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#CosasQuePasanEnLaGuardia #79. Once de la noche que parecen las cuatro de la mañana. La guardia resulta –únicamente por hoy– estremecedoramente calma. Nadie golpea ni grita. La lista está vacía y el último paciente que vimos llegó a las diez y media. (+)
(-) Temo un incendio o algún otro tipo de catástrofe: estos silencios suelen predecir tormenta. Estoy a punto de irme a comprar un conito de dulce de leche –que hace horas que me muero por degustar– cuando escucho un par de sollozos. (+)
(-) Pego la oreja a la puerta –que da a la sala de espera– del consultorio en el que terminé de atender; nada. La abro. No hay nadie más que las personas que suelen dormir ahí sumados a tres pacientes para tráumato y dos para pediatría; ninguno de ellos solloza. (+)
(-) Pienso que debo haber enloquecido de tanta paz y me dirijo hacia al estar médico. Llego y mi compañera está preparando café. Hay chocolates arriba de la mesa que trajo una pediatra de sus vacaciones. El café es uno de Colombia que nos regaló un paciente. (+)
(-) Lo atendimos hace dos semanas por una apendicitis. Se quedó contento con que lo hicimos pasar rápido (estaba bastante dolorido y el cuadro era claro), lo revisamos, le pusimos un suero, le pedimos un laboratorio y una ecografía, y todo se realizó en tiempo y forma, (+)
(-) incluida su cirugía. Hoy vino a traerle unos vinos a los cirujanos de guardia, y a nosotras un paquete café de su país, porque se acordó de que amo un buen café negro.
Por primera vez en muchas guardias nos sentamos a tomar café con chocolate con los pies (+)
(-) sobre las banquetas. Mi compañera prende la tele. Está puesta una serie llena de ambos, guardapolvos y estetoscopios. Me mira y bajo la cabeza. Cambia y se aleja de ese canal lo más que puede. Aplaudo la actitud. Pone algo romanticón. Sonrisitas, abrazo y finalmente un beso.+
(-) Nos quedamos prendidas a la pantalla como dos taradas. En eso entra el orientador. Ella cambia de canal como si mirar algo lindo en este lugar fuera pecado. Me fijo la hora. No pasaron ni quince minutos de que vinimos para acá.
–¿Qué hay? –pregunto resignada.
(+)
(-)
Era demasiado bueno para ser verdad.
–Para ustedes nada. Es para salud mental.
–Seguro que van a querer la evaluación clínica también –le dice mi compañera.
–Pero no es para internar. Es para que le den algo y que se vaya.
(+)
(-)
–Yo tengo clonazepam, me parece… ¿Qué es?
–Es una loca que está segura de que se encontró un cáncer y no para de llorar. Crisis de angustia creo.
–Loca no, angustiada entonces –lo corrijo harta de que en cualquier contexto las mujeres seamos unas locas.
(+)
(-)
Él me mira con cara de que da lo mismo. No lo vuelvo a corregir; no tiene sentido.
–Van a pedir que le descartemos el cáncer. Seguro –insiste mi compañera.
(+)
(-)
–Dejá –interrumpo al orientador en su búsqueda del psiquiatra y la psicóloga y giro hacia mi compañera–. Vos seguí con eso –le digo mientras señalo la tele con la cabeza.
La pantalla proyecta una película de guerra que hasta puede que a él le resulte tentadora. (+)
(-)
–Gracias. Necesito saber si sobrevive –me tira ella ocultando parcialmente su risa.
Hago fondo blanco con lo que queda de mi café y me levanto. Agarro al chico por el hombro y lo guío hacia afuera de nuestro estar.
–Mostrame a la que para vos es una loca –lo burlo.
(+)
(-)Resopla y se adelanta. Al acercarnos, siento los mismos sollozos de antes. Ella está sentada en el piso del pasillo. Tiene la espalda contra la pared. Su cabeza de pelo castaño oscuro con reflejos rubiones está enterrada entre sus rodillas, envuelta desde abajo por sus manos,+
(-) con los codos flexionados a ambos lados de las piernas. Sus zapatillas son de un verde parecido al color favorito de mi ahijado. “¡Son verde dinosaurio!”, diría él con una sonrisa gigante si las viera. Le hago señas al orientador para que vaya para su puesto (+)
(-)y camino hacia ella. Me paro adelante y me agacho.
–Hola. ¿Te puedo ayudar en algo? Me dijeron que no andás muy bien –arranco.
