decir, que había que esperar hasta 1761 para poder llevar la idea a la práctica.
Aunque faltaban décadas, el entusiasmo fue tal que se impulsó una gran colaboración científica internacional.
Halley no llegó a ver los resultados: murió en 1745. 😢
Finalmente en 1761, Francia, Inglaterra y Austria decidieron enviar expediciones para obtener medidas simultáneas del fenómeno: Santa Helena, Sumatra, Siberia y Viena fueron algunos de los más de 60 lugares elegidos.
Pero, lamentablemente, los resultados no fueron muy buenos. Guerras, mal tiempo y el llamado “efecto de la gota negra” dificultaron realizar con precisión las medidas que se necesitaban para aplicar el método de Halley.
Ocho años más tarde, se presentó una nueva oportunidad: el tránsito de 1769. Esta vez, con muchos más observadores oficiales, entre ellos el famoso capitán James Cook que siguió el evento con un observatorio portátil desde el Fuerte Venus, en Tahití.
En 1771, y a partir de los datos obtenidos en ambos tránsitos, el astrónomo francés Jérôme Lalande obtuvo un valor de 153 millones de kilómetros para la Unidad Astronómica con un margen de error enorme. Era lo que había.
Afortunadamente, “pronto” ocurrirían otros tránsitos. Había que prepararse para mejorar las mediciones. No solamente era necesario instrumental más preciso sino, también, un mejor tiempo de reacción para cronometrar.
Pero la mayor limitación era la famosa “gota negra”, una distorsión óptica que aparecía justo en los momentos claves: cuando Venus dejaba de tener contacto con el borde del disco solar y cuando comenzaba a tenerlo nuevamente.
¿Cómo resolverlo? Una opción era tener observadores muy entrenados.
Pero la otra... la otra posibilidad era mucho más interesante.
Y por eso estaba Janssen en la cima de la colina Kompirama, en Nagasaki, ese 9 de diciembre de 1874.
Pierre Jules Janssen había nacido el 22 de febrero de 1824 en París.
Además de sus estudios de física y matemática, tenía un espíritu aventurero y explorador y era un apasionado de las estrellas, especialmente del Sol.
Se lo conocía como “el cazador de eclipses”.
En 1857 había viajado a Perú para determinar el Ecuador magnético, en 1864 se había dedicado a estudiar el espectro solar en Italia y Suiza, y en 1867 a realizar experimentos ópticos y magnéticos en las Azores.
Todo un trotamundos. 🌎
¿Su próximo destino? India.
¿Su objetivo? Analizar el espectro solar durante el eclipse total del 18 de agosto de 1868.
Mientras la sombra de la Luna avanzaba sobre la Tierra, en el campamento francés en Guntur, Janssen esperaba.
Hasta que algo extraordinario ocurrió.
Janssen distinguió con su espectroscopio una línea amarilla brillante que no coincidía con la de ningún elemento conocido.
¿Había descubierto en el Sol un nuevo elemento nunca antes visto en la Tierra?
Rápidamente se comunicó con la Academia de Ciencias.
Justo al mismo tiempo, la Academia recibía la noticia de que el astrónomo inglés Norman Lockyer había logrado un descubrimiento similar.
Los dos trabajos independientes confirmaban el hallazgo.
Ambos estuvieron dispuestos a compartir el crédito por el descubrimiento de este nuevo elemento. Pero la comunidad científica era bastante escéptica. Hasta ese momento nunca se había encontrado un elemento en el Sol antes que en la Tierra. 🤔
Recién en 1882, el físico italiano Luigi Palmieri descubriría este elemento en nuestro planeta. Mientras analizaba la lava del Monte Vesubio, registraría la misma línea espectral amarilla descrita por Jannsen y Lockyer.
Ya no había dudas. El nuevo elemento era una realidad.
¿Su nombre? Helio, en honor al dios griego del Sol.
El descubrimiento del helio había sido un hito en la vida de Janssen. Pero su espíritu inquisidor quería más aventuras. Cuando se enteró del próximo tránsito de Venus en 1874 no lo dudó: Japón sería su nuevo objetivo. 🇯🇵
Conocedor de las limitaciones en las mediciones, se le ocurrió que podía aplicar técnicas de fotografía a la astronomía de una manera novedosa...