–¿Sos psiquiatra? Porque el imbécil este piensa que estoy loca –me contesta sin moverse.
(+)
(-)
–No. Vengo porque me dijo que te encontraste algo que te preocupó, para que veamos si puedo averiguar qué es.
Soy consciente de que es una consulta a la que puedo darle toda mi atención por lo calma que está la guardia y ruego porque siga así, al menos por un rato.
(+)
(-)
–Es cáncer. Estoy segura –dice levantando la cabeza.
Tiene los párpados hinchados de tanto llorar. Se escurre moco –que es prácticamente agüita– de sus fosas nasales paspadas y se lo suena con una hoja de rollo de cocina. (+)
(-)
–¿Buscaste en internet o algo así? –indago.
–No. No soy tan idiota. Solo que en mi familia hay mucho –llora.
Le acaricio la espalda unos segundos. Acto seguido me paro y le doy la mano para ayudarla a hacer lo mismo.
(+)
(-)
–Vení –le indico y la guío a un consultorio–. Empecemos por el principio.
Le pregunto su nombre, apellido y edad. En su casa no esforzaron demasiado parece: se llama algo así como “María Pérez”. Tiene veintinueve y me cuenta que (+)
(-) dos de sus tres hermanas –las dos más chicas– están muertas por “esto”.
–También se llevó a mi mamá cuando éramos chiquitas y a mi abuela –remata.
Me cuesta hasta tragar la saliva. La miro en señal de que la escucho, a ver si me explica un poco más.
(+)
(-)
–Ahora lo tiene mi tía y no creen que salga. Le agarró el cerebro y los huesos ya –agrega.
No puede seguir hablando de la cantidad de lágrimas que brotan de sus ojos; le empapan la cara y se le resbalan por el mentón. Recién ahí le noto el cuello húmedo de la remera. (+)
(-)
Revuelve sus bolsillos en busca de otra hoja de rollo de cocina sin encontrar ninguna. Le hago señas de que me espere y vuelvo con tres paquetitos de gasas. Se los entrego y ya está un poco más calmada
–¿Podrías contarme cáncer de qué tuvo cada una y a qué edad? –le pido.
(+)
(-)
Sé que lo que solicito no es fácil, pero es información que necesito para entender qué le está pasando. Ella toma aire y empieza:
(+)
(-)
–Mi abuela de mama a los treinta, la operaron, salió bien y le volvió en el otro pecho antes de los cuarenta cuando se murió. Mamá tuvo de ovario y no llegó a los treinta y cinco. Mi hermana más chica fue como mi abuela pero más temprano y cuando lo encontraron ya (+)
(-) tenía todo tomado. A la que le seguía le tocó de ovario como a mamá y se nos fue a los veinticinco. Mi tía tiene de mama. Arrancó en las dos a la vez. Se las sacaron, hizo quimio y rayos, pero vuelve. Ya es la tercera vez que le aparece y nos avisaron que está (+)
(-) en las últimas.
No dice la edad de cuando arrancó la tía. Tampoco me hace falta para esta altura. Estoy prácticamente segura de que hay algún gen BRCA o similar mutado en su familia. Ella recitó toda la lista, esta vez sin llorar, casi como si nombrara gustos de helado.(+)
(-) Admiro enormemente su fuerza.
–Si la cosa sigue en orden, a mí me toca de ovario –dice y ahí sí que explota.
Sube sus rodillas a la camilla y entierra otra vez su cabeza en el medio. La dejo largar todo lo que necesita mientras le pongo la mano sobre el pelo (+)
(-) y apenas la acaricio con mi pulgar.
–No tiene por qué ser así –trato de calmarla–. ¿Por qué no vamos de a poco y me contás qué te encontraste? Tal vez no sea nada.
Me cuesta creerlo hasta a mí. Parece que sus cartas estuvieran echadas. (+)
(-) Pienso en qué haría si fuera ella. Creo que me haría un estudio genético y, de dar mal, me sacaría todo. Mi cerebro lo plantea como si fuera fácil: chau ovarios, chau glándulas mamarias, hola prótesis. Sé que en realidad no lo es. (+)
(-) Primero que nada, hay que ver si la prepaga me cubriría sacarme ambas mamas y ovarios (y tal vez hasta el útero), y cuánto me saldría si no. También está el tema de la maternidad; todavía no tengo hijos. Podría adoptar, sí, pero el sistema acá no es fácil, y menos para (+)
(-) mujeres solas. Yo, con la mala racha eterna que tengo, estoy segura de que voy a morirme soltera. Agradezco para adentro no estar en su lugar.
Mientras pienso, el llanto afloja de su lado. Se seca con unas gasas, respira hondo, baja las rodillas (+)
(-) y se agarra por encima del pubis.
–Me siento una pelota acá –me dice.
–¿Desde cuándo? –le pregunto.
–Desde hace un rato. Vine rápido por si se puede hacer algo. No me quiero morir –responde.
(+)
(-)
Noto que aprieta los ojos, como si rezara para adentro. Me sumo a su rezo interno.
Le indico que se acueste y que se levante la remera. Le miro la panza. Resulta algo distendida.
–¿Éste es tu abdomen habitual? –le pregunto mientras se lo señalo.
(+)
(-)
–Sí, engordé un poco. Con lo de mi tía vengo comiendo todo lo que se me cruza y, con mi hermana chef, se me cruzan muchas cosas ricas.
Sonrío. Yo necesitaría una hermana chef para no vivir de la comida horrible del comedor del hospital.
(+)
(-)
Apoyo el estetoscopio sobre su abdomen. Los ruidos son los esperados. Sigo con mis manos y arranco suavemente por la parte de arriba.
–Ahí no es –me marca.
–Ya sé, pero tengo que revisar todo. Vos andá diciéndome si algo de lo que hago duele –le indico.
(+)
(-)
Asiente y sigo. Ella no se queja en ningún momento. Cuando llego abajo lo encuentro. No sé bien qué es, pero es algo. Está un poco más duro que el resto, aunque no parece duro del malo.
–Eso. Es eso –dice ella.
(+)
(-)
Yo muevo la cabeza para arriba y para abajo en señal de que ya sé. Le acomodo la remera, le indico que se siente y empiezo con más preguntas:
–¿Perdiste algo de peso en el último tiempo?
–No. Subí creo.
–¿Tenés sangrado por la vagina? ¿Flujo?
Niega.
–¿Tuviste fiebre?
(+)
(-)
–No. Pero sí me siento muy cansada.
–¿Diarrea? ¿Vómitos? ¿Materia fecal con sangre?
–Nada.
–¿Cuándo fue tu última menstruación?
–Hace tres meses creo.
La miro con los ojos muy abiertos. Estoy a punto de largarle un “¿Creés?” cuando aclara:
(+)
(-)
–Pero no. Tomo pastillas. Y tengo quistes en el ovario que hacen que no pueda quedar embarazada. Las pastillas son más que nada para los pelos y granos; me lleno.
Deduzco por lo que dice que debe tener un SOP (Síndrome del Ovario Poliquístico), (+)
(-)
que produce justamente acné, pelo en cantidades aumentadas como tienen los varones, menstruación irregular y puede acompañarse de infertilidad. Igualmente, de ser el caso, no es que no puede quedar embarazada, sólo le costaría más que a quienes no lo tienen. (+)
(-)
Recuerdo entonces que habló de que toma pastillas (se usan mucho en dicho síndrome) y decido interrogar al respecto.
–¿Y las pastillas las tomás bien? ¿No te olvidaste ninguna?
Sacude la cabeza en señal de que no.
–¿Y no vomitaste después de tomar alguna?
(+)
(-)
–No. No tuve vómitos.
Con toda la información que recabé hasta ahora, pienso que tal vez algún quiste del ovario haya crecido demasiado o tal vez hasta se haya complicado con sangrado adentro. También puede ser un montón de otras cosas. (+)
(-) Me gustaría poder darle una respuesta más precisa de lo que tiene y, por lo menos, encaminarla en su tratamiento o estudio.
Le pido análisis de sangre y de orina. Hago las órdenes de laboratorio y le explico que en un rato van a venir a pincharla. (+)
(-) Las dejo donde van las que quedan por sacar y le aviso a los enfermeros que están tomando helado. Ellos también disfrutan del mínimo rato de calma, no son tan ingenuos como para creer que la cosa va a seguir así. (+)
(-)
–Terminamos con esto y vamos, doc. Porque acá el que se va, cagó –me contesta uno señalando el pote de helado del que todos agarran con cucharitas de plástico.
–¿No quiere un poco? –me ofrece uno de los varones y agrega–, son solo quinientos pesitos.