‘Si pudiera crear un aparato que tomara una secuencia rápida de imágenes, obtendría resultados más precisos’, pensó.
El 6 de julio de 1874, meses antes de la expedición, Janssen presentó su “revólver fotográfico” a los miembros de la Academia de las Ciencias de París. Considerado el primer aparato cronofotográfico de la historia, estaba basado en el mecanismo del revólver Colt.
Utilizaba el método del daguerrotipo, es decir, una placa cubierta de yoduro de plata, fotosensible. El tiempo de exposición era de 1,5 segundos y, luego, la imagen se revelaba con vapor de mercurio y se lavaba con agua salada.
Janssen usó su revólver fotográfico durante el tránsito de Venus de 1874 y tomó una secuencia de 47 fotografías.
Lamentablemente, los resultados no fueron muy satisfactorios: las imágenes eran bastante difusas y eso, incluso, empeoraba el efecto de la gota negra.
¿Y si el futuro de la cronofotografía no estaba en la astronomía?
“La propiedad del revólver, de ser capaz de dar automáticamente una serie numerosa de imágenes, (...) nos permitirá acercarnos a la interesante pregunta del mecanismo fisiológico relacionado con el andar, con el vuelo y con otros variados movimientos”.
Eso escribió Janssen en 1876, en una comunicación del boletín de la Sociedad Francesa de Fotografía.
Apenas dos años más tarde, Muybridge resolvería el misterio del caballo volador.
El fotógrafo y fisiólogo Étienne-Jules Marey, admirado por los resultados obtenidos por Muybridge en Palo Alto, pero insatisfecho por la falta de precisión en las imágenes, perfeccionó, en 1882, la “escopeta fotográfica”.
Tomó la idea del revólver de Janssen y la mejoró al reemplazar la técnica de daguerrotipo por una placa de cristal reduciendo el tiempo de exposición.
Su “escopeta fotográfica” tomaba 12 fotos con una exposición de 1/750 de segundo a intervalos regulares.
Luego, Marey cambió la placa de cristal por una larga tira de papel sensible y mostró la primera película sobre papel en la Academia de Ciencias el 29 de octubre de 1888.
Ese mismo año, Muybridge les mostró sus fotografías de caballos a Thomas Edison y William Dickson quienes usarían esta serie en el kinetoscopio, la primera máquina de cine inspirada en el trabajo de Marey.
A partir de este invento y de las técnicas para proyectar dibujos animados, Louis Lumière, en una noche de insomnio, se imaginó el mecanismo que daría lugar al cinematógrafo.
A la mañana siguiente se lo contó a su hermano, Auguste.
El 28 de diciembre 1895, los hermanos Lumière hicieron la primera presentación pública de su invento.
Proyectaron la película ‘Salida de los obreros de la fábrica Lumière´ en el sótano del Grand Café des Capucines, a pasos de la ópera de París.
Bellísima y curiosamente, Janssen fue protagonista de dos de las primeras películas de los hermanos Lumière: ‘Le Débarquement du congrès de photographie à Lyon’ y ‘M. Janssen causant avec M. Lagrange’.
Actualmente, la forma de calcular la unidad astronómica es más precisa y se basa en señales de láser y radares. Su valor es 149.597.870.700 m con un error de, apenas, algunos cientos de metros.
Y el helio se utiliza para inflar globos de cumpleaños pero también para realizar resonancias magnéticas, además de ser fundamental en naves espaciales, telescopios y monitores de radiación.
Ahora ya sabemos por qué Skinner vocifera ‘¡Maldito sea el que inventó el helio, maldito seas Pierre Jules Janssen!’.
¿Lo mejor de todo? También sabemos que podemos ver ese capítulo de ‘Los Simpsons’ gracias al propio Pierre.
Pierre Jules Janssen, cazador de eclipses.
O qué tienen que ver los caballos, el helio, Venus y el cine.
Esto fue #ContemosHistoriasElementales, una edición especial de #ContemosHistorias en el Año de la Tabla Periódica.
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