(+)
(-) Todos se ríen. Él me acerca el pote y una de las chicas me da una cuchara. Ataco la tramontana y el dulce de leche que tiene dulce de leche de tarro mezclado. Están buenísimos. Les agradezco y me voy para la parte de imágenes.
(+)
(-)
Estoy llegando cuando me cruzo al técnico de tomografía que sale con el cepillo de dientes en la mano.
–¿Vos por acá? ¡Qué raro que vengas a joder cuando me estoy por ir a dormir! –empieza.
Le sonrío con mi risa falsa y sigue:
(+)
(-)
–Si no se está muriendo, que espere hasta las siete.
Pasa por al lado mío y se aleja sin siquiera saludar.
Lo veo irse arrastrando los pies. Toca con los dedos de la mano los azulejos de la pared. Azulejo. Junta. Azulejo. Junta. (+)
(-) Marca un camino primero con su índice y después con el dedo medio. Le veo el pantalón del ambo con el culo vacío y la chaqueta que le queda floja, la casi joroba que se le forma en la espalda arriba a la derecha (tal vez de sentarse mal hace años en el tomógrafo) y (+)
(-) el pelo rubio pajoso que ya se le va a caer. Le deseo para adentro que esa pared esté plagada de salmonella.
Por suerte a esa paciente lo que le quería pedir, antes que nada, es una ecografía. Busco a alguno de los médicos de imágenes. (+)
(-)
No sé quién está hoy porque la de siempre está de vacaciones. Golpeo la puerta de la habitación y ruego que no esté durmiendo.
–Voy –escucho.
Es una voz masculina y no me suena conocida. Ruido de acá y de allá, pasos y abre.
–¿Sí? –pregunta.
(+)
(-)
Ni un hola. Solo ese “sí” en forma de pregunta. Es lo único que sale de la boca de ese otro rubio –que en vez de pelo paja parece tenerlo sedoso y usar crema de peinar– al que jamás vi en mi vida. Es alto, muy, aunque no creo que pase los dos metros, así que está bien. (+)
(-)Tiene puesta una remera blanca –que se ve que usa para dormir– que parece haberse encogido en el lavarropas y le marca bastante los músculos. “Apetecible”, diría mi amiga del lechazo en el ojo relamiéndose. Le miro las pecas, los ojos marrones medio miel, las manos grandes.(+)
(-) Me quedo tildada y me pregunto si habrá correlación.
–¿Necesitabas algo? –insiste.
Trato de espantar los que mi abuela definiría como “pensamientos impúdicos” de mi cabeza y le pido la ecografía para la paciente de la que casi me había olvidado.
(+)
(-)
–Traela en dos minutos –contesta.
Asiento y no logro moverme de ahí. No me importa su cara de dormido, ni su leve aliento a dientes sin cepillar; me quedo mirándolo, como si ese solo hecho vaya a lograr que me diga su nombre y tal vez hasta que me invite a salir. (+)
(-)
En lugar de eso da un paso hacia atrás y cierra la puerta. Yo me voy a buscar a la paciente sintiéndome una tremenda tarada.
Llego y todavía no le sacaron sangre. Le digo que vamos a Ecografía y me pregunta por sus análisis. (+)
(-)
Le explico que conseguí la eco ahora, y que la sangre se la pueden sacar después.
–Creo que conviene que primero me pinchen, porque es lo que más tarda –argumenta.
–El tema es que si no te llevo a hacerte la imagen ahora, más tarde es más difícil que te la hagan –insisto.(+)
(-)
Ella me mira. Sé que entiende, pero su cuerpo no se despega de la camilla y las lágrimas empiezan a salir otra vez. Está asustada, se nota. La ecografía le va a mostrar lo que tiene ahí abajo, y ella está segura de que es cáncer.
(+)
(-)
–Mirá –arranco–, lo que se te toca ahí no tiene las características más habituales de algo maligno. Puede que no sea nada, o por lo menos nada malo. Y si llegar a serlo, creo que lo mejor sería saberlo lo antes posible, ¿no?
Ella asiente. (+)
(-)
Sacude la cabeza para arriba y para abajo mientras llora cada vez más fuerte. Creo que llora por ella, sí, pero también por su mamá, por su abuela, por sus hermanas y su tía. Llora por todo lo que le falta vivir. Por lo que sus hermanas se perdieron (+)
(-)y por no perdérselo ella también. Llora, además, porque le gustaría tenerlas al lado suyo, a ellas y a su mamá dándole un abrazo y diciéndole que todo va a estar bien. Llora desde el pecho, bien desde adentro. Llora con fuerza, con angustia, pero más que nada con furia. (+)
(-) Y la furia que saca es mucha. La dejo hacerlo, desahogarse hace bien. Recién cuando empieza a amainar el asunto, la abrazo. Abre el último paquete de gasas y se limpia como puede, aunque no logra cerrar del todo las compuertas. Se baja de la camilla y camina al lado mío. (+)
(-) Sus ojos lloviznan finito y lento.
Llegamos a Ecografía y el rubio ya se puso la chaqueta del ambo. Su aliento ahora huele a menta. Tiene el pelo mojado y la cara igual de seria que antes. Para este momento dudo que sepa sonreír.
–¿Abdominal? –me pregunta.
(+)
(-)
–Arrancamos con eso y vemos. ¿Te parece?
Le expliqué lo de los ovarios, y, según cómo se vea todo desde arriba, tal vez necesite una transvaginal.
Él no contesta. Le hace señas a la paciente para que se recueste y le pide que se levante la remera. (+)
(-) No interroga acerca de sus síntomas como la radióloga de siempre suele hacer. Tampoco le avisa antes de escupirle el gel frío. No sé si es porque lo desperté, o si su mala onda es innata, pero espero que sea lo primero. Apoya el transductor y arranca. (+)
(-) Le ve el páncreas, el hígado, la vesícula, el bazo, los riñones. Hasta ahí todo bien. Se sumerge entonces en la zona conflicto.
–Se mueve –dice–. Parece estar todo bien.
(+)
(-)
La paciente me mira con cara de que no entiende nada, y él no me da tiempo a explicarle. Enseguida el equipo emite un sonido a golpeteo rítmico, rápido como es de esperarse. Ella lo escucha.
–¿Eso es mi corazón? –pregunta.
(+)
(-)
Él contesta con toda naturalidad:
–No. El tuyo espero que lata más lento. Ese es el del bebé.
La chica se queda muda. Apenas atina a girar la cabeza y mirar la pantalla.
–Lo que todavía no te puedo decir es el sexo –agrega él.
(+)
(-)
Ella arranca otra vez con las lágrimas que apenas hace unos segundos había logrado calmar.
–¿Estoy embarazada? –me pregunta incrédula.
Yo muevo la cabeza para arriba y para abajo temerosa. No sé si sea una buena noticia para ella, aunque mejor que un cáncer es seguro.
(+)
(-)
–¿Pero y lo de que no podía tener hijos? ¿Y las pastillas? –sigue.
Levanto los hombros y frunzo la boca en un “qué se yo”.
–¿De cuánto?
(+)
(-)
El ecografista gira hacia mí. Se ve que no escuchó nada de lo que le dije cuando le pedí el estudio porque me mira con cara de que él tampoco entiende nada.
–Ella creía que era un tumor –le explico.
(+)
(-)
–Ah. No. Bueno, te va a succionar la vida igual que si lo fuera –dice en un intento de hacerle el gracioso–. Pero no.
La paciente y yo nos miramos. El chiste nos parece malísimo y ninguna de las dos se ríe. Finalmente abre la boca:
(+)
(-)
–¿Cuánto tiene el tumor? –insiste.
Yo aprieto los labios para contener la risa.
–Dieciocho semanas –contesta él.
Ella se sienta y me abraza. Yo me aflojo, le devuelvo el gesto y hasta me contagia un par de lágrimas. (+)
(-)
Me olvido del rubio, de caerle bien, de si sonríe o no y de si lo volveré a ver.
Volvemos al consultorio y cancelo los análisis de sangre.
–Te tendrían que ver en obstetricia para ver que vaya todo bien –le sugiero–, aunque no es necesario que sea por guardia.
(+)
(-)
Ella asiente. No puede ni hablar.
–¿Querés que llame a alguien para que te venga a buscar? –le ofrezco.
Mueve la cabeza hacia un costado y hacia el otro.
–Tengo el celular –contesta mientras me muestra el aparatito que parece de mil nueve veinte.
(+)
(-)
–Ya mismo llamo a mi hermana. Necesito contarle que voy a ser mamá y que me va a tener que ayudar mucho, así que más le vale cuidarse del cáncer –agrega.
(+)
(-) Desde la sala de espera golpean la puerta con ímpetu. Se acabó la tranquilidad. Yo no me muevo de al lado de mi paciente. Necesito que le dé la noticia a su hermana y, cuando cuelgue, abrazarla una última vez.
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